Nuevo Amanecer

Pasada de cuentas, de Manuel Martínez


Mucho ayudó en el primer acercamiento a la novela de Manuel Martínez, “Pasada de cuentas”, el hecho de que Juan Carlos Vílchez la sintetizara en la cuarta de forros, porque le tengo mucha confianza a este poeta del norte: me gusta mucho su trabajo, es honesto y poco dado al halago.
Presentada como un thriller, tuve un primer reparo al comenzarla, dado que siempre he pensado que en el tercer mundo difícilmente se puede dar una novela policiaca clásica basada en el detective ético y profesional, cuya labor casi científica sólo se ve obstaculizada por las “fuerzas del mal”, razón y principio del subgénero. Sin embargo, la corrupción del sistema judicial de nuestros países (es decir, las omnímodas “fuerzas del mal”, o el “corazón de las tinieblas”) lo abarca todo y acaba con la posibilidad del héroe ortodoxo. Por lo que, de pergeñarse, nuestra novela policiaca local deberá prescindir de este tipo de protagonista y asumir al antihéroe como personaje nom plus ultra.
Los ejemplos en nuestra literatura chapiolla son muy escasos, y para no ser excluyente ni olvidadizo diré que Castigo divino resulta la novela emblemática en este asomo: pese a ser el indiciado, Oliverio Castañeda es el antihéroe-alma de la trama; a partir de él, Ramírez Mercado emplea intertextualmente el atestado jurídico, el reportaje periodístico, cartas, deposiciones jurídicas, chismes de una “mesa maldita”, testimonios todos que, ciertos o no, se significan literariamente por la verosimilitud bajtiniana que le imprime el novelista.
En fin, con este prejuicio emprendí la tarea siempre halagüeña de sentirme un nuevo lector de Pasada de cuentas y, como en los chistes malos, tuve la buena y la mala noticias. Por supuesto, primero escogí la buena: Manuel Martínez es un excelente novelista. Luego, como Dante, no tuve más remedio que visitar el infierno, para saber qué de malo me deparaba el futuro inmediato en Pasada de cuentas: a nuestro escritor “hemmingweiano” lo odia su editor, o la empresa que editó su libro.
En una reseña como tal, no debiera preocuparme por el trabajo de los profesionales de la edición, pero en este caso, permítanme lo prosaico, se cagaron en una novela que requería la inteligencia de un editor-lector, y no la veleidad de un megalómano (quien quiera que fuese), preocupado más en sus blasones universitarios, o su “brete”, que en acompañar y ser cómplice de las inquietudes de un novelista que ya hizo su mejor esfuerzo y, como Gabriel García Márquez, le dice al corrector de estilo y de galeras: “En tu lápiz y borrador encomiendo mi texto”.
El editor de marras cometió los siguientes “texticidios”, entre otros:
Desconocer cualquier aspecto sobre las artes gráficas (por ejemplo: callejones, viudas, huérfanos, blancas, sangrías, respeto a la continuidad de las líneas, etcétera).
Por lo mismo, nunca ha entendido que un libro es una obra de arte en sí, como objeto capaz de disfrutarse antes, durante o después de ser leído.
Abrir comillas y, la mayoría de las veces, no cerrarlas; así como guiones y uno que otro paréntesis.
No tener un criterio respecto a la intención del autor: por ejemplo, el narrador en primera persona no necesita, en principio, el entrecomillado (salvo raras excepciones), ¿por qué, entonces, manejarlo como chalupa o chinamo, es decir, al azar o al vaivén de su ignorancia?
¿Por qué, si ya están en itálicas o cursivas las crónicas o notas del periodista Valdez, no las conservan todas la veces que aparecen?
¿Era mucho pedir que en el epígrafe de Pablo Antonio Cuadra fuera el nombre de este poeta con su “P”? ¿O que la locución “sobre todo” no fuera simplemente un gabán o una gabardina, es decir, la palabra “sobretodo” en la cuarta de forros?
En los guiones uno nunca sabe si los personajes hablan, si el narrador sigue en su soliloquio, si hay alguna acotación dramática, si al editor se le ocurrió enmendarle la plana al autor… Al final uno, como lector, se desgasta y, si fuera fundamentalista, le mandaría una bomba de palabras al editorzuelo que dizque cuidó la edición de este libro.
Por menos me enemisté, sin conocerlo físicamente, con el “editor” de mi libro Mujeres que matan. Al final, si mi enojo valió, creo que no estuvo tan mal cuidado… Pero hubo que bajar al señor de su zócalo académico, decirle que el libro era mío y estaba interesado en que fuera hecho a-mi-manera, que no debía convertirse en su hijo putativo, o sea, un engendro.
