Nuevo Amanecer

El arte del Mosaico: Fragmentos a su imán


Advierto que las palabras cabeceras de este trabajo, Fragmentos a su imán, es un hurto que temporalmente le hago a Lezama Lima. Inicio citando como imagen el incipit de una de las más grandes novelas del siglo XX, La Vida, Instrucciones de Uso, de Georges Perec, escritor francés conocido sobre todo por hacedores de crucigramas patafísicos y por insomnes jugadores de Go; escribe Perec en la apertura de su novela:
“Me imagino un inmueble parisino al que le arrancaron la fachada”...
Imaginemos ahora ese inmueble mostrando al desnudo todos sus interiores, un universo configurado de fragmentos con colores enteros de vidas humanas, 99 apartamentos que en la economía espacial del texto estratégicamente repartidos constituyen los 99 capítulos de la novela; el personaje principal, Bartlebooth, es un curioso ser graciado por la fortuna que un día de tantos toma la decisión de entregarse, el resto de sus años, a una rimbaldiana-gauginiana aventura: solicita del pintor Valene una clase diaria de pintura durante diez años; una vez dominada la acuarela, emprende un viaje alrededor del mundo con su ayudante, que se extenderá nada menos que 20 añitos. En ese tiempo pintará 500 marinas que irá enviando, periódicamente, a Gaspard Winckler, que se encargará de convertirlas en puzzles de 750 piezas. Al regreso de su viaje, Bartlebooth comienza a armar, también periódicamente, todos esos laberintos recortados para que Morellet, artesano, consiga recuperar las acuarelas originales borrando todo rastro de la división del puzzle. Dichas marinas, de nuevo intactas, serán destruidas en una disolución que recobrará la hoja en blanco.
No estamos ante una novela al uso, sino ante un rompecabezas: un libro cuyos breves capítulos --99-- constituyen secciones del edificio, apartamentos que miden 10x10. En cada sección Perec nos describe con minucioso detalle la habitación del piso, sus objetos, los cuadros y todo el bazar de interiores en un maníaco catálogo donde la existencia deschavetada de sus inquilinos también forma parte. Quizás esta descripción reseñada de la novela de Perec la he extendido demasiado, pero ha sido para señalar que la proeza narrativa de mi autor preferido está en estrecha relación con el tema que hoy exponemos, el arte del Mosaico, pues ese inmueble sin fachada que en nuestra imaginación de lector vemos desde fuera hacia dentro rellenado por Perec de fragmento en historia, posee la misma técnica del mosaico; el mosaico y su historia en fragmentos que se arpillan a través de los siglos cuyos primeros antecedentes se sitúan en Turquía, en la región de Anatolia, en los alrededores del siglo VII a.C. y son pavimentos de guijarros.
En el siglo IV a.C. en Pella --Macedonia, Grecia-- se realizan pavimentos coloreados y con sombras por dar volumen a las figuras: posteriormente, en el siglo II a.C., en la ciudad de Pérgamo, ya encontramos mosaicos hechos con piedras cortadas que corresponden a una concepción parecida a la actual. Otras excavaciones en áreas de la Mesopotamia (Ur y Uruk) y en Grecia y en Roma han permitido conocer otros mosaicos de estos tiempos tan remotos, incluso se conoce el nombre de artistas mosaicistas de la antigüedad como Hefestión, autor de los mosaicos del Palacio del Rey Eumenes, que ya utilizó fragmentos de vidrio combinados con piedra natural, y Sosos, de la ciudad de Pérgamo, de quien se conserva una copia romana de uno de sus trabajos.
A partir del siglo I a. C. la técnica de los mosaicos se implanta con fuerza, pero siempre son utilizados como pavimento. Marco Vitruvio y Plinio El Viejo ya nos describen con detalles las técnicas, y es gracias a este segundo autor que hasta hoy leemos con deleite como si lo que nos contara en su Historia Natural acabara de suceder la mismita tarde de ayer. Acumulando en su obra la técnica de los pintores medievales, Plinio El Viejo describe al mosaicista arriba mencionado, Sosos de Pérgamo, como un gran artista que había compuesto entre otros, dos mosaicos famosos que han sido descubiertos y se encuentran en el museo Capitolino de Roma. En uno de ellos, llamado oíkos asórakos (casa sin barrer) puede verse una escena cotidiana –-como en la pintura holandesa del siglo XVII-- en cuyo suelo se aprecian los desperdicios de un banquete. El otro perteneció a la Villa Adriana de Tívoli y se llama Mosaico de las palomas.
Sosos de Pérgamo hizo en este último el trabajo de un gran profesional, está compuesto con teselas muy pequeñas: 60 teselas ocupan el espacio de un centímetro cuadrado de la misma manera con que Georges Perec ajusta el relato de toda una vida en el breve espacio de una buhardilla. Lugar importante en el desarrollo de la técnica y arte del mosaico fue el amplio y dorado periodo Bizantino; a diferencia del arte romano, que colocaba el mosaico en los pavimentos, el arte bizantino, en su deseo de riqueza, recubre los muros y bóvedas de mosaicos de gran colorido y exquisita finura, así “suelen representar a las figuras con carácter rígido e inmaterial, con una disposición simétrica, una gran luminosidad, en un intento de plasmar lo sobrenatural (nota de Wikipedia).
