Nuevo Amanecer

J. Antonio Luna


Lo que más me gustaba de Juan Gelman era verlo caminar rápido, muy rápido; casi corría para ir a comprar cigarros a la ventecita de Telcor. Después casi corriendo regresaba entre los escombros a fumarse su cigarrillo viendo desde la ventana de la Agencia Nueva Nicaragua (ANN), las costas del lago… al Momotombo y al Momotombito. La ANN estaba en los escombros, en el edificio de la Calle El Triunfo donde funcionó hasta el terremoto de 1972, la Alianza Francesa.
Hombre sencillo, tolerante, amigable; varias veces me encontré a Juan sentado en las bancas de la humilde comidería de la ANN en cálida conversación con la cocinera. Le gustaba tomarse una taza de café en silencio, leyendo. En ocasiones se sentaba en la cocina a leer cartas, o un libro.
El poeta Gelman, ganador del Premio Cervantes este año -máximo galardón a la literatura hispanoamericana- jamás hablaba de su calidad poética. No presumía de su sapiencia, menos de su fiereza periodística. Era en esos días un periodista más que disfrutaba del proceso revolucionario nicaragüense.
Juan Gelman, el poeta taciturno y atormentado por la tragedia de la desaparición de su hijo y nuera, hablaba poco, pero enseñaba mucho. A sus más de 50 años, en esa época, era como el viejo amigo que había llegado de lejos para motivar, para animar al grupito de jóvenes que hacíamos periodismo en la década de los ochenta.
A veces Juan, en susurros o en voz alta, recordaba estrofas de sus poemas, y sus ojos, melancólicos, se humedecían. En otras ocasiones llegaba con cartas de sus amigos de México o de París, feliz, sonriente. Optimista. Se consideraba afortunado de tener la oficina de correos a sólo una cuadra de la agencia.
Otras veces nos sorprendía con preguntas a boca de jarro. Preguntaba como para saber: ¿Y que opinás de Sandino? Y con las respuestas nuestras al hablar del héroe de las Segovias retomaba fuerzas. Disfrutaba la conversación sobre la revolución.
El ahora Premio Cervantes, jamás intentó enseñarme. Me sugería, y decía: “hombre por qué no lo haces así”, y rápidamente volvía a la meditación, a su silencio, al mundo de la poesía.
Algunas tardes junto a Renato Julio Ruíz, conversabamos de lo trivial. Y disfrutaba del voseo que nos identifica con el argentino. Se reía al oir “los hijos de puta esos” y tantas otras figuras linguísticas que identifican al nicaragüense.
Juan me impresionó la noche que en París dejó su trabajo para recibirme en la ciudad luz; para darme la bienvenida junto con Alberto Pipino.Y esa noche inolvidable junto a Alberto cenamos y tomamos vino francés en la humilde pieza de la ANN en París. Era una fría noche de finales de otoño cuando los tres hablamos de nuestros miedos, de nuestros anhelos, de la soledad. Con el olor a París y el vino, divagamos en la búsqueda de una verdad que todavía sigo buscando.
Esa noche Gelman nos habló de él, del luchador, del proletario de la pluma, de la vida y de la muerte.A los meses lo volví a ver en Managua. Alegre, caballeroso, sandinista.
Saludos mi querido Juan Gelman. El premio Cervantes que ganaste es de toda América. Es un Cervantes que debe ser celebrado en Nicaragua. ¡Así sea!
Tampa, Florida, Diciembre 6. 2007.