Nuevo Amanecer

La hija de Sandino


A la media noche del primero de junio de 1933, su mamá empezó con los dolores de parto. Aunque eran formidables sus estrategias militares, ahora no jugaban ningún papel, pero ahí estaba el Estado Mayor de Sandino, junto a Lisandro Herrera, el médico del pueblo --aunque no era profesional--, y la partera doña Angélica Rodríguez.
Veinticuatro horas después, la placenta no salía, y todo se complicó. --¿Qué hago?--, preguntó el médico. --Salve a la mamá--, ordenó Sandino, pero en medio de su agonía, con voz entrecortada, la madre suplicó al médico que salvara a la niña. Entre la orden del Gral. Sandino y la súplica de la madre agonizante, él no sabía qué hacer, y volvió a preguntar: --¿Qué hago?--. Pero esta vez, Sandino no respondió, entonces optó por el futuro, o quizá no había opciones, pues la partida de Blanca Aráuz ya era inevitable.
La criatura abandonada, gemía. Todos estaban entregados al dolor por la muerte de esa mujer asombrosa tan abnegada, valiente y amorosa, quien por seis años acompañó a Sandino sufriendo las calamidades del monte en todos los campamentos guerrilleros:
La Calma, Luz y Sombra, La Chispa, y el tan mentado El Chipote, perdiendo incluso a sus dos primeros hijos, uno de tres meses y otro de seis. Por eso aquel hombre, tan fuerte y enérgico, se inclinó ante el cadáver de su esposa, y largamente lloró sin vergüenza, como una copiosa lluvia de octubre en la montaña.
En esa casa de San Rafael del Norte, llamada el Campamento General, ante el desconcierto de los que tan bien lo conocían por su firmeza y su carácter tan terrible, el general Augusto C. Sandino se veía como por años quisieron los yanquis, cabizbajo y derrotado, hasta el extremo que, sacó su pistola y quiso pegarse un tiro para acompañar a su esposa en el más allá, pero su cuñado Pedro Antonio, y un ayudante de éste, a tiempo le quitaron el arma. “No General, ¿cómo va a cometer esa barbaridad? ¿No ve que nos va a dejar huérfanos? Piense que tiene un mundo de gente a su mando”.
Cuando el Gral. Sandino recuperó la compostura, a todos expulsó del cuarto, y quedó solo con ella después de ordenar a Pedro Antonio que buscara a Rito Blandón, el principal carpintero del pueblo, para que hiciera el mejor ataúd que pudiera.
Más tarde, con la ayuda de su otro cuñado, Octavio Aráuz, el más fuerte y recio de la familia, él mismo vistió a su esposa muerta, y la puso en el féretro hecho de urgencia, pero a la hora de la vela no permitió exposición al público del cuerpo, y hubo que sacar el catre donde Blanca murió, lo enfloraron, le pusieron un Cristo y lo llevaron a la sala, para el velatorio, mientras Sandino seguía llorando aferrado al cadáver de su amada, como queriendo detener lo inexorable. Incluso, tras sepultarla, siguieron rodando sus lágrimas.
Sólo al regreso del cementerio hubo ojos para la recién nacida solitaria, en cuyo primer día de vida conoció desnutrición, llanto y soledad. La suegra le dijo alarmada al General: “La niña se está muriendo de hambre”. Y comenzó una dramática búsqueda de alguna parienta que tuviera tierno y que también pudiera amamantar a la hija de Sandino.
El vencedor de “los machos”, el creador de tácticas guerrilleras, el de mortales emboscadas a los marines, el que evadió con muñecos de zacate el estreno en América Latina de los bombardeos aéreos yanquis, ese mismo hombre, pidió que le envolvieran bien a la niña, la tomó en brazos y salió a la calle, en busca de Audita Rizo de Pineda, y de rodillas, el General de Hombres Libres le suplicó que le diera la chicha a su niña, y aunque ella accedió de buena gana, sólo pudo hacerlo durante ocho días, se le secaron los pechos porque estaba mal alimentada.
Al menos Audita le habló al General de una su hermana casada con un primo de Blanca Aráuz, y esta vez la suegra de Sandino fue a buscar a Rosalpina Pineda, pero ésta dijo que no podía, que su niño Efraín, de dos meses, necesitaba toda su leche.
