Nuevo Amanecer

Cultura ascética y cultura hedonista

Una nueva lujuria ha cambiado la cultura y las costumbres de la sociedad contemporánea: el culto a la apariencia en detrimento del ser y la búsqueda de identidad

Una nueva lujuria ha cambiado la cultura y las costumbres de la sociedad contemporánea. No sólo cubre e influencia la vida en las grandes urbes de los países desarrollados, también las ciudades atestadas de jóvenes y los pueblos de los países pobres sufren, padecen y gozan esta vieja-nueva cultura hedonista: Impone el “deseo” y exige apariencia de “eterna juventud”. Permea y se ensaña en la mente del individuo moderno como una nueva enfermedad: que no envejezca el cuerpo: modelo o figura ideal de mujer y de varón, que implica un cambio no sólo de atuendos impuestos por la moda, sino, y principalmente, mental: urbe et orbi: urbano y rural. Todos de manera sumisa hemos venido adoptando el culto al cuerpo, a lo externo, en detrimento del ser y la búsqueda de la identidad.
Hará quizás algo más de cuatro décadas, cuarenta y cinco años talvez, la modelo inglesa Twiggy, espigada, lánguida, hílica, ósea, delicada; se convirtió en símbolo de un nuevo y diferente culto al cuerpo. La Twiggy de “caquéctica elegancia hermafrodita”, según Cabrera Infante, sustituyó de un tajo a las antiguas divas: Elena de Troya, Cleopatra, a las robustas y carnosas mujeres de Rubens, a la Maja desnuda de Goya, y aún a las frescas y recién estrenadas estrellas de Hollywood, a las Garbo, a la Gabor y a la Gardner. Pero no hizo mella el cambio cultural en la imagen de Marilyn Monroe, por razones obvias. El mito trascendió a la mujer y se transformó en algo más que el glamour fresa de una estrella de cine. La Monroe se convirtió en uno de esos seres míticos por excelencia del siglo XX. Pero aunque ella quedó intocada, el modelo ideal, la figura de atracción física, había cambiado. Una nueva emoción nos invadió, un inédito estado de ánimo nos atrapó y ahora permanece con mayor vehemencia o con más fuerza que antes, encarnada en otras vedette y otras modelos, hombres y mujeres, íconos de sex simbol, del sex apeal, productos de la industria publicitaria de la moda, de la necesidad artificial de consumo.
Todavía a mediados de los Sesenta recuerdo el desborde, el entusiasmo erótico por la vedette Tongolele, en los show del antiguo Gran Hotel. La bailarina en todo su esplendor, con el prototipo o modelo de la mujer latina. Mujeres de cuerpos torneados, de robustas y hermosas piernas, caderas redondas y pechos hirientes y desbordantes, llenitas, pues, en todos sus contornos, y de largas cabelleras negras. Era el paraíso de la exuberancia, cuya cima quizás alguna vez fue Iris Chacón: el griterío del gusto latino en el Polideportivo España, en Managua, a inicios de los años setenta, voluptuosa e incandescente, encendió la pradera del deseo y la pasión de los pobres y alocados corazones latinos románticos y sentimentales. Todavía entonces, hace tan poco, que el olvido no pudo con estos recuerdos, seguimos atrapados por esas modelos, por esas mujeres modelos, por esas maravillas carnales de la naturaleza.
El culto al alma o al espíritu pasó a ser sustituido por el culto al cuerpo. Se pasó del acto de pureza del espíritu a la pureza de la carne, de la virtud aparentes de la vida ascética a los dones del regocijo y el placer de la cultura hedonista, porque la dominación ideológica de la cultura estoica, vistas como reglas de vida ascética, envasadas en los ritos y mensajes religiosos de la fe cristiana, el cuerpo había sido concebido como un simulacro o un estropajo, encarnado y asediado por “bajos” instintos, perversos, pecaminosos: los instintos de la carne que debían de ser sofocados fustigando aquel cuerpo malsano, materia maleable, latigarlo para la conservación pura del espíritu. Pero estas ideas dominantes y de control