Nuevo Amanecer

Una novela detectivesca y criminal

(“El cielo llora por mí”, de Sergio Ramírez)

“El cielo llora por mí” (Alfaguara, 2008), el libro más reciente de Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), es una novela de intrigas y aventuras detectivescas en donde dos inspectores de la Dirección de Investigación de Drogas (DID) de la Policía Nacional deben esclarecer un asesinato aparentemente vinculado con el narcotráfico. En las hipótesis e investigaciones de este dúo y otros personajes, el lector encontrará un retrato irónico pero fiel a los laberintos propios del poder y sus ramificaciones, retrato construido por Sergio Ramírez con su característica habilidad narrativa y rebosante de humor negro.
La novela inicia con el jefe nacional de Inteligencia de la DID, inspector Dolores Morales, procurando contactar a Bert Dixon, jefe de Inteligencia en Bluefields, quien le ha informado de la aparición de un yate abandonado en Laguna de Perlas, en el Caribe nicaragüense, “una ballena grande, muy elegante, abandonada cerca de la comunidad de Raitipura, en la desembocadura del caño Awas Tingi”.
Entre los restos del yate que no fueron saqueados por los pobladores se encuentran una camiseta y tablillas de madera, ambas con manchas de sangre, y un libro, “El cantor de tangos”, de Tomás Eloy Martínez; con estos elementos, más la posterior aparición de un cuerpo flotando en las riberas del río, los inspectores emprenden la búsqueda de los responsables.
El mundo al que se adentran Dolores Morales y Bert Dixon al llevar el caso del misterio de Laguna de Perlas no pertenece a un mundo fantástico ajeno a la Nicaragua real. Ramírez ha creado una Managua fiel a la cotidiana ubicándola temporalmente en cualquier año de finales de la década pasada, con sus calles, edificios, puntos de referencia y multiplicación de gasolineras.
De ahí que la oficina de Dolores Morales esté ubicada en el tercer piso de Plaza El Sol (Plaza del Sol para Ramírez). Desde “aquel edificio, un cubo de aluminio y vidrio que antes de la revolución había sido sede de una compañía de seguros”, se divisa el lago de Managua, los predios de la nueva Catedral con su techo semejando un mar de tetas.
La mayor parte de la acción se realiza en la capital, por los lugares donde cualquiera de nosotros transita en un día normal: Carretera Sur, Carretera Norte, Villa Fontana, la Pista de la Resistencia, Rubenia e inevitablemente, donde ahora se pretende reconocer al nuevo centro de Managua, la Carretera a Masaya, espacio lleno de casinos, clubes, restaurantes y complejos comerciales. Esta ubicación temporal hace de “El cielo llora por mí” la novela más actual de Sergio Ramírez en términos de escenario, pues hasta ahora acostumbraba ubicar sus trabajos en la Nicaragua de vuelta y mediados del siglo pasado.
Al mover la ubicación temporal el autor permite que el lector, independientemente de su edad, se relacione con el libro y sienta y siga la lectura como en una secuencia cinematográfica, filmando a Dolores Morales y Bert Dixon saliendo de Plaza del Sol a Waspam o a encontrarse en Rostipollos con Caupolicán, el sospechoso principal; a doña Sofía trabajando en un casino de la Carretera a Masaya o a Bert Dixon abordando un avión de Bluefields a Managua. Pero, ¿qué sería de Managua sin sus personajes? Sin necesidad de usar nombres propios la novela también nos entrega pistas y hechos concretos de personalidades reales; por ejemplo, el retrato del presidente obeso o el personaje de La Monja, una inspectora de la Policía que resulta clave en el desenlace.
También merece especial atención el uso del lenguaje empleado por Ramírez para esta novela. Diferente a un lenguaje más barroco y elaborado de sus novelas anteriores, en “El cielo llora por mí” el autor hace uso de un lenguaje más directo y cotidiano, característica propia de la novela policial; un lenguaje sencillo para mayor claridad, plausibilidad y convicción que, permitiendo la acción, le impregna significado al implicar un carácter más humano y callejero.
