Nuevo Amanecer

Carlos Calero: ¿Hijo pródigo del exteriorismo?


Hay una característica presuntamente central atribuida por ciertos críticos a la poesía moderna y contemporánea, especialmente a la de lengua inglesa. Es la capacidad de profetizar desde un ámbito de aparente desesperanza. “Desesperanza visionaria” la llama Harold Bloom, pensando seguramente en Keats, Shelley, Yeats, Blake, Eliot, Wallace Stevens, Hart Crane y algunos más. Sin embargo, como lector me pregunto dónde quedan entonces los poetas o la poesía labrada para los tiempos con diferentes caracteres. Y pese a que yo mismo pergeño en mis poemas las grandes bocanadas de desesperanza que absorbo y he heredado de mi tiempo, insisto en preguntarme porqué toda la poesía contemporánea (al menos hasta los primeros años del siglo XXI) tiene que ser desesperada.
Algún defensor de la tesis bloomeana me dirá que no se trata simplemente de la desesperanza común que experimenta cada día cualquier lector de poesía, sino de aquella que impregna el texto de una cualidad que a la larga resulta inherente a todo verdaderamente buen poema: la de trascender estética y proféticamente la aparente oscuridad del mundo que nos rodea.
Desde esa perspectiva he tratado de acercarme a la poesía más reciente de mi compatriota Carlos Calero: El humano oficio (2000), La costumbre del reflejo (2006) y Paradojas de la mandíbula (2007), cuya factura me parece particularmente inclinada hacia el abierto aprovechamiento de cierta herencia vanguardista y neovanguardista en la poesía hispanoamericana, que ha insistido en poner en tela de juicio los más importantes valores referenciales del lenguaje convencional y conspira contra su aparente armonía; intenta desconstruir su aparente homogeneidad. Todo a través de la persistencia en el uso de contradicciones semánticas que al final elaboran un nuevo sentido sutilmente perceptible.
Carlos Calero nació en el barrio Monimbó, de Masaya, en 1953. Fue uno de los más importantes promotores de los Talleres de Poesía creados en la década ochenta por Ernesto Cardenal en Nicaragua. De lo cual se deduce que, al igual que muchos poetas nicaragüenses contemporáneos, alguna vez escribió lo que por un tiempo dimos en llamar “poesía exteriorista”, un fenómeno que no necesariamente deviene del tallerismo cardenaleano sino más bien de la influencia que en los “padrotes” de nuestra literatura ejerció, para bien o para mal, la Nueva Poesía estadounidense, y luego en sus continuadores inmediatos, al igual que los aullidos “beats” en los subsiguientes, y así sucesivamente hasta llegar al “climax exteriorista” de los años ochentas, cuando Cardenal y otros ya habían agregado las influencias “antipoéticas” de Parra, la impelación comprometida de Bennedetti y las doctrinas estéticas de Fernández Retamar.
Durante esa década algunos de los actuales amigos y colegas de Calero también nacimos como poetas. Y no está demás ahora recordar que fue una época en la que el impacto social de la entonces naciente revolución sandinista desplegó ante nuestros ojos muchos dilemas y terminó por marcarnos severamente con no pocos traumas. Los demonios que como escritores entonces enfrentábamos no estaban sólo en nuestro interior, si no también afuera, revoloteando alrededor de todos, haciéndose visibles en cada punto donde se posara nuestra vista y nuestra búsqueda de incentivos literarios; acicateándonos, poniendo a prueba nuestras vocaciones e influyendo en nuestras preferencias formales y en las opciones temáticas que cada quien consideraba sustanciales.
Evoco todo esto para que a fin de cuentas no resulte extraño que un poeta nicaragüense forjado como escritor en los talleres de poesía de los ochentas y con muchos años de residir en Costa Rica, persista en una poética concentrada en derribar referentes manidos y en construir formas de sentido particulares, a veces también absolutamente personales, llenas de asociaciones semánticas aparentemente contradictorias o disímiles, pero que encuentran verdadero sentido a través de una sutil sugerencia que el autor hace gravitar sobre cada poema y que se logra establecer una vez que el lector captó el guiño, la tácita guía de advertencia que el poeta bordó como una telaraña invisible sobre el texto.
