Nuevo Amanecer

Jazmina Caballero separa la luz de las tinieblas


Los suyos son versos internos, condensados, sombríos y claros a la vez: una llama sola en medio de las tinieblas, un valeroso desconsuelo de índole existencialista que se yergue ante un entorno indeclinablemente adverso
Jazmina Caballero nació en León, en 1981 (sus documentos dicen otra cosa, porque fue registrada mucho después y a sus parientes se les confundieron las fechas). Empezó a escribir poemas cuando tenía alrededor de ocho años de edad y tomó la literatura muy en serio desde el principio, a pesar de que en su familia no existe ninguna tradición artística. Asistía asiduamente a los recitales y tertulias en su ciudad natal, sin decidirse a mostrar a nadie sus escritos. Parece que algo de la meticulosa tenebrosidad que caracteriza a su poesía proviene de las experiencias infantiles, de su casa, grande y altísima, sobrecargada de recuerdos, de temores, de extrañas presencias estremecedoras.
En 1996 se mudó a Managua, con la finalidad de acercarse al ámbito cultural capitalino. Al inicio, sólo conoció el lado triste y tenebroso de la capital, pero, en medio de aquel desamparado, llegó a entablar una suerte de amistad con nada menos que Carlos Martínez Rivas (1942-1998), quien a pesar de su natural carácter irascible, era capaz de mostrar solidaridad con aquellos que no perdieron nada, porque nunca tuvieron nada.
La joven asistió devotamente a la cátedra impartida por CMR y supo aprovechar las enseñanzas. Publicó por primera vez en 1997 en Luna descalza, segmento literario del diario Barricada (q.e.p.d.), conducido por el inconformista y contestatario literato Juan Chow. A partir de 2002 está estudiando su carrera de Filología y Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN- Managua).
El primer poemario de Jazmina se titula “Epicrisis”, o sea, descripción y análisis de un caso clínico. En efecto, se trata de una historia del mal de vivir, referida con incandescente crudeza. En su aspecto formal, es un libro denso, que ostenta en la mayoría de los escritos una impresionante habilidad de codificar en imágenes lo inefable del dolor. No siempre alcanza la estrictez lapidaria de los poemas mejor logrados; en ocasiones el impulso expresionista se desmanda y enerva la estructura de algunas estrofas, pero esto no desmerece el conjunto.
Empieza con un breve y esencial poema prodrómico: “Me parezco a las seis de la tarde, /por eso, al anochecer no me encuentro”. Acto seguido nos introduce a su “pequeño infierno”, donde “cada día fue un niño muerto, /un desierto, una condena ... “ y “todo se perdió en errores y silencios”. Allá está el diablo con sus “orillas punzantes” a quien la
hablante lírica convoca exasperada: “Llévame demonio. /Llévame a cantar la muerte. /Celebremos el castigo”. Pero allí mismo habita su Dios, “el de dientes y afilado paladar hendido”, quien, junto con la vida, otorga a los seres humanos “el estupro, las arrugas, /el látigo que fructifica en consolar”.
Los síntomas son abundantes y evidentes, pero ¿cuál es el diagnóstico de la dolencia? ¿por qué la muerte y la podredumbre se enseñorearon en el universo poético de Caballero? Percibo en esta reconvención tan absoluta y rigurosa el ansia de la perfección, la incapacidad de reconciliarse con la subsistencia, en la que apenas estamos “recibiendo cada quien sus migajas/ lejos de nosotros mismos”. “Sálvenme de las migajas”, clama la poeta, reivindicando una plenitud a cuya añoranza -ya ni se diga profesión- la mayoría ha renunciado.
Jazmina juzga el género -humano sin exceptuar a sí misma- con una severidad rigorista porque parte, sin formulario en palabras, de un ideal rotundo. Probablemente, recurre con tanta frecuencia a vocablos y expresiones que en cultura son relativas al cristianismo (cruz, redención, paraíso, infierno, sacrilegio, crucifixión, penitencia, resurrección. Dios ángel, demonio, diablo, purgatorio, “codicien a la mujer del prójimo”, “repartamos el pan de cada día”, “honrar a mi padre y a mi madre”) porque la religión fue lo más cercano al Absoluto que ella haya encontrado en su entorno.
Sin embargo, no la convencen la iglesia beligerante ni la triunfante, pues los santuarios no hacen sino batallar “su última mentira” y los santos permanecen “frescos y ajenos a este infierno”. Las reconvenciones que dirige a Dios, pretendiendo aborrecerlo sobre todas las cosas, me recuerdan los encrespados soliloquios de Iván Karamázov. Aunque a veces se sienta tentada a “cerrar los ojos /y creer” e intenta “ser decente” volviéndose al padre, el regreso a las indivisas certezas de antaño le resulta imposible. No es capaz de proclamar, como en su tiempo Leonel Rugama: “Vamos a vivir como los santos “, pero tampoco puede renunciar a su anhelo de la excelsitud. Se desgarra entre lo imposible y lo irrevocable

