Nuevo Amanecer

Holanda, de Rodrigo Peñalba


El libro Holanda, del escritor nicaragüense Rodrigo Peñalba Franco (1981), llega a mis manos hasta Matagalpa. La obra fue publicada por el Centro Nicaragüense de Escritores (CNE) en el año 2006.
Conocí al autor de este libro hace unos años en circunstancias especiales, cuando quien esto escribe se extraviara entre dos torres de un hotel. Un muchacho flaco y serio, cara y voz amables, me orientó por ascensores ruines y helados una tarde después de un largo vuelo, hasta llegar a mi habitación número trece.
Quería conocerle, ya que había leído algo de él, creo que me habían llegado noticias de una revista que editaba y otras cosas que ahora refiere en una breve semblanza en la solapa de su libro. Me alegré que fuera él mi lazarillo gentil en un país extraño. Hoy, me da contentamiento que su libro me visite. Y me satisface más aún el hecho de que no me hace perder el tiempo leyéndole.
Este narrador joven y moderno ubica su Holanda en lares no fijados a geografías agobiadas de nacionalidad, lo que le salva de esa circunstancia referencial que puede agotarle el tema y el propósito.
Componen este libro veintitrés cuentos cortos, bien escritos; con precisión, sin adornos o estorbo a las palabras. Pareciera que Peñalba pasa como el Perrozompopo, horas esperando su presa, él observando detenidamente, para luego presentar el espectáculo de forma exacta, dotes de cronista, consume el suceso, porque eso son sus cuentos, hechos nada más.
Como si de la escritura de un antihéroe se tratara, aleja el drama de la escena, aunque sí pone acción. Pero parece que ésta soba la piel del suceso con desdén o aburrimiento. No hay estallidos de patetismo, ni tristeza; es más, en Lada 79 sabe que su familia fue calcinada, sin embargo, más bien termina siendo un impostor para salvarse de la broma de la vida.
Aunque sí, una melancolía recorre todas las páginas como el recuerdo de algo que se ha perdido sin remedio. Tiene la capacidad de absorber la nostalgia de los escenarios y devolverla en retratos verosímiles de gente y paisaje. Tal vez, la imaginación de un niño inundado, un pobre asesino que implora la muerte para ser rescatado de una maldición.
El mito del judío errante bien digerido. Y esas referencias sin tiempos o geografías... nombres extraños y de otras latitudes son la parte que me atrae de esta escritura. Lo que le da constancia universal. Una limpia propuesta de alejamiento y ajenas reminiscencias. Estos cuentos parece que estuvieran basados en un juego, algo juguetón o de leve ironía se asienta en ellos.
Rodrigo Peñalba Franco va mirando los rincones del mundo, la memoria suya y de otras gentes, el mundo grabándose o pintándose, luego es recogido en paladitas, batido y hecho con eso una masa de arcilla pegajosa, así, toma forma en su destilador y lo vuelca en el molde de su narrativa.
Se percibe el gusto por la escritura, no la pieza discursiva con desplantes, alardeando de una cultura a veces débil, no el cuento pretencioso de sabiduría. Es bueno mencionar que este libro carece de los afanes del escritor joven engolado con poses de gran escribidor.
Nada más leer sus descripciones y saberlo un observador nato. Un tejedor de uno o dos actos que, entrelazados, pueden desencadenar una acción sorprendente, un final tremendo, un pequeño desánimo. No sé por qué, Rodrigo, me llevás a recordar el estilo de Juan en la isla de Patmos, los cuentos Territorio e Inundación me dan ese referente.
Veintitres sencillos relatos de los cuales he escogido algunos dignos de mencionar: El mercenario, terso tejido, aunque inevitable es que me recuerde el mito de un escritor ciego y engreído, aunque bien masticado. Océano, donde muestra ese estilo de presentar la escena limpia: “... mientras el horizonte es rayado en mil partes por los mástiles perpendiculares de los botes.” En La playa, muestra su capacidad de plantearse la escena cinematográfica, es un cuento policíaco que va dejando huellas, pistas, fue sabroso leerlo. Igual en James Bond:
“En la limosina Bond ve hacia afuera, y la cámara le enfoca hacia dentro reflejando en su ventana cerrada las marquesinas del cinema theater, los centros nocturnos, las luces tintineantes, el tráfico del carril contrario; se acerca al cristal y luz difusa dibuja su rostro con suficiente fuerza para ser captado en los químicos de la cinta rodando.”
Cuento telegrama: Te veré en New Orleáns... esperame. Es que Rodrigo no sólo cuenta lo que pasó, sino lo que va a pasar, es decir que eso también es un hecho parte del cuerpo narrativo, acaso él esté dentro del mismo plano trazado para ser o hacer un cuadro.
Porque este narrador a veces se imagina o piensa en lo que nos dirá, pero no, es solamente que él –el narrador o Rodrigo-, van a decir o escribir lo suyo y toman notas previas, pero nos las muestran en lo íntimo de un libro. Holanda, es un collage de narrativas, un suspiro de escenas. Me quedo con El glaciar, con aquella frase: “... y levanté la vista para sentir miedo”. Tal vez yo sepa llegar a Sigür Ros.
Una edición y diseño bien cuidados. ¡Qué gusto da leer un buen libro!

Matagalpa, 23 de octubre, 2007