La influencia del arte bizantino resplandeció en las construcciones de las iglesias rusas; este amor ruso por el arte del mosaico nos recuerda ese pasatiempo favorito del sabio Lomonosov, que consagraba gran parte de su jornada de alquimista a la invención de esmaltes y teselas originales. Es tan profundo este arte amatorio por el mosaico que un gran poeta ruso, Ossip Mandelstahn, tituló su primer libro Piedras (came); no olvidemos también la construcción en mosaico de una de las obras más importantes e innovadoras de la narrativa del siglo XX, San Petersburgo, del escritor simbolista Andrei Biely; no podemos olvidar tampoco en nuestra historiografía los mosaicos que adornan el Metro de Moscú. En América Latina el muralismo mexicano muchas veces se expresó a través del arte del mosaico; Diego Rivera empedró con sus manos obras insuperables. Muchas calles de Río de Janeiro son verdaderos mosaicos danzantes.
Volviendo sobre el significante tesela, éste se origina del latín tessella, que significa cubo; la etimología de una palabra guarda siempre el sentido de su étimo primero, quizás en la minúscula tesela se encontraba la forma posterior que transformó la historia de la pintura, el desarreglo de la representación y de la figura, como lo fue el cubismo; mosaico y arte moderno se encuentran entonces en esa técnica del puntillado que tanto practicaron los impresionistas y posimpresionistas; en todo caso, como lo indicaba Julio Cortázar en su novela 62 Modelo para Armar: la lectura de una obra debe hacerse siguiendo el juego activo de las piezas permutables, de las teselas que son capítulos que son arcilla vitrificada que son trozos de espejos comunicantes; ¿y la obra maestra de Cortázar que se lee lanzando una tesina de casilla en casilla, Rayuela, no es acaso un inmenso mosaico combinatorio? Porque el arte del mosaico posee reglas combinatorias que recuerdan a las letras y números scripturales de la lectura cabalística; citemos algunas (nota de Wikipedia):
Opus tessallatum: técnica en la que las tesinas cuadradas están dispuestas en líneas verticales y horizontales, dando lugar a un diseño en forma de reja. Es una técnica muy efectiva para rellenar fondos. Opus vermiculatum: se utilizan teselas cuadradas para perfilar el diseño principal, siguiendo cuidadosamente los contornos de la forma y realzándolos con las teselas dispuestas en forma de gusano (vermis significa “gusano” en latín). Esta técnica crea un efecto de halo alrededor de la imagen principal. Opus musivum: es una continuación del opus vermulatum. Presenta las teselas hacia afuera siguiendo los contornos y ocupando todo el fondo. Esta composición aporta una gran sensación de movimiento y ritmo, y da vida al mosaico. Opus regulatum: es una técnica creada por los romanos en la que las teselas son todas del mismo tamaño y se alinean horizontalmente (pero no verticalmente), produciendo un efecto parecido al de un muro de ladrillos.
El mosaico ha sido un factor importante en la concepción de la arquitectura y del urbanismo moderno, recordemos solamente a Le Courbusier, que integró en su visión de la habitación contemporánea el espacio damascado de la arquitectura oriental; sin lugar a dudas podemos decir que Le Courbusier concibió la casa como un mosaico habitable. Otro arquitecto moderno y uno de los conceptores más creativos como Antoni Gaudí, devolvió sus piedras de nobleza al mosaico, alzándolo desde la base hasta el techo, no como un elemento decorativo más, sino como parte inseparable de la belleza del conjunto en su acabado final; y este todo logrado a través la técnica del trencadís.
En el trencadís normalmente las teselas irregulares son de cerámica u otros materiales de fácil fragmentación. Esto permitió realizar magníficas obras de arte con restos de baldosas rotas (de aquí el nombre de trencadís) o pedazos de esas “secas tinajas” que se desmoronaban en los sueños viajeros de Joaquín Pasos; restos de alguna forma buscándose nuevamente entre las manos despiertas del artesano que de otra manera no tendrían ninguna utilización práctica. Así el trencadís se utiliza para la decoración de superficies verticales exteriores, en que gracias a su policromía, incluso con piezas de reflejo metálico, se obtiene efectos decorativos de una gran variedad y riqueza. Entre las obras más conocidas y admiradas de Antoni Gaudí, nombremos La Casa Battlò, El Parque Güell, donde se puede observar el bello Dragón con sus colores liberados de las profundidades del paisaje, fogazo escamado escapándose de la tierra quebradiza y cabeceando de vida como nuestros garrobos nativos cuando se asolean bajo el nicaragüense sol de encendidos oros.
Quizás el mosaico sea una de las expresiones del arte que guarda todavía aquello que Walter Benjamin llamaba “aura” o “aura del objeto original”, lo que no ha perdido su ceremonia primera, porque es difícil de ser reproducido; la misma inquietud del filósofo Jean Baudrillard cuando escribe: “Da la impresión de que la mayor parte del arte actual se aboca a una labor de disuasión, de duelo por la imagen y el imaginario, a una labor de duelo estético, las más de las veces fallido. Esto acarrea una especie de melancolía general en el ambiente artístico, el cual parece sobrevivir en el reciclaje de su historia y de sus vestigios, pero el mosaico, pegado al tiempo que está sobre la piedra y en la piedra, piedras-relatos como les pierres fantásticas de Roger Caillois, es un rito inscrito para siempre en la combinación de la materia, una actividad que el artista ejecuta con gestos inmemoriables, una creación muy cercana al tiempo del hacedor primitivo, le bricoleur que Levy-Strauss celebraba llamando a su trabajo ‘una actividad mito-poética’; arte del mosaicista intacto entonces porque no pierde el valor esencial de lo que tal vez en el arte moderno o posmoderno hemos perdido, una holocromía, una avalancha de imágenes que en la formación de su caída no pierde el trazo del aura recorrida”.