Nuevo Amanecer

Poemas de madera a mi padre


El poeta Luis Vega Miranda canta y cuenta con singular satisfacción en su nueva producción literaria ya impresa: “Poemas de madera a mi padre” (Ediciones Internacionales, Managua, junio 2009), variados temas entre las cosas cotidianas que en la intimidad de su niñez y pubertad guardó en la memoria y las trastocó en miríadas; una constelación de imágenes, vivencias y testimonios de lo real que siempre es maravilloso.

Es un breviario que integra trece relatos poéticos. Muestra, a quienes nos hemos distanciado de ennoblecidas letras, una persistente disciplina que con el devenir de épocas manifiesta elocuentes frutos.

Vega Miranda (Managua, 1943) es entonces un disciplinado, veterano hacedor de poesía y cuento. Su presencia en antologías de escritores nicaragüenses no sólo realza su forja literaria sino la calidad requerida.

Demás sería presentar el respetable listado que fusionan sus trabajos a través de los años; indistintas creaciones suyas dejan un legado abundante en diferentes géneros; incluyo aquí su elaboración de artículos de opinión publicados en diarios, revistas, semanarios nacionales y del exterior del país.

Para los lectores de El Nuevo Amanecer Cultural, baste recordarles la inclusión del poeta Vega Miranda en “El Siglo de la Poesía en Nicaragua” (pp. 111 Tomo-1960-1980; introducciones y notas de Julio Valle Castillo. 2005) y “La poesía, síntesis panorámica y promociones” (Jorge Eduardo Arellano. Distribuidora Cultural, Managua, 1997).

En estos relatos y poemas traslucen las vivencias con su progenitor, carpintero de oficio, artista inobjetable, en las cuales va narrando con sencillez los azares y experiencias a su lado, cuando el poeta cifra su edad entre ocho y diez años. “El Telefunken” es un relato muy sentido, llega al alma por algunas circunstancias diarias en cualquier tiempo; una anécdota con tintes trágico-humorísticos, refleja el desenfado del padre de familia que a todo sacrificio aspira una vida superable, no sin pasar la pena, pero gallardamente, por la honradez y el trabajo.

El padre, don Luis Vega Soza, va de compras con las agallas propias, empuje para obtener al fiado, sin recomendación alguna, un radio de marca alemana de “ojo mágico color verde al encendido”, muy de moda en Nicaragua hace varias décadas.

Con papel y lápiz en mano:
El tendero: Nombre:
José Luis Vega Soza. Oficio:
Carpintero.

Ha tenido crédito en otra parte. No señor.
Qué negocio tiene.
Tengo un taller de carpintería y fabrico ataúdes.
Y cuánto vende al mes.
Varía, según los que se mueren,
pero vendo como mil pesos.
Vea señor, no es suficiente. Tiene que vender dos mil.
jAjá, y cómo hago si no se mueren.

En otro de sus poemas retoma el círculo “withmaniano”, tal vez sin desearlo, no obstante al igual que el viejo gringo de largas barbas blancas, contemplador del Mississipi celebró al obrero, a la inventiva, al progreso, no sin admiración idealista de su gente, así nuestro poeta clerical nos dice de su raza: “Fue maestro de discípulos a los que enseñó el arte cuando los fierros no eran eléctricos y con ese artilugio fue catedrático de la sierra y del moldeado caprichoso...”

“Fabricó barcos de pino que los hacía flotar en el aire con las manos en 1950 para venderlos en el mercado/ Creador de fantasías en los niños con el polvo mágico del aserrín”. (Poemas 11 y 12 ).

Este breviario poético del Dr. Vega Miranda es pues una bandada de pájaros multicolores y hacen remembranzas muy íntimas, y, como los clarineros de E. Dickinson, buscan sus jardines para cantar.

Managua, agosto 2009.