Nuevo Amanecer

Travesía terrenal de Álvaro Urtecho, desde otro punto de partida


Se acaba aquí la vida terrestre de nuestro Álvaro Urtecho. Otro golpe brutal que recibimos, y que sumamos en silencio a la indiferencia, al desdén y al aislamiento que monstruosos nos rodean. Se nos cierra otra puerta que estuvo siempre abierta a la amistad, se nos cercena otra vena gruesa donde circulaba, ida y regreso, una franca y generosa corriente de simpatía. Lo que nos queda es aquella sensación de una promesa inmensa, que de repente pareciera quedar en nada. Nos quedan, reticentes, en sordina, descuidados tal vez, sus libros, su ojo avisador, su lucidez de percepción certera y precoz, sus numerosos textos publicados e inéditos, su dosis personal de aquella poesía que anhelamos tantos. Ración modesta la suya, sin excesos de fanfarria, sin estridentes estrategias de publicidad, pero ración completa, balanceada, pulcra, decorosa, nutritiva y persistente. Nos queda el aliento de la amistad cultivada, aunque de forma ocasional, discreta, intermitente, incompleta y trunca. Tal fue, con total honestidad, la amistad nuestra. Conservamos el aprecio por su autorizada voz pronunciada o escrita. El respeto por su criterio fundamentado, deseoso de acertar siempre con un exacto fiel del equilibrio, y siempre capaz de renovaciones, de incorporaciones, de rectificaciones, y de nuevos desarrollos. Extrañaremos mucho su nobleza de actitudes, su equilibrio de ánimo, su capacidad especial para escuchar, para atender, analizar y valorar otras formas de apreciar y de juzgar que diferían de las suyas. Y por encima de todo (arte y literatura, poesía y crítica dejados por un momento aparte) nos ha de hacer una falta lacerante y permanente el calor de su presencia humana, su ademán imparcial, la inteligente luz de sus pupilas, su sonrisa cordial, amable, fraterna y afectuosa.

Pedro León Carvajal
(Tegucigalpa, domingo
23 de diciembre de 2007)