Nuevo Amanecer

Intelectual orgánico de León


El último representante de la estirpe de los Buitrago, el “Beato Edgardo” –como lo llamaba en la intimidad–, nos dejó el pasado 12 de septiembre, siendo enterrado en la Catedral de su amado León, el 14. Ese día, en el Paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, León, me referí a sus méritos en nombre de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, de la cual había sido miembro honorario y, a partir del primero de junio de 2005, miembro emérito. Fue, pues, nuestro amigo de más de cuatro décadas el primero (y hasta ahora el único) en recibir ese merecido honor.
No en vano Edgardo Nicolás Buitrago Buitrago era el heredero de una tradición intelectual remontada al siglo XVIII, a una retórica hablada —o arte del buen decir, de embellecer la expresión de los conceptos y otorgar al lenguaje eficacia para deleitar, persuadir o conmover— que él encarnaba, en nuestros días, como nadie. Una retórica o Culto a la Palabra, consustancial a la antañona León, relacionada con la cátedra universitaria, la reflexión filosófica, la insaciable curiosidad enciclopédica y el afán de comprensión universalista.
Tales fueron las cinco dimensiones que me reveló Edgardo en la casa solariega de su familia, a mediados de 1966 —tenía yo veinte años— cuando le conocí, desayunando en compañía de Pablo Antonio Cuadra, quien me había llevado en su automóvil a la Metrópolis de Nicaragua. Entonces la ciudad natal de Edgardo estaba en su esplendor productivo —basado en la siembra y exportación algodoneras— que facilitaba a las librerías, comenzando con la Universitaria, importar por ejemplo obras de teatro moderno, libros de reproducciones artísticas de los grandes maestros, tratados de filosofía, cuentos de las regiones y épocas más remotas de la tierra.
Yo no viví esa experiencia si no a través de notables amigos leoneses, destacándose entre ellos el Decano de la Facultad de Derecho y Profesor de Historia de la Cultura, objeto de estas líneas, a quien en otras ocasiones y textos he manifestado mi admiración. Porque él siempre, humilde como sabio verdadero, me ha comunicado sinceramente sus ideas, trasmitido sus consejos y mucho más que un anecdotario local tanto en sus escritos como en los sostenidos diálogos interminables que hemos desarrollado a través de varias décadas, telefónicamente. En mi libro de casi 400 páginas León de Nicaragua / Tradiciones y valores de la Atenas centroamericana (2002) se aprovecharon al máximo. Por esta razón no podría dejar de incluirlo en mi librito Sonetos, sonetejos y sonetillos (2001), intentando retratarlo en los siguientes alejandrinos:
Don Edgardo Buitrago, el leonés abogado, / catedrático fue de varias generaciones, / un supremo orador, un soberbio togado / e indispensable teórico de investigaciones. // El cristianismo puro y la presencia hispana / a través de la Lengua y la marca franciscana / estudió con pasión y seguro y tino y brillo, / sin excluir nuestra historia y nuestro Rubén Darío. // Sólo la fiebre lírica versera no entona, / en su afán de auténtico intelectual, / pero rescató bombas de la gran Gigantona, / la tradición del barrio de Sutiaba ancestral / y obsequió la indeleble y dulce y fiel alegría / de la fe melodiosa de nuestra Gritería.
Por tanto, Edgardo, reitero, fue el mayor leonés representativo y el último gran valor de su familia, vinculada con otra tradición: la del foro, o mejor dicho, jurídica. Tradición, en el mejor de los sentidos, colonial, pues su ascendiente más antiguo es don Nicolás Buitrago Sandoval, uno de los primeros jurisconsultos criollos de la provincia española graduado (como don Miguel Larreynaga) en la Universidad de San Carlos, Guatemala. Hablo de su tatarabuelo, el primer Nicolás de los Buitrago, hijo de don Antonio Buitrago y de doña Manuela Marín de Sandoval, Nativa y Mendoza, Olaya y Herrera, “Aquí y donde quiera”, como afirmaba con todos sus apellidos y una coloquial expresión rimada, signo del altivo orgullo de su estirpe.
Como la de los Quadra de Granada, tal estirpe asimilaría el mestizaje de raíces africanas y tendría como único blasón el talento, aparte de prescindir del romanticismo liberal o viceversa —más disolvente que iluminista— y optar por el conservatismo y sus pilares: Dios, Orden y Justicia. Un conservatismo compartido por otras tantas familias leonesas, como los Aguilar, Ayón, Balladares, Cardenal, Cortés, Duque Estrada, Guerrero, Gurdián, Herdocia, Icaza, Juárez, Montalván, Terán, Tijerino y Zepeda. De ahí la imbatible labor de Edgardo por conservar y rescatar la trascendencia histórica de su ciudad, continuando ejemplarmente la fecunda labor de su padre Nicolás Buitrago Matus (1890-1985).
