Nuevo Amanecer

Lezamón pintando a Sandino


Cuentan que cuando al joven Leonardo, Andrea de Verrocchio, su maestro y patrón, le ordenó terminar de pintar el cuadro El Bautismo de Cristo, éste pintó tan magistralmente al ángel que acompaña la escena que, apenado, el propio Verrocchio decidió no volver a pintar nunca más. De ahí que el Bautismo de Cristo es más conocido por el ángel de Leonardo que por el bautizo del Cristo mismo. Esta anécdota ha sido en la vida del pintor Lezamón una constante que le hace creer y afirmar que él ha venido superando a su propio maestro, que es a la vez su propia práctica en el prolífico taller Van Gogh en el centro de la ciudad de Jinotepe.
En la década de los 70, Luis Lezama “Lezamón” se vinculó al movimiento estudiantil revolucionario FER de la UNAN-León; fue allí donde conoció la imagen de Sandino, y donde se convirtió en un devoto del heroico guerrillero, y posteriormente lo dibujaría en pancartas, mantas, pintas callejeras, boletines mimeografiados, etc. Así, esta imagen de Sandino, su rostro, su sombrero, la silueta, sus botas, el icono, Lezamón la ha llevado siempre en su memoria. Ha llegado a conocer tanto al héroe que lo puede pintar desde cualquier ángulo, pues Sandino ha sido parte de esa vieja escuela de dibujo en la que el poeta se ha forjado.
Recientemente recibió el reto de construir una imagen de Sandino de cinco metros de altura, la más alta que ha elaborado. Esta imagen se la enviaron impresa en un banner, y refleja una foto muy conocida del General, sólo que al momento de la ampliación la foto de veinte centímetros perdió toda claridad y se esfuminó plana y tenuemente en la tela de quinientos centímetros, por lo que de Sandino no quedaba
más que una sombra sin ninguna manera de ver la sicología del hombre y el uniforme que lucía, su puro habanero y la leontina de plata; nada de eso se miraba.
Haciendo uso de la experiencia y de las mañas que se ha inventado, para poder construir un nuevo Sandino, Lezama lo enrolló y comenzó a trabajarlo por partes, descubriendo que cada palmo exigía una manera diferente de resolver la nueva imagen que de ahí resultaba.
Lo excepcional en este caso es el carácter iconográfico que Lezamón le imprimió a Sandino. Hablamos de la iconografía como el arte de rescatar en una imagen el aire espiritual, bondadoso y celestial, que llegan a tener las imágenes esculpidas o pintadas para adornar el interior de los grandes templos del monoteísmo cristiano. Sandino en este dibujo parece un santo de verdad.
Sandino fue un hombre íntegro, fue compañero y fue amigo, serio y fraterno, consecuente y honesto, valiente y combativo, con la visión de los predestinados a la gloria, al martirio y a la memoria. Fue como un santo, el santo de nuestra Revolución.
En este nuevo cuadro de Sandino, Lezamón plasma todo su fervor de oficio, aquí está su admiración de siempre. San Sandino, sólo véanlo y dirán.
Lezamón en su taller. Fotografía de Amira Cabezas Baldelomar.