Esta experimentación de Ramírez permite poner de relieve el carácter y la personalidad de cada personaje, y los problemas inherentes a la conducta de éstos y del propio lector en la solución del crimen, porque a fin de cuentas ¿qué es una novela policial que no convoque al lector a participar en la resolución del crimen? Una nueva experimentación que convierte a “El cielo llora por mí” en una novela policial (y más específicamente detectivesca) de eficacia incuestionable.
Es gratificante descubrir a un autor de la talla de Sergio Ramírez dedicado a una novela policial, especialmente en un país donde se pueden contar con los dedos de una mano ejemplos de literatura de este tipo, siendo la más reciente, en mi opinión, “La muerte de Acuario” (2002), de Arquímedes González.
Por décadas, la literatura policial sufrió su propia historia de traiciones y rechazos. Hasta hace poco era considerada como un género de fácil escritura y popular, a la medida de un lector poco exigente que procuraba llenar sus momentos de ocio, distante de la literatura seria y de “high-art” defendida por los críticos. Afortunadamente para quienes disfrutamos de este género, en la actualidad el adjetivo policial ya no lleva intrínseco una calidad menor o deficiente sino, como en el arte general, es únicamente el creador quien limita o posibilita el valor artístico del producto.
Es la novela policial la que más francamente pone de manifiesto los problemas actuales de la sociedad, al ser una suerte de espejo en el que se reflejan sus mayores defectos y la impotencia de las instituciones políticas y sociales que deberían velar por los ciudadanos. Con esta entrega, Ramírez aborda uno de los problemas más actuales en Nicaragua, el del narcotráfico, que permea no sólo a sus adictos sino a las más altas esferas sociales, y corrompe al poder, por más que en años recientes –a pesar de los múltiples quiebres logrados por la Policía Nacional y el Ejército-, a nivel gubernamental se ha tratado de maquillar la terrible presencia de este mal en suelo patrio.
Se nos presenta una realidad que no es sólo nicaragüense, sino de cualquier país latinoamericano. Ramírez detalló en un artículo publicado en Página12, en 2006, es decir, durante el período de gestación de este libro (2003-2008), a propósito de otra novela detectivesca (“Abril rojo”, Premio Alfaguara 2006), que “la investigación policial, en la medida en que se va completando, llega a convertirse en una verdadera parábola sobre el poder (…) El poder, que ha sido siempre el elemento invasivo y perverso de la historia y de la realidad, esa mano de pintura negra indeleble que todo lo oscurece”.
Lo mismo puede decirse del libro escrito por él, pues es precisamente el narcotráfico, poder de poderes en las propias palabras del autor, el monstruo al que deben enfrentarse los inspectores Dolores Morales y Bert Dixon, con la ayuda de quien, al menos bajo mi humilde opinión, constituye el tercer personaje angular en la riqueza y disfrute de “El cielo llora por mí”: doña Sofía, la afanadora de las instalaciones de la Policía Nacional y amiga del inspector Morales que, metiéndose donde no ha sido llamada, termina involucrándose de lleno en el misterio de Laguna de Perlas.
Estos tres personajes son justamente un homenaje expreso de Ramírez a la labor hecha por nuestra Policía Nacional, “reconociendo que tenemos una policía muy pobre en Nicaragua, pero honrada, que es una de las cosas que se ha salvado de esta debacle”, confirmó el autor hace pocos días en un cable de prensa.
Se suele decir que en la literatura policial el tratamiento del argumento (la solución del misterio) tiende a ser lo principal, y en El cielo llora por mí se cumple con creces (aún más allá de un desenlace un poco acelerado para mi gusto personal), pero lo más enriquecedor de esta novela es la acertada descripción de los personajes y de la propia Managua recreada por Ramírez, además de un lenguaje hábil para la voz narradora y aún mejor para los diálogos de los personajes, que sin lugar a dudas, el lector disfrutará al sumergirse en la complicidad de resolverlo.

Tomado de Carátula, Revista Cultural Centroamericana.
Edición No. 27 (Dic. 08 – Ene. 09)