Nuevo Amanecer

María Teresa Sánchez

“Hay un muerto en mi primera pena. La enterré en una caja de seda. La vestí con su ropa de metal y arena. Está muerta. Sólo yo acompañaba su entierro”.

Anímicamente casi todos los poetas son escatológicos vaticinadores del propio devenir existencial. El quinteto con que comienzo este comentario formado por tres versos decasílabos y uno tetrasílabo, no son la excepción en el poema de María Teresa Sánchez vertido en la antología editada por ella (Talleres Nacionales 1965), en que hace un despliegue de maestros como Darío, Cortés, Cuadra, Cardenal, Martínez Rivas, Coronel, Cabrales, Ycaza Tigerino, Rothschuh T, Mejía S, y muchos otros de grande o mediano calibre lírico, sacados del archivo memorizado de la historia que de una u otra manera quedaron gravitando a mitad del sendero al Parnaso.
Tengo vivísimos recuerdos que me impelen a escribir reminiscencias por María Teresa Sánchez. El primero: mi visita a la Editorial Nuevos Horizontes en búsqueda del poeta Manolo Cuadra, con quien había hecho amistad en la celda No. 9 de las cárceles de La Aviación. Manolo estaba de regreso de Costa Rica, aquejado por cierto problema nefrológico de tipo mortal.
María Teresa cedió un espacio en su casa, en donde el bardo enfermo pudiera rumiar temporalmente su dolor. Recuerdo que fue removida una especie de vitrina en que la poeta exhibía libros, tarjetas, libretas de apunte y otros impresos que generaban algún dinero para mantenimiento de Nuevos Horizontes. Allí pernoctó Manolo por unas semanas ya bastante enclenque y descomprimido por la crisis renal, recibiendo lo que María Teresa podía darle dentro de sus pobrezas que eran abundantes, hasta que “triste como un policía” y frente a la parafernalia de la muerte, fue trasladado a la casa donde murió bajo el cuidado de su amada Ruth, a media cuadra del Cine Alameda.
Es prudente señalar que Edita, ya fallecida, hermana de María Teresa, fue la madre de tres hijos de Manolo: una niña y dos muchachos; y era lógico suponer que esos dos embocaderos en la vida de la poeta: el grito de la sangre y la martillante locura de las letras, hayan sido el motivo principal frente a la oportuna necesidad de brindar cobijo a Manolo.
Desde aquel fortuito encuentro no dejé de frecuentar a María Teresa. Me invitaba a los recitales que cobraban vida en Nuevos Horizontes. Acudían a éstos, frecuentemente, una mayoría de intelectuales nicaragüenses, desde Pablo Antonio y José Coronel hasta uno que otro embajador de cualquier país del mundo, a quien gustaba la vida literaria y participaban en una u otra reunión en que no faltaban los versos.
María Teresa siempre estaba animando estas reuniones. Fuertemente morena, con perfil vital de ancestral raíz indiana, María Teresa estaba conformada especialmente de una misteriosa mezcla de grito y canto, de reclamo y bondad, de espíritu descarnado al viento, y de profundo calor humano. En ciertos itinerarios oníricos en que me ha tocado recordar a la poeta, a la cantora vital de la realidad existencial que hablaba con hechos,
ha sonado en mi memoria el golpe de su taconeo acercándose desde el fondo de la casa en que funcionaban casi obsoletas, con sus tipos de madera y metal, las dos prensas de un cuarto de pliego; y sus sueños medio impresos, medio cayéndose entre una maraña de confusa vitalidad de letras en que lo enredaba todo la pobreza.
Desde mi corta edad y mis andares de colaborador de “La Prensa” y Redactor de “Flecha”, no faltaba en la mayoría de estos eventos en la Editorial Nuevos Horizontes en los que la poeta, su hijo el dramaturgo Rolando Steiner, y el esposo Pablo, del mismo apellido, hacían gala de ser unos anfitriones no muy formales, pero llenos de encantador y luminoso acento, como canta el poeta.
El siguiente momento que recuerdo de mí, fue cuando me tocó vivir los ocho meses de prisión en las cárceles de “La Aviación”, condenado por un Tribunal Militar después del fracaso de “Olama y Mollejones”. María Teresa visitó a mi esposa para confortarla por la desgracia de mi cárcel: teníamos tres años de matrimonio y un hijo que apenas llegaba a dos de haber nacido. María Teresa regaló al niño varios avioncitos de juguete, y le relató la generosa y bella historieta de que su padre estaba aprendiendo a volar, y que pronto lo haría sobre el techo de la casa para que viese pasar los aviones.
El tercer momento que jamás podré olvidar, tiene que ver con el término fatal de la propia existencia de esta maravillosa mujer. María Teresa desde muchos años antes, fue capaz de vaticinar su propia muerte en “Mi Primera Pena”, poema de 16 versos, más o menos libres, con el que comienzo este comentario, y que dice en su parte final:

“Frente a la funeraria
nadie quiso decir una palabra.
Cuando venga mi segunda pena
la enterraré de piedra, cemento y arena
¡Qué alegre!
Cuando venga mi segunda pena,
ya estaré muerta…

María Teresa Sánchez, una mujer alegre, llena de gran vitalidad existencial a lo menos aparentemente. Fue poeta y mujer que como una malabarista, conjugó un sin fin de penas, más que todas, sentimentales. Su casa, o sus casas --porque después del terremoto que destruyó la del Barrio Candelaria, Pablo Steiner, el esposo construyó otra a punta de arañazos y pellizcos cerca de Las Piedrecitas--, cuando la poeta falleció no tenía donde enterrarse. Fue Mimí Hammer quien salió al frente de la situación, facilitando la bóveda de su familia.
La poeta, quien fundó además el Círculo de Letras Nuevos Horizontes, publicó varios libros de poesía y fue Premio Nacional de Ensayo Rubén Darío por su “Antología de la Poesía Nicaragüense” (1948); “Canción de los caminos” (1949), “Oasis”, Premio Nacional Rubén Darío (1950); “Canto Amargo”, Premio Centroamericano Rubén Darío (1958), “Sombras” (1959), “Poemas de la tarde” (1963) y “El Hombre feliz”, con el que obtuvo el Premio Nacional de Cuentos.
Las penas y las alegrías gravitan entre los polos circulares, concretos y opuestos en la existencia del ser, como sugiere Pascal. “Cuando venga mi segunda pena, la enterraré de piedra y arena. ¡Qué alegre! Cuando venga mi segunda pena ya estaré muerta”. Debe de haber gozado el espíritu de la poeta por esa gracia que le había dado Dios de no contemplar el caos de su propia angustia.
Julio 2007