Nuevo Amanecer

Papeles inesperados de Julio Cortázar

El libro Papeles inesperados (Alfaguara, 2009), con textos inéditos de Julio Cortázar (1914-1984), estaba siendo esperado aquí por muchos de sus lectores-admiradores. La noticia es que ya está en Nicaragua. Puede encontrarlo en Literato, tienda de libros. Con autorización editorial publicamos algunos fragmentos

Entre mi propia visión de Rayuela y la de la mayoría de sus lectores (entendiendo por mayoría a los jóvenes, mucho más sensibles a ese libro que la gente de mi edad) hay un curioso cruce de perspectivas. “Triste, solitario y final”, como dice Raymond Soriano, escribí Rayuela para mí, es decir para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia --otros hombres y mujeres de más de cuarenta años. Muy poco después, ese mismo individuo emergió de un mundo obstinadamente metafísico y estético, y sin renegar de él entró en una ruta de participación histórica, de apoyo a otras fuerzas que buscaban y buscan la liberación de América Latina. A lo largo de un decenio, problemas considerados como capitales en Rayuela pasaron a ser para mí algunos de los muchos componentes de la problemática del “hombre nuevo”; la prueba, creo, está en el Libro de Manuel. Así, en mi visión personal de la realidad, Rayuela sigue siendo una primera parte de algo que traté y trato de completar; una primera parte muy querida, seguramente la más honda de mi ser, pero que ya no acepto con la exclusividad que le conferían los propios protagonistas del libro, hundidos en búsquedas donde el egoísmo de tanta introspección y tanta metafísica era la sola brújula.
Pero entonces, sorpresa: En esos diez años de que hablo, Rayuela fue leída por incontables jóvenes del mundo, muchísimos de los cuales eran ya parte en esa lucha que yo sólo vine a encontrar al final. Y mientras los “viejos”, los lectores lógicos de ese libro escogían quedarse al margen, los jóvenes y Rayuela entraron en una especie de combate amoroso, de amarga pugna fraterna y rencorosa al mismo tiempo, hicieron otro libro de ese libro que no les había estado conscientemente destinado.
Diez años después, mientras yo me distancio poco a poco de Rayuela, infinidad de muchachos aparentemente llamados a estar lejos de ella se acercan a la tiza de sus casillas y lanzan el tejo en dirección al Cielo. A ese cielo, y eso es lo que nos une, ellos y yo le llamamos revolución.

Llegada de los tártaros pampeanos
Está escrito –y cómo, malditos sean– que jamás podré escapar a la persecución a la vez irónica y sádica de Calac y de Polanco. Es bien sabido que en el drama de Luigi Pirandello, seis personajes andan en busca de un autor; en mi caso es mucho más grave pues aunque son solamente dos, no sólo han encontrado a su autor sino que se lo hacen sentir minuciosamente, como ahora que vuelven a subir las trabajosas escaleras que llevan a mi departamento y apoyan el dedo en el timbre con ese aire definitivo que haría caer cualquier muralla de Jericó después de tres minutos de silenciosa resistencia del pobre sitiado.
–Te venimos a ver –me informan los tártaros pampeanos, como si no estuviera lo suficientemente claro– porque nos anoticiaron de un nuevo libro que parece vas a sacar en México, pobre gente, y eso siempre nos apena un poco.
–En realidad... –intento decir mientras retrocedo en el pasillo.
–Vos no te preocupés –concede magnánimo Polanco–, no queremos molestarte en tu trabajo, de modo que el whisky y el hielo lo serviremos nosotros mientras vos abrís una lata de paté o algo así para acompañar.
–Estoy leyendo unos ensayos sumamente filosóficos –digo desde mi última barricada–, y en realidad ustedes me caen más bien mal.
–Guardaremos gran silencio –promete Calac– hasta que acabes el capítulo empezado.
Como tantas otras veces, no me queda más remedio que dejarlos organizar el aperitivo, apoderarse de mis últimos puros y de los dos mejores sillones donde se desparraman con el mismo aire de triunfo que debió tener Alejandro Magno cuando se sentó en el trono de Darío. Hay un prolongado rumor de masticación y tintineo de hielo, mientras el salón se va llenando de un humo que mis buenos pesos me cuesta.
–Se rumorea en los medios cultos –dice Polanco– que tu nuevo libro es heterodoxo, anfibio, ilustrado y en colores.
–No es un libro –le hago notar–, sino una simple historieta, eso que llaman tiras cómicas o muñequitos, con algunos modestos agregados de mi parte.
–¿Así que ahora dibujás y todo?
–No, los dibujos los saqué de una historieta de Fantomas.
–Un robo, entonces, como de costumbre.
–No señor, en esa historieta Fantomas se ocupaba de mí, y en ésta yo me ocupo de Fantomas.
–Digamos una especie de plagio.
–Tampoco, che. Con que me dejen abrir la boca dos minutos, les explico la cosa.
–Serví otro trago y pasame el paté –ordena Calac a Polanco–. Ya lo conocés cuando se larga, tenemos que estar bien avituallados.