Entonces recordaron a Francisca, mejor conocida como La Pancha, quien amamantaba a Adalina, su niña de un mes, y fue el General en su búsqueda, ella aceptó, pero pidió una yegua parida, porque la leche de ésta se asemeja a la de la mujer, y con ella alimentaría a Adalina, mientras la de sus pechos sería para la hija de Sandino. Entonces él compró una yegua con su potrillito, les dio los animales y dinero a La Pancha y a su esposo Ramón, y tranquilo se fue a la montaña, pues aunque expulsados los gringos, para mantener la unidad, el Gral. buscaba afanosamente a sus hombres en esos días de tratados y de pactos, y por eso andaba de un lugar a otro.
Al poco tiempo, La Pancha dijo que no le podía quitar la leche a su niña, pero no soltó la yegua, el potrillo y el dinero, y de nuevo Blanquita se quedó sin nodriza. Tenía un mes, pero estaba sólo en el pellejito, en los huesitos, la pobrecita, no comía los atolitos que le preparaban y vomitaba la leche de vaca.
“General, quítele a esa gente todo lo que le dio”, le dijo su suegra cuando volvió llamado de urgencia, pero Sandino respondió que no, y mandó a Jinotega por el Dr. Cifuentes, quien rápidamente diagnosticó: “Busquen rápido una nodriza porque esta niña se muere de hambre”. Y el vencedor de la marinería yanqui mandó a publicar un bando por todos los valles de los alrededores: ¡Necesito una nodriza para mi hija!
Cuando parecía que nadie atendería el llamado, vestida de negro apareció Clara Huerta, una blanca muchacha de diecinueve años, madre de una niña de tres meses, a quien, dijo, le podría dar leche de vaca, mientras la de sus pechos sería para la hija de Sandino.
“Vengo a ver si me acepta”, le dijo temblando Clara Huerta a Sandino. “Después de unos exámenes”, le contestó el papá de la niña, y como fueron buenos los resultados, pues era saludable la muchacha, todo mundo estaba encantado con ella, hasta cocinero le puso el General, don Abraham Bravo, un negro jamaiquino que había sido el cuque de Blanca Aráuz. Sandino dejó el pago para la muchacha, compró una casita en el campo y unos animales para ella y el marido, y por fin Blanquita Segovia Sandino tuvo la esquiva nodriza tan deseada.
A los seis meses regresó el General: “Estos días que voy a estar aquí, sólo con mi niña los voy a pasar”. Blanquita estaba preciosa, con la lechita de la Clara Huerta y las atenciones de su abuelita Esther. En esos primeros días de febrero momentos imborrables vivió con su tiernita: la bañaba, jugaban, y dormía con ella, la sentaba sobre su escritorio, la flanqueaba con su pistola y la de su mamá fallecida, y con las dos banderas, la azul y blanco de Nicaragua y la rojinegra sandinista, y muchas fotos se tomó con ella, también en el cementerio, en la tumba de su inolvidable Blanca Aráuz.
Se paseaba por el pueblo con Blanquita, andaba culeco Sandino, fachendeando, se la presentaba al Alcalde, al Juez, al diputado Justiniano Blandón, y a todo el mundo.
Y llegó el día de la despedida: “Cuídenmela, que voy para Managua”, ordenó el general Sandino, y la niña se puso triste y enfermita, quizá por un presentimiento. El 21 de febrero, llegaron a quitarle el aparato telegráfico a su tía Lucila, quien se lo contó a sus tíos Pedro Antonio y Octavio, quienes al vuelo captaron la seña de que algo grave estaba pasando, en carrera agarraron sus pistolas y se fueron a enmontañar, después de mandar a alertar al otro tío, Luis Rubén, pero el correo le llegó tarde, y lo capturaron junto a otros dos.
El salvadoreño teniente Castillo, los llevó por el lado de La Concordia, pasaron los cerros El Panal y La Cruz, y cerca de una gran poza, los colgaron de los pies, después los metieron al agua y finalmente los ahorcaron. Se desató una gran lluvia con profusa y violenta rayería, el cielo parecía indignado en San Rafael del Norte, entonces los guardias se retiraron. “Mañana venimos a enterrarlos”, gritó uno de ellos. Sin embargo, uno de los ahorcados recuperó el sentido. ¡Estaba vivo! Se arrastró hacia los otros cuerpos, pero ya habían pasado a mejor vida. Como pudo se alejó de ahí y logró llegar a la casa de un viejecito, quien lo curó.
