Nuevo Amanecer

La pana de agua

(Primera exposición individual del artista Alejandro Flores, abierta al público desde el miércoles tres de diciembre en Galería Códice)

Managua no es el centro del mundo, si bien es cierto el agua –-lo único absolutamente comprobable de esta ciudad-- pudo ser en su momento una excusa para inaugurar el centro del mundo, tal como lo es el Canal de Panamá para la actualidad del mercado mundial. En Managua se vive del agua (como sucede en todos lados, dirán los puristas), sin embargo, la constitución del paisaje de la ciudad evidencia que en este lugar la universalidad se moja en el lago, en la tormenta pronunciada, en la rotonda que deja sin beber a mucha gente de muchos barrios, etc.
La pana de agua es el título de la primera exposición individual del artista visual Alejandro Flores, abierta al público desde el miércoles tres de diciembre en Galería Códice, Los Robles, de funeraria Don Bosco, 300 metros arriba, Managua.
Decir la pana de agua es como decir la ciudad, nombrarla y ubicarse en su extensión para ver desde ahí el mundo. Pero la exposición abre otros caminos, que se mojan en la pana de agua –-como todo lo que atraviesa nuestra geografía--, y salen a secarse a la vida, a las relaciones de lo cotidiano, a la situación del arte en general. Éste es un esbozo de lo que antologa la exposición de Flores:
El agua imaginaria
Dos instalaciones presentan el tema del agua desde el planteamiento de la necesidad, siendo el agua este fundamento de nuestra verdad managüense y al mismo tiempo un asunto de suma importancia a nivel social y político. Para Alejandro el agua pertenece al universo del artificio, un bien común que, estando presente, se disuelve en la imagen creada, en alusión de una realidad donde su distribución no es equitativa o su uso no es considerado.
Uno de los trabajos presenta a un individuo queriendo alcanzar y beber una gota que cae indefinidamente de una pana que cuelga del techo. La gota real y el individuo proyectado, imagen bidimensional de una lengua inexistente que se proyecta y refleja en el agua. La otra instalación es opuesta: el chorro de agua se proyecta sobre una bolsa con agua. El agua fluida de la ficción del video es contenida a nuestros ojos, haciéndonos participar de una situación incómoda o cargada de tensión por querer, como en el video de la lengua, salvar el agua que corre.
La ciudad preñada
Dos imágenes reconocibles de la ciudad son sacrificadas por intervenciones sutiles que forman parte de un registro fotográfico. Pasando por el lago Xolotlán y la vieja Managua, una perra roja con sus hijos parece escapar de la ciudad. Punto aparte de la imagen nostálgica que despierta la escena, es de hacer notar el aspecto simbólico de la ciudad, espacio entre el lago y el terremoto que se divierte al ver volar a sus hijos. La segunda imagen es un escorzo del cristo rey, amenazado por un banano en manos de otro personaje semioculto. La idea del reclamo aparece nuevamente, esta vez afrontando referentes culturales como este monumento pseudo-religioso que, ya sabemos, se ubica en una zona de la ciudad muy conflictiva por la inseguridad, la pobreza, etc.
La adaptación del objeto
Una serie de objetos (un par de botas que visten chinelas de baño, una almohada con rastas, una caja de huevos en forma de animal, un martillo atacado por clavos, unas tijeras suturadas) van de la cotidianeidad al comentario lúdico del porqué de su uso y una valoración sarcástica de sus posibilidades como presencias cotidianas establecidas con dureza en nuestro imaginario.
En esta línea se adscribe un trabajo recientemente premiado en un evento nacional. El Cristo emo, una crucifixión de resina sintética de uso doméstico desbaratada por la indumentaria “emo” obligada al cristo, quien se convierte en una metáfora doble del dolor; el sufrimiento de alguien que no es indiferente a los clavos que le someten a la cruz, y el simple adjetivo de emo, o perteneciente a la comunidad de jóvenes que ven en la realidad sólo la posibilidad de sufrir, ya que no de ser felices.
Un artista centroamericano
Dos pinturas, finalmente, celebran al artista siendo éstas dos autorretratos que no buscan instaurar la imagen de Alejandro Flores, persiguen algo más no sólo por su elaboración como autorretratos, son además una versión del artista frente a imágenes de artistas consagrados de la historia primermundista del arte.
En una pintura Alejandro es Salvador Dalí, el surrealista; en otra, se convierte en Mariko Mori, artista conceptual de gran reconocimiento internacional. Si Mori se retrata con sus robots y su estética manga al límite, Alejandro aparece con robots ridículamente elaborados, una vestimenta rebuscada, maquillaje mal puesto, etc. Si Dalí aparece con su cabello largo y su particular bigote, Flores no teme aparecer con un bigote mal pintado y su cabello corto, de estilo nica o centroamericano, además de hacer sobresalir un Bob esponja que sonríe quién sabe por qué razón.
La importancia de estas obras radica en la figura de la comparación, no porque el artista pretenda ser como otros artistas o quiera hacer lo que ellos hacen, es más una forma de plantearle al público en dónde buscar las diferencias que hay al poner a dos personas queriendo hacer arte: las posibilidades a que accede un artista en el primer mundo (capacidad de difusión y distribución de su trabajo), comparadas con las que, siendo inexistentes en nuestros contextos de tercer mundo, debe idear alguien que desee proponerse una carrera artística en nuestros países, en este caso en Nicaragua.
La invitación queda abierta para ir a la muestra y generar más ideas a partir de las obras.
Tres de octubre de 2008.
* Darwin Andino es coordinador del proyecto de exposiciones El acto invisible, de EspIRA/ La Espora
Créditos de ilustraciones:
“Nudo en la garganta”. Instalación: bolsa, agua, video, proyección. Alejandro Flores (2007).
“Reflejo”. Instalación: agua, recipientes, video. Alejandro Flores (2007).
“Mártir yo”. Martillo y clavos. 37x15 cms. Alejandro Flores (2008).
“Peso político”. Instalación: abanico, piedra, papel. Alejandro Flores (2007).
“El malabarista”. Fotografía digital. 75x52 cms. Alejandro Flores (2007).