Nuevo Amanecer

Los escritores modernistas trágicos


Una atmósfera aciaga envolvió a los grandes exponentes del modernismo, quienes construyeron un camino inexplorado de sombras y sueños que pudieron hacer realidad, pero las existencias de estos escritores se impregnaron de designios extraños de alegría y fatalidad. Ellos se impusieron al desdén de numerosos intelectuales de la época. El rápido ascenso y declive de sus protagonismos nos permite interpretar los momentos difíciles de los representantes del modernismo.
Plenos de entusiasmo, emprendieron la instauración de una época literaria histórica, que a la calma de la distancia temporal nos causa asombro; la gesta que impulsaron y maduraron desde Latinoamérica, no sólo del modernismo, sino de una evolución independiente del pensamiento y de la estética americana, hizo que lograran hermanar corazones y culturas en un alma llamada hispana y americana.
Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, optaron por labrar la voz de nuestros pueblos. Managua, Buenos Aires, México, Lima y toda Latinoamérica hicieron eco de las voces modernistas que surgían como una generación bulliciosa. España se contagió del entusiasmo literario que habían iniciado José Martí y Manuel González Prada. El poeta Rubén Darío lo condujo a la gloria. Revistas significativas hicieron resonancias: las mexicanas Azul y Moderna; El Perú Ilustrado de Lima, La Revista de América, El Mercurio de América o La Biblioteca en Argentina; aunque ninguna fue exclusivamente modernista.
Textos y autores dejaron huellas imborrables, desde Darío hasta poetas que murieron sin publicar; Manuel Gutiérrez Nájera o José Lora y Lora. La sinuosa suerte de muchos escritores rebasaron las fuentes de imaginación en el peligro o la vida disipada. El final que acompañó a los modernistas fue terrible.
Un año después de fundar la revista Azul, con Carlos Díaz Dufóo, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera muere de hemofilia con 35 años, en 1895. El poeta José Asunción Silva escribió “El libro de versos”, editado por sus amigos; contaba con 31 años. El 24 de mayo de 1896 se suicidó. Según su médico, Juan Evangelista, sufría de melancolía (depresión). Se dio un tiro en un punto específico del corazón, cuya ubicación Asunción preguntó previamente al galeno.
José Martí falleció tras un enfrentamiento con españoles en 1895; tenía 42 años y perseguía liberar Cuba. Rubén Darío sostuvo una frágil existencia; el alcoholismo le mermaba la salud y le costó la vida, el 7 de febrero de 1916. Rubén compuso una Epístola a la mujer del poeta Leopoldo Lugones:
“Y me volví a París. Me volví al enemigo/ terrible, centro de la neurosis, ombligo /de la locura, foco de todo surmenage, / donde hago buenamente mi papel de sauvage/ encerrado en mi celda de la rue Marivaux…”
Horacio Quiroga (Uruguay) tuvo la vida atormentada; su padre murió de un tiro accidental en un coto de caza, también su padrastro se suicidó. El poeta mató por accidente a su amigo Federico Ferrando. La esposa de Quiroga, Ana María Cerés, se quitó la vida. Quiroga se moría, estaba enfermo. El día de su cumpleaños, un 31 de diciembre de 1937, el escritor se mató de un tiro.
Otro uruguayo, Julio Herrera Reissig, que escribió versos: “Une tu boca a la mía, mientras me embrujan con su ideal chamico/tus ojos, cafres ardientes, que se vengan de su encierro”, o en su Tertulia lunática: “Es un cáncer tu erotismo/de absurdidad taciturna, /y florece en mi saturna /fiebre de virus madrastros.” El uso de palabras como chamico o madrastros causaron irascibles críticas.
Académicos españoles no sólo rechazaban léxicos americanos, que había propuesto Ricardo Palma en 1892; también rechazaron el arsenal lingüístico modernista. Pero los modernistas prosiguieron con sus expresivos lenguajes. Leopoldo Lugones, autor de La Montaña de oro o Crepúsculos del jardín, tuvo una vida desahogada, pero en la senectud, se desencantó de su veleidad política; Leopoldo hijo le prohibió un amor tardío, y le amenazó con declararlo loco. El poeta Lugones se envenenó con cianuro, el 18 de febrero de 1938, en las afueras de Buenos Aires, en el alojamiento El tropezón.
Resulta inexplicable el abrupto final de muchos modernistas. José Santos Chocano, autor limeño, sometió su existencia a todas las sensaciones humanas: la ira, la alegría, el placer, el miedo, fueron vértebras de su espíritu. El candor y la temeridad le suscitaron episodios en los límites porosos de la ley: el bien y el mal eran parte de la compleja personalidad de uno de los vates inolvidables.
Fue perseguido político y diplomático; acordó la paz entre El Salvador y Guatemala. Chocano se entregó a la pasión amorosa, se casó tres veces y tuvo varias amantes. Ayudó a la Revolución mexicana y prestó servicios al dictador Manuel Estrada Cabrera (Guatemala). Por ello, a la caída del dictador (1920) fue condenado a muerte, y se salvó por la presión internacional de intelectuales y jefes de estado. Chocano mató de un tiro al poeta Edwin Elmore, en 1925; por lo cual acabó preso. Pobre, viajó a Chile; un enfermo mental, Martín Bruce, lo acuchilló en un tranvía. Era 1934.
Pero no sólo Chocano estuvo al servicio del presidente de Guatemala. Chocano y Darío dedicaron versos al dictador Estrada y a su madre. Enrique Gómez Carrillo, escritor guatemalteco, financiaba una revista entre París y Berlín, con dinero que le donaba Estrada Cabrera. El fundador de la editorial América, Rufino Blanco Fombona (Venezuela), contó que Gómez Carrillo inventaba enemigos europeos al régimen de Estrada, quienes ni lo conocían. En otro momento, los rebatía defendiéndolo. Por ello cobraba otra remesa de frescos dólares. Además, españoles como Emilio Pardo Bazán o Miguel de Unamuno prodigaron alguna dedicatoria en el libro de visitas (1902), de las fastuosas Fiestas de Minerva que ofrecía el dictador de Guatemala.
Abraham Valdelomar dirigió la revista Colónida; murió en 1919 (tenía treinta años), el año que fue electo diputado por Ayacucho. Embriagado cayó a un charco repleto de aguas servidas. El mexicano José Vasconcelos impulsó una corriente crítica hacia Chocano y Lugones, por sendos discursos autoritarios. En El Ulises criollo, Vasconcelos narró su vida en Lima (1916), y se contagió de la bohemia limeña; acudió con el poeta Valdelomar al barrio chino, y probó los sueños efímeros del opio. El anís, el whisky, las manzanillas, el pisco, las drogas, ahuyentaban o atrapaban las musas. Los neologismos, el ensueño y la música de la poética modernista fueron blancos de sus enemigos.
En España o América intentaron a toda pluma desmerecer la fortaleza de la literatura modernista, desde el limeño José de la Riva Agüero hasta escritores de la Generación española del 98, con excepción de Paco Villaespesa, Antonio Machado y Valle Inclán, no escatimaron la burla, la parodia, el escarnio con hipocresía o el dardo directo: discursos académicos, artículos periodísticos o sainetes teatrales como el de Pablo Parelada, autor de El Tenorio modernista (1906), un risueño pasquín teatral que presenta a los poetas modernistas desarrapados, ilusos, que cambiaban la dicción y la lengua española por una adaptación propia.
Pero las puyas hacia un grupo numeroso de jóvenes bohemios e informales llegó tarde, ellos ya habían instalado el espíritu latinoamericano en el contexto universal.
* Escritor peruano.