Nuevo Amanecer

Lo más ínfimo y lo más grande


Todo ocurre detrás de esas máscaras: el oso --encadenado-- es guiado por su domadora, ésa su almibarada y sádica ama gitana; tras ellos, aparecen los diablos y diablas con secas alas de murciélago en sus espaldas: uno es rojo como arteria que se entume, otra es verde como la marihuana, y el otro, el más serio y gótico del grupo, es negro como la noche fría de un niño serbio que ha caído hoy en el profundo fondo de un hondo pozo. La danza es pausada pero nerviosa, lenta pero agitada; caminan sin olvidar la necesaria epilepsia de sus tendones todos, la cabeza desorbitada como tiovivo y, sin falta, esa terca gestualidad negadora a cada instante. Sus cuerpos dicen “no” o afirman la muerte. Avanzan y dan vueltas en círculo, he ahí un símbolo relevante... Hay además un tigre, un león y muchas --pero muchas-- gitanas con guitarrilla en pecho y monedas de oro pendiendo de sus pañoletas. Los colores de sus ropas logran un franco degenere kitch, pero pocas son las miradas expectantes que notan esas estultas sutilizas. Se trata de un performance callejero y antiguo donde cierto olor a madera o a cosa guardada te sojuzga. ¿Qué esconden estos diablos y estas diablas? ¿Qué historias simulan desconocer estas gitanas tristes y resignadas? ¿Dónde quedó aparcado el carromato? ¿Qué grave nostalgia se acomoda oculta entre los ripios aún vivos de este baile anciano? La domadora y el oso se han ubicado en el centro: los latigazos se convierten en punto de atención del resto de personajes y apresurados peatones. Sin nadie sospecharlo, un rito húngaro renace entre nosotros y la brama de la muerte es celebrada.