social, desde siempre fueron aceptadas a medias, como prácticas eventuales de días de guardar: ayunos, abstinencia, retiro e introspección, en una dualidad o ambigüedad de intolerancia ideológica y flexibilidad en las prácticas, por la ruptura impuesta por las festividades paganas o santeras, pletóricas del jolgorio popular. Pero este nuevo hedonismo erótico de la vida se impuso con sus nuevas taras y sus secuelas, que todavía resultan impredecibles: pleno goce de vivir y búsqueda permanente de la felicidad, que es en sí el único sentido que tiene tanto la conservación de la salud como la vida misma.
La cultura corporal hedonista sustituyó a las prácticas ascéticas cuando todavía sabían soportar el dolor, la actitud comedida ante los placeres, la prohibición de los goces radicales de la carne, el control de la sexualidad representó virtudes. La vejez simbolizaba algún valor social. La sociedad tradicional basó su funcionamiento en principios como pureza, orden y control sexual. Eran, fueron, son y representan los mecanismos perfectos del control social.
En esta era de auge y euforia del placer: una vida hedonista, casi radical, donde la satisfacción de los instintos revela la peligrosa y constante demanda por realizar el sueño de nuestras tentaciones: sueños de eternidad, negación de la enfermedad, la vejez, la decrepitud y la muerte, sueños de eterna juventud, de belleza física, de plenitud corporal. Por esto hoy en día ya nadie quiere peinar canas. Antes, cada año realizado era un signo, señal de experiencia, de sabiduría. Hoy día, año ido, año de vida perdido. La vanidad por lo superfluo, lo externo, la apariencia, domina el morbo de vivir, ¿cómo si eternos fuéramos? Y este afán sin límites de juventud permanente se ceba en jóvenes y adultos, hombres y mujeres. Y la sociedad moderna engendra sus desechos: los desechables, los intocables, los miserables, los Hariyans nuestros, nuestros parias del destino, la casta de la precariedad y el subdesarrollo, la chatarra humana en la que son incluidos no sólo los ancianos, toda fealdad o deformidad, toda discapacidad, toda desviación del gusto y de la estética hedonista. Este nuevo germen cultural amenaza, pues, también la salud social y la salud pública, porque incita a la segregación, quieren uniformidad en contra de lo que es diverso.
En Eros y civilización, Herbet Marcuse, señaló que la “transformación del principio del placer en el principio de la realidad, es como la “fantasía (que) está protegida de las alteraciones culturales”. Dejó de constituir una prohibición la búsqueda del placer, ya no subterránea de la civilización contemporánea o post moderna, para representar, el placer, una nueva forma de conocimiento: el narcisismo. Se trata del placer de los sentidos inmediatos, más allá de los usos del cuerpo como instrumento de trabajo y de reproducción. “Los hombres no viven sus propias vidas, enajenados existen sólo parte del tiempo, mientras trabaja, como forma de represión y del control social”.
Esto demuestra que el principio del placer no es contrario al progreso ni al desarrollo humano. El destino del hombre y la mujer es la libertad y la felicidad, la vida y la muerte sólo cobran sentido si la felicidad es expresión de la libertad y de satisfacción de la vida, o sea, el pleno gozo de vivir. El placer es un atributo de vida, y no debe ser visto o entendido sólo como perversiones sublimadas en la realización de los instintos, o desviaciones generadoras de sentimiento de culpa. Tampoco se trata de concebir, muy al uso de la moda hedonista moderna contemporánea, la apariencia como un don inextinguible: una exterioridad física en aparente estado de falsa juventud y de salud perpetua, si no como paz y armonía interior, y moderación y equilibrio de la condición humana, a la vieja usanza de la filosofía pitagórica y el humanismo de Hipócrates y Galeno.