Nuevo Amanecer

El sismógrafo

A Carlos Martínez

Carlos tenía la sensibilidad a flor de piel y la mirada de un niño.
Las cosas más insignificantes para el hombre común, para él, genio, tenían gran importancia.
Una vez que estuve de visita en su casa, en 1992, me mostró una escultura que creó con ollas, cazuelas, tapas, posillos, todos de aluminio. Esta escultura llegaba casi a tocar el techo y en la punta colocó un tapón rojo de botella, color contrastante con el tono oscuro de los utensilios.
Él llamó a esta escultura “El sismógrafo”, pues con el menor movimiento telúrico se vendría abajo haciendo mucho ruido, así despertaría al poeta y se pondría salvo.
Me explicó la manera cuidadosa con que había colocado cada objeto y que le llevó muchísimo tiempo, pero que al final de tanto esfuerzo logró su objetivo.
A la semana siguiente que fui a visitarlo estaba muy molesto, me contó que alguien, cuyo nombre no recuerdo, “con intención malévola” tocó el sismógrafo, que se vino abajo echándole a perder muchas horas de trabajo, y me dijo que jamás en su vida esa persona volvería a poner los pies en su casa.
Lógicamente, Carlos volvió a armar aquel complicado sistema que requería imaginación, paciencia y delicadeza, y puso de nuevo lo más difícil. Aquel tapón rojo de botella, en la punta, hasta allá arriba. El diminuto tapón rojo desafiante que se divisaba desde abajo.
Ahora alguien ha tocado la vida de Carlos queriendo tocar su obra, y como su sismógrafo hizo gran alharaca, Carlos ha despertado, poniéndose a salvo.