Nuevo Amanecer

El eslabón del camino


Apenas pude fui a ver “El camino”. Al día siguiente regresé al cine con alguien más. Regresé porque el día anterior había asistido a un sueño proyectado, había perdido toda noción de la realidad, había caído hipnotizado por la imagen y el sonido de la película, estado ideal para adentrarme en esa región conocida por mí que es Nicaragua y que a través de la mirada de Ishtar vuelvo a soñar.
Es una película muy nicaragüense, retrata de manera fiel lo que Pablo Antonio Cuadra llamó el carácter peregrino del nicaragüense. No en vano la película está dedicada a Nicaragua… No en vano su resuello constante proviene de las profundidades del volcán Masaya, como si la voz del narrador respirara por ese cráter, como si la antigüedad de su relato semejara las huellas de Acahualinca.
Cada una de las imágenes de la película conduce por un poema visual, porque Nicaragua ante todo es los versos de Darío, porque Nicaragua es Dariana. El Darío de azules mariposas y del fatal destino de lo injusto. Darío es también el niño protagonista, que es mudo, no tiene palabras, sólo gestos y una ocarina para hacer música.
En la película “El camino” la lengua es obtusa y la imagen clara. Ya casi no hay palabras. La voz de los personajes se pierde y regresa. Como si lo esencial de lo que dicen sobresaliera del murmullo del entorno.
También es una película profundamente política, porque Nicaragua es política. Porque Managua está forrada en papeles de propaganda y las paredes y los parques hablan de la traición al pueblo. Es política pura porque las causas del escape de los protagonistas es producto de la pobreza social, el abandono y la corrupción. Razones gritadas a viva voz por el Coplero que narra el sentimiento popular.
Es política porque coloca la mirada sobre otro. Sobre El otro. Ese otro que para los costarricenses en general es un abismo, un desconocido, o cuando mucho una masa anónima. Desde una costarricense que mira con conciencia de clase el fenómeno migratorio, la película es rabiosamente política.
Es una película religiosa porque Nicaragua es religiosa. El viaje por el camino es un viaje mítico y lo mítico tiene que ver con lo religioso. Las imágenes de La Chureca son el purgatorio del infierno que vive la niña Saslaya.
En el camino de Saslaya y Darío, cada uno de los obstáculos es simbólico, cada una de las ayudas que reciben los personajes, narra. Hasta la virgen peregrina es un encuentro mítico simbólico. Como en todo relato mítico, los personajes cumplen funciones, se disfrazan, se presentan como máscaras, algunas dicen frases absurdas, otras cuentan historias inaudibles, manipulan marionetas, otras bailan alrededor de la fogata o hacen música como un pajarito. Todas conducen a los héroes por el camino del aprendizaje.
El lenguaje cinematográfico explorado en el montaje de la película, evidencia lo que Tarkovski llamaría esculpir en el tiempo, refiriéndose al arte cinematográfico. “El camino” es un retrato ontológico de su propio camino, de los obstáculos, las máscaras y el paisaje que lo produjeron. Su música nos traslada en un tono bucólico y circular, recordando en algún momento el círculo inevitable que produce la pobreza. Sus actuaciones son sutiles momentos reales de una búsqueda.
Antes que una película es una visión, un sueño, que Ishtar acometió como una empresa de Quijote para mostrarlo ante nosotros, perplejos espectadores acostumbrados a una cartelera de cine de segunda categoría.
Celebro la película “El Camino” como ese eslabón perdido entre el documental y la ficción de la cinematografía costarricense, que por ser tan nicaragüense es profundamente centroamericana. Por la cadena invisible que nos une, más de lo que nos desune. Ese eslabón que teje nuestros sueños con los de nuestros vecinos para de esa forma soñar juntos un cine centroamericano.
* “El Camino” se exhibe en Cinemas Galerías Santo Domingo.. Lunes, miércoles y viernes. 2:00, 4:00, 6:00 y 8:00 pm. Martes en Plaza Inter.