Nuevo Amanecer

El “genuino” mundo indígena de Francisco Pérez Estrada


Erick Aguirre

Entre los escritores más activos de la posvanguardia nicaragüense que, a mediados del siglo veinte, se interesaron por representar de alguna manera el mundo prehispánico o “la realidad del indio”, destacan Santos Cermeño, Alejandro Dávila Bolaños, Francisco Pérez Estrada y Mario Cajina‑Vega, cultivadores y preservadores de la vocación indigenista en mucha de la literatura nicaragüense contemporánea.
De ellos, según ciertos críticos, quien se acerca más al “mundo indígena genuino” es Pérez Estrada, investigador y ensayista de lo nicaragüense cuyo único libro de poesía fue Chinazte (1969), en el que la historiografía local ha destacado una genuina y casi natural asimilación del mundo indígena precolombino, atribuida aparentemente a la naturaleza indígena del propio autor y a su constante preocupación por indagar en las tradiciones ancestrales nicaragüenses. Aquí el fragmento de unos de sus poemas:

Desde Tula venimos.
Desde Tula, la de las espléndidas pirámides (...)
No fue un sol. No fue una luna.
Navegamos muchos soles de hambre;
navegamos muchas lunas de sed.
La sequía asolaba el Anáhuac (...)
Los dioses ordenaron partir... y partimos...
Ahora hemos llegado
“Nican náhuatl: Nicaragua”
“Hasta aquí los nahoas” (...)
Por fin hemos llegado y traemos un canto...

De igual forma también se destaca su gran sensibilidad para penetrar, sin mayores complicaciones técnicas o conceptuales durante la estructuración de sus poemas, en la “esencia de lo popular”. Sin embargo, aunque Cerutti, Jorge Eduardo Arellano y otros investigadores con mucha razón consideran la obra poética de Pérez Estrada como una de las más “bellas, expresivas y logradas de la poesía nicaragüense”, incluso comparable “con la de los más renombrados y acreditados exponentes de todas las corrientes poéticas desde Rubén Darío”, lo cierto es que, desde el punto de vista de la apropiación del mundo indígena representado en su poesía y desde su condición de indio o mestizo letrado, Pérez Estrada redunda en un inevitable conflicto de alteridad cultural.
En la obra poética de Pérez Estrada (aunque en menor medida que la de otros autores canónicos nicaragüense como Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra o Ernesto Cardenal), ese conflicto también trata de ser resuelto con la potenciación hegemónica de los valores culturales occidentales en la “conflictividad armónica” del mestizaje. Veamos, por ejemplo, esta paradójica beatitud (“actitud beata, virtuosa o devota”) en su poesía:

Fray Antonio era veloz.
Se transmitía en alas;
en cantos, se transmitía:
sinsonte, chichitote, gorrión.
Los indios oían sus sandalias en el canto de los pájaros.
Su amor era velocidad de pájaro.

Sin embargo, pese a las notables coincidencias en cuanto a la noción identitaria cultural de lo nacional nicaragüense con otros escritores canónicos de la vanguardia y posvanguardia, es preciso destacar cierta diferencia visible en la naturalidad con que Pérez Estrada aprovecha o se apropia de las estructuras particulares de la “escritura” náhuatl, a través de procedimientos ideogramáticos quizá más eficaces, pero que a fin de cuentas se asemejan a los desarrollados por Cuadra y Cardenal en su poesía de temática indígena.
Esto es, la frecuencia de yuxtaposiciones textuales que Arellano ha llamado “paralelismos sinonímicos” o armonización de frases distintas que expresan la misma idea; de igual manera la reiteración de vocablos asociables a la “escritura” o ideografía náhuatl, y la denuncia de situaciones histórico-sociales a través de personajes/narradores o hablantes poéticos cuya función es similar a la de narradores/personajes o alter-egos utilizados por Ernesto Cardenal y Pablo Antonio Cuadra en sus estrategias poéticas para representar “lo indígena”.
Sin embargo, Franco Cerutti insiste en subrayar la duda acerca de cómo percibir al indio contemporáneo o sobreviviente que estos poetas intentan retratar. Cerutti titubea ante los protagonistas presuntamente indígenas que pueblan los poemas de varios autores nicaragüenses de la época, y se inclina a considerarlos más bien como “gente pobre” en general, proletarios desdichados cuyo retrato se repite en otras sociedades, incluso de otras culturas; dramas humanos cuyo patetismo vendría siendo -–según Cerutti-- patrimonio común de cualquier sociedad subdesarrollada.
Pero lo que Cerutti comprende o intuye, al subrayar esta tendencia, no es más que el reflejo constante de la crisis de representación que se ha venido agudizando en los autores canónicos nicaragüenses desde finales del siglo XIX e inicios del XX, y que los ha llevado a intentar representar al indígena ya sea como objeto de denuncia social y económica, o como simple ornamento folclórico envuelto en un velo de atractivo misterio en donde yace, convenientemente dormido, el lado “oscuro” de una identidad hegemonizada por la conciencia reflexiva de occidente.
Tal vez por eso es que Cerutti percibe en ellos una considerable inclusión de otros estratos o categorías de “colonizados”: clases sojuzgadas y oprimidas, mujeres explotadas tanto fuera como dentro de su ámbito familiar, “minorías” nacionales, etcétera.
Por supuesto, ésta es una realidad que abarca a la mayoría de los pueblos colonizados cuyo estatus ha quedado histórica y geopolíticamente fijado en zonas de dependencia y periferia, como claramente está situada Centroamérica, y por supuesto Nicaragua, en el contexto latinoamericano.
Poemas de Francisco Pérez Estrada
(1912–1982)
Matrimonio
Llegué a casa
Como se llega a casa
habitualmente.