Ese día Somoza traicionó, aprovechando las pláticas de paz, ordenó la captura y asesinato del general Augusto C. Sandino, pero él ya era inmortal. Contra los sandinistas desató la represión, irrumpieron los guardias como un ejército de espantos por todos los rincones de Nicaragua. En la casa del General, en San Rafael del Norte, quemaron todita la ropa, destrozaron los muebles, quebraron todos los juguetes de Blanquita Sandino, y preguntaron por la hija del General: --¿Dónde está la niña?
--Se la llevó Doña Esther, yo no sé para dónde.
La abuelita la había envuelto en una sábana y con ella en brazos corrió por los solares hasta llegar donde el padre Mejía, quien la escondió en la iglesia San Rafael bajo la túnica de Jesús Nazareno, sentadita y oculta quedó la niña, sin moverse, llorar o estornudar, ante la patrulla que registró hasta detrás del Altar Mayor. “Aquí no hay nadie, a esa señora y a la niña, vamos a buscar a otro lado”.
Después que se fue la Guardia, llegó la abuelita Esther, y el padre Mejía le aconsejó que huyeran. Clara Huerta abandonó a su propia niña, y se fue a la montaña con la hija de Sandino, se juntaron con los tíos de ella y con otros sandinistas que, como eran guerrilleros, conocían todos esos montes y caminos. En aquellos montañones y deslizaderos todos se caían, menos la Clara Huerta, quien era ágil como una cabrita con aquella criatura pegada como garrapata, y dos años anduvieron en los montes hasta que la niña aprendió a caminar.
Después de tanta mortandad y cansada de huir, la abuelita Esther bajó a la ciudad, fue a la capital y al mismísimo Somoza que había asesinado a su yerno, le pidió salvoconducto para sus hijos y la hija de Sandino, y el asesino accedió. “Nadie les va a hacer nada”. Bajaron de la montaña, de noche entraron a San Rafael, con miedo, sobre todo Luis Rubén, quien había sido soldado del general Estrada, pero nadie los molestó, ya la fatal obra estaba consumada.
Blanquita Segovia Sandino sobrevivió, y fue creciendo feliz en San Rafael con su tía Lucila, su abuelita Esther y una mudita. Siempre tuvo una muchacha que la acompañara, que la llevara al colegio y le alistara su ropa. Era como una princesita a quien todos querían, nadie la podía tocar, nadie le podía pegar, y le daban todos los gustos.
Todos los días a las diez de la mañana ordeñaban una vaca para darle leche caliente.
A los siete años aprendió el oficio de su mamá, y se hizo telegrafista gracias a su tía Lucila que le enseñó. Las mujeres tenían que coser y bordar, y trabajar como maestras de los ricos, para mantener el hogar, hasta que Lucila logró que la nombraran telegrafista de San Rafael y Blanquita se convirtió en su ayudanta.
Llevaban a El Sauce a la hija de Sandino a ver al Señor de Esquipulas; a León, a saludar a su tío Santiago; a Managua, donde Sofonías Salvatierra; y a Niquinohomo, donde su abuelito, con quien hasta dos semanas se quedaba. Después estudió en Jinotega, en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús. Somoza le ofreció una beca ahí, pero ella, que tenía diez o doce años, la rechazó: “Sentí que era una bofetada. Si él había mandado a matar a mi papá, ¿cómo podía yo aceptar una limosna cuando con mi padre podía tenerlo todo? Una prima, Consuelito Berríos, telegrafista auxiliar en Jinotega, se portó como una madre con ella, le ayudaba con el Colegio y la dejaba practicar con el telégrafo.
Después se fue a Cuba, muchos años vivió en La Habana donde trabajó como telegrafista en el Ministerio de Comunicaciones. Regresó Blanquita en 1979, y estuvo al margen de tarimas y oropeles. Se derrumbó la Revolución Sandinista por la agresión yanqui y por las metidas de pata, ¡y de manos!, de quienes no temblaron ante la Guardia Nacional somocista, pero sucumbieron ante las mieles del poder.
Ya anciana, a la hija de Sandino la ilumina una luz cada vez más intensa, la luz de su papá que nunca se apagará.

Los datos personales fueron tomados de una entrevista a Blanca Sandino realizada por la comandante guerrillera Mónica Baltodano, que se publicará como parte de dos volúmenes de historia sobre el FSLN. La hija de Sandino reconstruyó esta historia con base en los testimonios de su abuelita Esther, de sus tías Lucila e Isolina, y de sus tíos Pedro Antonio, Luis Rubén y Octavio.

Managua, Nicaragua, diciembre de 2009.