Pero ya dije que Manuel Martínez es un buen narrador… ¿Por qué? Porque es inteligente, estructura y crea formas de pensamientos que en el microcosmos de su novela son válidos y sugieren más de lo que la primera lectura nos presenta (Alfonso Reyes decía que, fuera de la Gramática –la Morfosintaxis-, subyacía en cada oración bien lograda literariamente el fin último de concatenar palabras que expresaban ideas, mundos, imágenes y sentidos, que potenciaban la visión de lo inmediato).
Para empezar, el espacio literario de “Pasada…”, la Costa (antes sólo tocado con soltura y conocimiento por nuestro mejor narrador ya fallecido, Lizandro Chávez Alfaro), le permite a Martínez moverse libremente como cronista, reportero y narrador literario de una terra ignota para el común de la gente del Pacífico (ámbito que literariamente nos depara amplias expectativas tanto lingüísticas como ambientales-sociales).
Sin llegar al lirismo esencial de “Columpio al aire”, y más cercano a la narración demasiado explicativa post “Trágame tierra”, nuestro autor se regodea en la incomunicación este-oeste nacional (sin mayúsculas). Asimismo, ingresa al fondo literario nicaragüense (como Élmer Mendoza en México) el tema del narcotráfico, sin concesiones ni pintoresquismos, sin malos corridos norteños musicales ni héroes de cartón-piedra (por ejemplo, en el viaje de Teo a Managua –aparentemente ingenuo- hay una visión totalmente cuestionadora del leimotiv del narcotraficante y su pobre capacidad de diversión y concepción del mundo).
En el asunto del intertexto que, está visto, atrae a todos los escritores pinoleros, Martínez propone el e-mail como recurso creíble que subsana el problema de ese teléfono descompuesto llamado este-oeste, Pacífico-Atlántico, así como la nota periodística del narrador protagonista Valdez (quizá abusando un poco del recurso).
Dado que en Nicaragua no existe una tradición del thriller, hay en “Pasada de cuentas” una deuda más cinematográfica que literaria. Quizá por eso tenga ciertos guiños de “Traffic” (Steven Soderbergh, 2000), sobre todo en relación con los protagonistas (Michael Douglas –Robert Wakefield- y Víctor Valdez) y sus vástagos (mientras ambos luchan contra el monstruo del narcotráficos, sus hijos sufren el flagelo de la droga); Dayra-Esther, la mujer de Niven-Blandón intenta parecerse a Helena Ayala (Catherine Zeta-Jones), pero Esther sólo cumple con la imagen femenina que Hollywood metía como calzador cuando la película era bélica (a propósito, en “Infierno en el Pacífico”, con Lee Marvin y Toshiro Mifune, no hubo forma de hacerlo, ni en flash back): mera figura sensual-decorativa.
En realidad, la trama policiaca actual de los escritores de América Latina, su thriller, ya es materia exclusiva del cine. Los intentos de Jorge Volpi (“En busca de Klingsor”) y Luis Sepúlveda (“Con nombre de torero”), por ejemplo, son lo que llamo “exotismo a la inversa”: esa necesidad de acceder a la literatura cosmopolita (o sea, europea), con un idioma aséptico en cuanto al criollismo o localismo y tocando el tema nom: lo que el Tercer Reich pudo o no hacer tras su derrota, pero llevado a la Patagonia. Tan es así que el gran ganador de concursos literarios españoles: Juan Manuel de Prada, logró un Seix Barral con una novela llamada “El séptimo velo”… ¿Y saben dónde termina el protagonista maqui-guerrillero gabacho-español de De Prada? Sí, en el exótico sitio de ultramar del sur.
Por eso Vílchez dice bien que esta novela pudo ser best seller; es decir, ser más exótica y más explícita, pero Manuel Martínez apostó por la literatura, y a ello tendrá que atenerse cada vez que alguien como yo decida criticarla.
Manuel Martínez escribe tan bien que hace la descripción más condensada de Managua que yo haya podido leer: “En una esquina se divisa un pozo de luz blanca, un oasis de luz: faros que iluminan enormes espacios abiertos de asfalto o cemento de una gasolinera y ´mall´. Una ciudad mitad predios baldíos, montosos, yermos, ruinas de un terremoto ya lejano, remoto en el tiempo, donde las heridas urbanas siguen abiertas, sin restañar. La otra mitad aflora en asentamientos, barrios viejos y nuevas colonias, casas residenciales y edificios dispersos” (pág. 236).
Para terminar mi reseña quiero aludir a la página 233 de “Pasada de Cuentas”, en donde leo: “Valerio ha sido algo más que un informante, casi un amigo. ¿Qué es casi un amigo? Un amigo es o no es”. Y entonces me digo: no soy aún amigo de Manuel Martínez, pero antes que todo soy su lector. Vale.