Aristas del tormento
En muchos poemas se divisa un sombrío trasfondo erótico, donde se fusionan la pasión, el placer, la culpa y la desazón. El erotismo es para Caballero una fuerza electrizante, arrebatadora, pero carente de sacralidad, porque no logra remediar el desamparo.
Entonces, en su afán de lo absoluto, lo reduce a las “cavernas monótonas de la carne”.
Si bien varios textos se nutren de las cuitas amorosas (“Te fuiste y del mundo se ocupó la podredumbre”, “arrancando tu piel añadida a mi cuerpo/ y la mía “), no es éste el meollo de su obra, sino la condición humana existencial, agravada por lo que en la teología se denomina el pecado social. Jazmina no suele referirse de manera directa a las condiciones económicas de Nicaragua, más siente y escribe desde “los huecos infinitos” de la pobreza; tampoco alude a las luchas sociales, pero consigna que una de las aberraciones de su “ángel del purgatorio” es estar “amordazando la venganza de los desposeídos”.
En cuanto al enfoque de género, la autora -consecuente en su rigorismo- se asume como un ser vulnerable, víctima pero también cómplice de las desventuras. Se flagela con vejatorios reproches (“indecente la niña que escarba/ en las noches desquiciadas”, “alborotada e inmunda”, “monstruo de lujuria”, “sucia, obscena”) y no está interesada en distinguir entre la “mala levadura” de la humanidad en general y los estragos del sexismo.
Sin embargo, advierte el fierro del patriarcado y revela que temerá por su hijo “endulzando la manía de ser al azar, /según su padre”. La ternura con que se refiere a los niños es trágica, atormentada. Así habla de sus hijos muertos: “Se quedan en mi vientre/ juntándose, /haciéndose cada vez más tiernos, /más míos, /se juntan para arrastrarme/en su marcha fétida /para que memorice sus aullidos”. El asesino de los niños es su propio padre, a quien la hablante lírica primero juzga con atroz ecuanimidad -”será porque tu amor es otro niño muerto”-, y termina condenándose: “Somos dos muertos de la misma culpa”.
Los poemas de Jazmina nos muestran que la emancipación de la mujer no ha logrado eliminar la inequidad de género; por cierto, ahora tenemos mayores libertades -que conllevan muchas mayores responsabilidades- pero no así la autonomía, especialmente en el ámbito de la subjetividad. Seguimos consintiendo que el desamor masculino nos devaste.

Anatomía del milagro
La sensibilidad anímica de la poeta y su propensión dostoievskiana de echarse sobre los hombres todos los pecados del mundo –con el agravante de no contar con el puntal de la fe religiosa o pasión política– hacían que el pronóstico del padecimiento sea desfavorable. La nota final del poemario pudo haber sido infausta, pero ocurrió un milagro similar a los que desconciertan a las eminencias médicas, cuando un paciente terminal de repente mejora y se levanta solo a abrir una ventana. El último poema está henchido de esperanzas:

Sigue esperando,
sé paciente, trabaja
que otro día y otras puertas
escucharán el invierno
colgando de nuestras lenguas.
(…)
habla con nuestros hijos
diles que sigan esperando,
diles que ya los haremos libres,
ya abriremos las puertas,
diles que esperen que nos decidamos.

Una vez acontecido el portento, es menester encontrarle explicaciones, aunque fuesen tentativas y parciales. Entonces, espigando en los versos de Jazmina, una descubre indicios favorables en su temeridad, capaz de emerger “sobrepasando el castigo. Usurpándolo a fuerza de desborde “(CMR): “el sufrimiento fue nuestra decencia”; “Solo mi vida penetra al infierno /regresando limpia”; “lo diabólico que a través del /sufrimiento se hace divino”.

Entre la putrefacción y el absurdo, ella termina encontrando una fe sin adjetivos y emprende una nueva jornada. ¿Sufrirá una recaída? ¿Tomará su dolencia un curso más benigno? Lo dirá algún día su otro libro.