Nuevo Amanecer

El afable esplendor de Alvaro Urtecho


Erick Aguirre

Ha partido uno de nuetros mejores poetas contemporáneos. Uno de los más sabios y elevados intelectuales de nuestro tiempo: nuestro amigo, maestro y camarada de tertulias Alvaro Urtecho. Este suplemento de EL NUEVO DIARIO se suma a las muestras de dolor y consternación que en el gremio de escritores nicaragüenses ha suscitado la noticia de su fallecimiento, y anuncia a sus lectores que en nuestra próxima edición desplegaremos un amplio homenaje en su memoria.
Si hemos de exaltar en este momento sus cualidades humanas, de las cuales a partir de ahora nos despoja, será mejor que lo hagamos recordándolo como él mismo se autodefinía: como un satírico oculto detrás de la metafísica.Un festivo simpático (cantante, imitador de voces, seductor afectivo) detrás de la seriedad y el ensimismamiento del poeta depurado y pensadsor puro; un conversador socrático y humorístico en círculos de amigos íntimos, reacio a las poses oficiales y al éxito de la imagen “seria”. Practicando siempre los juegos de palabras y de conceptos, pero a la vez dotado de una cultura excepcional en nuestro medio.
Gran lector de todo tipo de libros y de géneros (últimamente había descendido su ritmo de lectura debido a su enfermedad), se enorgullecía más de lo que había leído que de lo que había escrito, aunque su obra poética últimamente había crecido en intensidad e intereses: cinco libros publicados y tres volúmenes de ensayos críticos que estaban casi listos para ser publicados al momento de su fallecimiento. En ellos reflejaba vivamente la variedad de sus intereses intelectuales: pintura, filosofía, literatura, prólogos a libros, etcétera.
Gustaba recordar los tiempos -mediados de los años sesentas- en los que se proyectó como cantante en su ciudad natal imitando a Enrique Guzmán, Palito Ortega, Alberto Vásquez y otros, acompañado en veladas por el conjunto de Freddy Salazar... Era la época final de las grandes veladas que se organizaban en Managua y en otras ciudades del país, “cuando los micrófonos parecían nacatamales amarrados y comenzaban los estruendos de la guitarra eléctrica”, introducida a Nicaragua por el doctor Polidecto Correa.
“No me empeñé en seguir ese camino, pues en aquella sociedad autoritaria y conservadora, era mal visto en un joven de mi clase, aunque posteriormente, cuando llegué a Managua a estudiar Humanidades a la UCA, fui siempre admirador de la música de los Rockets y de su líder Ricardo Palma, visitando frecuentemente La Tortuga Morada, donde ofrecíamos recitales poetas de la Generación del 60 y del 70 como Edwin Yllescas, Carlos Perezalonso, Julio Cabralles, Carlos Alemán Ocampo, Franklin Caldera y otros como los hermanos Francisco y Mario Santos, los únicos santos de Solentiname, según el sarcástico Beltrán Morales....”
Eso me dijo Alvaro en el inicio de una entrevista reciente que lamentablemente quedó trunca, y en la que también habló de su vida, de su derrotero como escritor y de los dilemas que debió enfrentar su vocación en su temprana juventud.
“Mis padres querían que fuera médico, siguiendo la tradición familliar, alegando que en esa profesión podía darle rienda suelta a mis inquietudes literarias. Pero yo, rechazando consejos y yéndome por el lema de todo o nada, decidí ser integralmente poeta, lector de tiempo completo, disfrutando la lectura de manera sensual, como quiere Roland Barthes con su expresión del plaisir du texte, y no de la manera analíltica y fría en que la practican los profesores por obligación”.
“Así que me orienté por lo que el sermo vulgaris consisera una vagancia, una trashumancia, una pérdida lamentable de tiempo, un onanismo, una irresponsabilidad, una enfermedad y una locura: La poesía, que es, a mi juicio, lo más serio y sagrado del mundo, una actividad puramaente gratuita, inutil desde el punto de vista material, pero profundamente espiritual, que tiene de mística, de crítica social y de confesión psiquiátrica”.
Para Alvaro el mundo del poder y del dinero era completamente ajeno. Lo despreciaba. Decía que lo más importante del mundo era el ocio creativo, el enriquecimiento humano que da el conocimiento y el disfrute de la cultura y el vuelo de la imaginación.
“La sociedad capitalista y neocapitalista, con su alienante división del trabajo, se dedica a censurar el mundo de la imaginación, castrando los poderes imaginarios innatos de los seres humanos. Esto es vivir en una gran paradoja, en un dilema a lo Chesterton o a lo Borges... Se empeñan en ver lo más serio como un retraso mental o una bufonería”.
Por eso, por esa insoportable contradicción, el poeta, en su intimidad, en su soledad, en su reducido rincón lleno de libros, se lanzaba grandes y estentóreas carcajadas, riéndose del mundo y, por supuesto, de él mismo.
Así era de agudo, inteligente y afable el magnífico esplendor de Alvaro Urtecho.