La habité sin prisa,
como esperando lo conocido.
o
conociendo lo esperado.

Después, nos hemos
entregado sin reservas,
el gesto, la mirada, el sexo
y una esperanza renovada.

Noviembre de 1969.
Pregunta
Íngrimo,
llorando un silencio de sombras,
gran visir, te pregunto
¿por qué?

Si nos queremos con toda sencillez,
¿por qué no está conmigo?

¿Por qué le negaste el tiempo?

Sin embargo,
nos sabemos eternos
y me espera en la estrella
que ella y yo señalamos.

Di gran visir,
¿qué eres?
o Dios como paloma,
¿o gavilán demonio?

Gran visir,
di,
¿eres un bondadoso Dios?
¿o la maldad del demonio?
¿o ambas cosas a la vez?

Quisiera saberte o ignorarte
amarte o detestarte.
Catalino

Qué dirá la montaña,
los árboles, las hojas,
qué dirán
del hijo Guayacán Inmaculado,
del hermano Níspero Rebelde
del mismo Guachipilín airoso.

Qué dirán los senderos
De sus pies caminando libertad;
qué dirán los cerros
de su pecho aspirando justicia;
qué dirán los volcanes
de Catalino Cóndor?

Ofrecimiento
A papá Toño, mamá Delfina.
Gabriel, Abelardo, Luis Chavarría,
que me precedieron en el descanso,
pero que siempre están presente.
A Víctor Daniel, Chico Guzmán,
a la Justa, la Bibiana, la María.
Al Zorro, el bohemio rústico y amable;
al indio Tindique, sencillo y desarreglado
como un espantapájaros;
a don Rosendo Barrios, al Paisano, el loco
que discutía consigo mismo todo el día;
a los mozos todos de “Las Ruinas”
que me regalaron una fortuna, un saludo, una pregunta;
a todos los que tomaron parte en mi niñez,
este canto de cariño sencillo como ellos.
Trigueros

Después del volcán ofrecido en la bandeja del agua,
después de Moyogalpa, de Chico Roca,
de Los Ángeles de Esquipulas,
se abre Trigueros en un valle de tres kilómetros
donde vivía Papá Toño,
mi padrino,
alto, fuerte y bueno,
que presidía la familia en el valle sonriente.
Allí pasé las vacaciones de estudiante
creciendo con el zacate y libre como el viento.
Chavalo, cuando un pájaro es trascendental
y el mundo depende que lo “tengamos a tiro”,
mientras tiemblan de emoción los hules de la honda,
y no hacemos caso de los ángeles
porque lo vivimos como las hojas viven en los árboles.
Yo no sabía de justicia social,
pero me parecía justo ser copropietario de los pájaros,
en el color y el olor de las frutas;
y tenía dos vacas, “La Chico José” y “La Pulga”,
pero era más importante platicar con un campesino
o con mamá Delfina que me trajo al mundo
y me enseñó las leyendas de Ometepe,
o con Gabriel que me enseñó el camino al cerro
y era todo un caballero con su filosofía rústica,
o con Daniel a quien nadie se le paraba después de un golpe.
Ahora, he venido de nuevo...
Está aquí el madroño que es como un ujier
introduciéndome en la casa solariega de Trigueros,
y el ciprés sin hojas de tan viejo,
pero siempre es un saludo amable
que se amarra este cariño elemental y directo
que no depende de nada,
sino de que ustedes son ustedes,
y yo los comprendo y amo con su corazón pegado a la tierra,
y sus brazos ágiles, morenos o blancos,
siempre solícitos a fecundar el surco.
Ustedes los de Trigueros,
donde nadie pegaba un grito de desafío;
y esto lo saben en Los Ángeles, en Esquipulas,
en Alta Gracia y en Urbaite;
con sangre recia y corazón espléndido,
déjenme que cante este rincón de mi sangre,
porque los aleros de tus casas yo tus ranchos
son tan acogedoramente helénicos
que nadie quiere saber el nombre del peregrino,
sino después de la mesa,
un vaso de leche caliente y un “conspicuo lomo”
según el calificativo del gran viejo Homero,
porque su hombría forma la verdadera patria,
y su sudor es semilla para el milagro del pan,
y su sangre es íntegra y definitiva.
Este canto me corría por las venas
como me corre su sangre,
y de pronto está presente como semilla reventada,
como el pichón que encontrábamos a la mañana siguiente
Juan Agustín, Chico Guzmán y los demás muchachos
que fueron a vender sus brazos
a los bananales de Costa Rica
porque Nicaragua era de unas pocas personas:
los patricios.
A los de Trigueros,
Este canto que quisiera ser sencillo y bueno como ustedes.

Granada 1941.