El recurso denotativo típicamente “exteriorista”, así como la recurrencia en el principio mimético convencional, es decir, operado poéticamente dentro de cierta racionalización y convencionalización de la realidad y por tanto sujeto a sus límites, han dado paso, en la poesía de Calero, a la búsqueda deliberada de otros recursos que acaso le permiten la conformación de un universo poético particular, en cierto sentido más hermético o aparentemente inaccesible al lector común, hasta un punto que podría considerarse muy cercano al sinsentido o al simple balbuceo. Pero la actual poesía de Calero en realidad no apuesta a la anulación de ese “principio mimético de lo real” si no más bien a su desplazamiento o a su ampliación como recurso poético, incluso quizás a contrapelo de la propia voluntad del poeta.
El hecho de que Calero haya preferido alejarse de los moldes habituales con que se nutre el exteriorismo para crear cierto tipo de poesía; esa persecución sistemática, casi frenética de Calero en pos de la palabra, la expresión o la imagen poética que nos muestre con un nuevo tipo de claridad lo inefable, lo casi imposible de decir, no implica necesariamente que como poeta haya preferido hundirse en lo estrictamente onírico, o haya preferido abrazarse a la escritura automática o renunciar a su conciencia artística, bajo el riesgo de incurrir en los balbuceos sinsentido de un surrealismo mal entendido.
Talvez, en el sentido Aleixandreano, Calero pretenda ser más bien una especie de revelador, una voz poseída por cierto espíritu profético intentando hablarnos con la resonancia de lo aparentemente incognoscible pero nunca despojado de significaciones históricas concretas. Porque, aunque se diga que la poesía tiende a no depender tanto de la historia como la narrativa o el teatro, la verdad es que, a fin de cuentas, resulta siendo la suma esencial de toda invención literaria, y en ella caben, además, los tópicos humanos esenciales.
Así, la actual poesía de Calero, sin ser denotativa u ostensiblemente “histórica”, aborda los “grandes temas esenciales” que absorben los sentidos del ser humano, y otros más mundanos pero no menos importantes: el amor, la muerte, el erotismo, el desarraigo o el exilio, la cruel exaltación de la diferencia y la nostalgia de algún paraíso perdido en las comarcas de la infancia y la juventud, con sus caminos felices que parecían conducir a un futuro que nunca se hizo realidad, pero que Calero atrapa en sus “difíciles” metáforas, en la extraña connotación de sus poemas, regidos casi todos por un tono de ilusión perdida.
Quienes lo conocen desde sus inicios como escritor, suelen subrayar la diferencia entre su dispersa y poco abundante poesía “tallerista”, y lo que ha venido escribiendo después de su aparente defección exteriorista, que se tiende a considerar como un producto poético más denso o “difícil”. Por mi parte creo que debe considerársele como escritor a partir de la reunión, organización y publicación de sus volúmenes poéticos. Es decir, desde El humano oficio hasta estas Paradojas de la mandíbula, cuyas “difíciles” imágenes de alguna manera capturan nuestra atención como lectores y nos obligan a leerlas con detenimiento; algo que, según dicen, necesita la buena poesía para dar sus recompensas.
Pienso además que, pese a todo, Calero intenta salirse del ensimismamiento metafórico, “imaginista”, dándole a sus figuraciones verbales un sentido con el que intenta reinstalar su poesía en la acuciante realidad, con el que intenta vincular su lenguaje a la historia viva, a la realidad inmediata y al contexto social que inevitablemente nos envuelve. La escritura de Calero es de una intimidad entrañable, es cierto. Pero de alguna manera busca salir a flote, hacia la superficie de lo cotidiano, hacia la acuciosa y compleja trama de la historia en acción.
Carlos Calero se alejó de Nicaragua hace ya bastanes años. No tuvo más remedio que hollar otros caminos talvez un poco menos felices que los de su infancia y primera juventud. Ahora regresa pródigamente a entregarnos esta poesía “distinta”, pero auténtica. Y contrario a lo que se dice entre colegas, no sólo se alejó del “tallerismo”. Se alejó además del influjo personal de Cardenal y de la descarnada realidad de la Nicaragua finisecular llena de traumas y desgarramientos. Y esos desgarramientos, esas carnes traumatizadas expuestas ante la incertidumbre de un futuro que aún no llega, se ocultan bajo las construcciones lingüísticas y los juegos semánticos operados en su poesía.
Desde el disfraz de la imagen, tras el antifaz de las yuxtaposiciones léxicas aparentemente disociadas pero llenas de sentidos particulares, sugeridos, insinuados; Calero nos hace un guiño cómplice para indicarnos otra forma de contemplar la realidad, otra manera de asumirla. Y silenciosamente nos llama a actuar en consecuencia.
Diciembre 2007.-