Nuevo Amanecer

Imagen de Alvaro Urtecho


No recuerdo exactamente cuándo conocí a Alvaro Urtecho. En estos días he intentado recordar ese primer encuentro, y no he podido. Tengo una imagen vaga de esos primeros tiempos. Sí recuerdo que estaba siempre alegre, rodeado de amigos y discípulos conversando sobre ensayistas, de poesía; de libros y autores. Era un maestro, cada palabra o frase estaba bien pensada, exactamente elaborada.
Con él siempre se aprendía, cada tertulia era una cátedra, sobre uno o varios temas. Los esgrimía con una sencillez extraordinaria, y una profunda erudición.
Fue a inicios de los noventa, a través de Emigdio Quintero Casco, que comenzamos a estrechar nuestra amistad. A Emigdio lo había conocido en la Universidad Centroamericana, en donde él impartía la cátedra de redacción en la Facultad de Comunicación, y era uno de sus mejores amigos.
Con Emigdio siempre lo frecuentábamos, y hablamos horas y horas. Después de conocer que había estudiado en San Petersburgo (Antiguo Leningrado), siempre me hablaba de los autores rusos más importantes. Llegué con el tiempo a ser su amigo, me llamaba por lo menos dos veces al día para preguntarme por mis hijos, y sugerirme qué debía leer.
Alvaro fue el primero en publicarme un artículo de opinión en Nicaragua. No recuerdo, sobre qué tema escribí. Me sorprendió, porque me llamó muy de mañana para sugerirme que comprara el diario. Horas después le regresé la llamada para agradecerle, y me dijo que me había publicado junto a Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, para que iniciara con buen pie mi periplo como escritor.
Después me invitó a almorzar, para encomiar mi publicación y recomendarme sobre qué temas debía escribir en el futuro. Ese trato personal no era solamente conmigo, sino con todo al que salpicara su amistad.
Me prologó dos libros, uno sobre el pensamiento latinoamericano y el otro, una recopilación de los que consideré mis mejores artículos de opinión publicados en EL NUEVO DIARIO.
Fue generoso, como lo era con todos los escritores. Del primer libro, expresó que era la mejor obra centroamericana sobre éste tema; del segundo me elevó a la categoría de ensayista nicaragüense. Para mí fue un elogio injusto, porque él era el verdadero tratadista y ensayista nacional más destacado de las últimos décadas; pero así era Álvaro, miraba a los otros a través de sí mismo.
Nunca tenía palabras ofensivas, y tampoco sublimaba amarguras hacia los otros escritores. Siempre buscaba lo mejor que tenían, y lo resaltaba. No envidiaba a nadie porque en el fondo de su intelecto sabía que estaba por encima de las rivalidades provincianas.
Cuando por primera vez le presenté a mi amigo Edelberto Matus, y le dije que era un admirador de su obra, se quedó sorprendido, pero al mismo tiempo sonrió con beneplácito, y después me preguntaba siempre por él.
Con Iván Uriarte y Erick Aguirre, dos de sus mejores amigos, cada encuentro era una reunión interminable de risa, de criterios encontrados sobre la actual literatura nicaragüense. Me limitaba a escucharlos, y aprender. De vez en cuando esgrimía alguna opinión, me quedaba viendo, me corregía o me aprobaba con una simpatía de maestro a alumno.
A Alvaro Urtecho, al igual que a Franz Galich, nunca le importaron los homenajes, los diplomas de reconocimientos, que los incorporaran a alguna antología o a la Academia de la Lengua. Lo primero para ellos era su obra, y sus amigos. Nunca los miré ofreciendo alguna cena, cabildear para que lo publicaran en un suplemento cultural, o le rindieran un tributo, como hacen la mayoría de los escritores nicaragüenses que de forma amañada quieren ganar la anhelada fama.
Eran personas que vivían para la literatura; su realización personal era escribir, y enseñar. Honestidad, sencillez y bondad eran su naturaleza humana.
La última vez que visité a Álvaro, junto a Edelberto, estaba ya muy enfermo. No pudimos conversar. Lo miré y me emocioné. Contuve mis lágrimas. Me senté frente a él, a contemplarlo, y a recordar todos los momentos que vivimos juntos.
Supe, en ese instante, que nunca más podría dialogar con él. Cuando me despedí de Mario, su hermano, que lo cuido en esos días difíciles, sentí un enorme vacío, porque sabía que uno de los grandes humanistas, ensayistas, filósofos y poetas de Nicaragua, se nos iba.
Esa es mi imagen de Alvaro, un ubicuo, erudito y excéntrico escritor, que nos llenó de alegría y de sabiduría a todos los que lo conocimos.