He aquí los temas históricos investigados por nuestro colega. Primero, los de índole jurídica: el derecho y el estado en las sociedades prehispánicas, las leyes de Indias en la Provincia de Nicaragua, el desarrollo del municipio desde la colonia hasta nuestros días. Segundo, los relacionados con la impronta del cristianismo: la organización institucional de la Iglesia y el martirio de fray Antonio de Valdivieso, defensor de los indios; los orígenes de las purísimas desde el siglo XVII y sus distintas formas tradicionales, el franciscanismo y sus centros evangelizadores, las seis catedrales de León, entre otros. Tercero, algunos aspectos imprescindibles de nuestra historia como el papel del Mar Dulce o lago Cocibolca, León y Granada como forjadoras del destino nacional, las ciudades y la vivienda en Nicaragua a lo largo de cuatro siglos, la cultura letrada y popular –o herencias mestiza– de la “Atenas de Centroamérica” y la biografía de su figura musical emblemática: José de la Cruz Mena (1874-1907). Cuarto, Rubén Darío desde múltiples facetas que ameritan un artículo especial, ya que fue tema permanente de sus reflexiones. Sin embargo, habría que citar su monografía La casa de Rubén Darío / Influencia del medio en el poeta durante su infancia (1964).
En ese ensayo comenzó a detectar en León la presencia de algo misterioso —contagiante y envolvente también— que fluye de su misma naturaleza y adquiere expresión y realidad tanto en las variadas formas estéticas de la poesía, música y pintura, como en la reflexión intelectual, llegando —el caso supremo es el de Darío— a la altura de genialidad. En abono a sus tesis, agrega que es digno de tomarse en cuenta el enraizamiento de León en la extensa llanura de la zona Occidental del Pacífico, integrada y prolongada con el Océano por una parte, y elevándose repetidamente —no sin ansia de eternidad— con la cordillera volcánica de los Maribios, por otra. “Se trata de algo que se mueve desde lo más recóndito del alma comunitaria del pueblo y se define ante el tiempo con los signos de su Catedral”.
Igualmente, además de ese telurismo a lo Taine, Edgardo Buitrago “al cuadrado”, contribuyó a que el suscrito pudiera aportar su interpretación de la leonesidad a través de sus otros elementos constitutivos: Sutiaba como “alter ego”, su conciencia de capitalidad, la vocación y proyección universitarias, la herencia liberal y unionista, su violencia agraria y valentía fratricida, el espíritu de Atenas y de su trato artesano, la actitud introspectiva y Poneloya como recreo.
Gracias, “doctorazo” –así lo trataba también en confianza–, por tus aportaciones, a las que habría que añadir tu monografía sobre el proceso de las ideas democráticas en nuestro país, escrita en colaboración con Germán Romero, miembro de número de nuestra Academia. Gracias por tu vida consagrada a la cultura, por ser el último intelectual orgánico de León, “rectora de mi patria, coronada / de célebres espadas y señores, / de escribanos y poetas y doctores / que hicieron tu edad sabia y dorada”. Gracias, Edgardo. ¡Que descanses en paz!
No a otro sino a él, al maestro y amigo, debo el siguiente párrafo de 75 adjetivos (vitales, no letales) que atribuyo a León en el tiempo: una ciudad apasionada y centrípeta, abogadil e hipocrática, artesana y algodonera, barroca y lugareña, beata y supersticiosa, parroquial y espiritista, catedralicia e hispana, caballeresca y mítica, huertera e ilustrada, romántica y provinciana, calurosa y versificadora, severa y conventual, seminarista y universitaria, eucarística y diocesana, huelguista y guerrillera, bohemia y estudiantil, filarmónica y modernista, retórica y solemne, valiente y violenta, egoísta y envidiosa, avara e indiferente, teatral e ingenua, masónica y teosófica, altanera y mengala, espesa y pendenciera, empedrada y polvosa, indígena y metropolitana, ruinosa y volcánica, chismográfica y tribunicia, municipal y machista, apostólica y sonora, alfonsina y dariana, mártir y patriota, prócer y egregia, conservadora y semanasantera, liberal y revolucionaria, gloriosa e inmortal.