Nuevo Amanecer

Semblanza de Mario Montenegro


Decir Mario Montenegro en Nicaragua es recordar de inmediato como justo sinónimo a aquellos juglares que con sus regocijados cantos y destrezas escénicas, iluminaron las sombrías oscuridades de la Edad Media.
De esa raíz, noble en su intención de divertimento, y lugar de partida para el empuje del idioma castellano, con las luces y brillos del Mester de Juglaría, procede casualmente este cantor popular llamado Mario.
Como los trovadores que se confundían con los siervos, pero que también ascendían con su arte al estrado de los príncipes y reyes, Mario rechazó desde el principio la literatura supuestamente docta de los pontífices y clérigos de siempre, y, nuevo juglar del siglo XX, prefirió los acentos dulces de la poesía popular.
Y es que por donde se le busque, hace ya no pocos años, Mario Montenegro es al mismo tiempo trovador, poeta y cantor --o cantautor como se les dice ahora--, en cuyas venas artísticas corre la cálida ingenuidad de los juglares del Medioevo, así como la crítica insoslayable en contra de la incapacidad para el asombro que hoy nos subyuga.
Trovador moderno es Mario, y de los buenos. Pero también, para completarse a sí mismo, es además pintor, que es, como se sabe, otra forma de decir y de cantar, con el verso plasmado en el lienzo, o el color que brota del alma y se anida en las perspectivas.
Y como trovador y como poeta, sintió, con la fuerza irresistible de las decisiones irrevocables, que su arte debía fundamentalmente volcarse hacia ese mundo feliz de la niñez, que no siendo aún contaminado por las miasmas de este mundo nicaragüense que vivimos, creen, disfrutan y aplauden las canciones de Mario y los simpáticos personajes que en ellas cobran vida, y que permanecerán de manera entrañable por muchos años en sus vidas y recuerdos de niños.
Incluso gozan con las canciones infantiles de este singular artista, aquellos privilegiados adultos que poseyendo todavía la capacidad para sentirse nuevamente niños, recobran el primigenio candor para reír y deleitarse junto a sus pequeños hijos.
Pero además de trovador y de pintor, Mario también es autor de cuentos para niños, y ha incursionado con igual éxito con historias y protagonistas, en ese mundo encantado de la inocencia, donde las almas puras de los niños permanecen alejadas de la miseria humana.
Desde su vocación absoluta por el arte, pero especialmente con su voluntariosa y plausible entrega a la difícil labor de hacer felices a millares de niños de este país y de otros países lejanos, Mario al menos en este patio solar no tiene parangón, y por ende es, en su campo, un artista verdaderamente excepcional, porque gracias a su suerte es al mismo tiempo titiritero, payaso, iluminador de telas, trovador, cuentista y poeta: todo para niños (pequeños o grandes) y a la medida, si se me permite un comercial del corazón.
Sé que otros artistas nacionales que puedan dedicarse a alguna de esas facetas, no se molestarán para nada, porque saben como yo, como ustedes, como todos, que la dimensión artística de Mario en el reino de los niños, es sencillamente superior, plural, única hasta hoy.
Como no podía ser de otra manera, es bien conocido que a lo largo de su vida Mario ha sabido cultivar amistades que lo honran, tanto en las artes plásticas como en la música. Pero no me cabe la menor duda de que la que más le ha gratificado a su espíritu, es la amistad con los poetas, pero sobre todo y de manera muy especial con un poeta en particular: con el inmenso, majestuoso, insustituible y eternamente entrañable Carlos Martínez Rivas, de quien fuera, como yo, rendido admirador, amigo cercano, y para siempre inolvidable.
Antes de terminar, inserto un fragmento de una obra de Ernesto Sábato (La Resistencia), que dice: “En nuestro país son muchos los hombres y las mujeres que se avergüenzan, en la gran ciudad, de las costumbres de su tierra. Trágicamente, el mundo está perdiendo la originalidad de sus pueblos, las riquezas de sus diferencias, en su deseo infernal de “clonar” al ser humano para mejor dominarlo. Quien no ama a su provincia, a su aldea, al pequeño lugar, su propia casa por pobre que sea, mal puede respetar a los demás”.
Y ésta, estoy seguro, es una reflexión que gusta a Mario, porque él mismo la plasma en su arte. Concluyo rindiendo mi tributo de cariño y pletórica admiración a este prodigioso acróbata del alma, a este cantor y encantador de niños, a este aventurero de la vida, que imitando al Jesús histórico y real, ha cumplido su palabra llevando luz y deleite al mundo de la inocencia.