Nuevo Amanecer

Poemas del libro “Polvo enamorado” de Erick Blandón


Le maquereau (Composition allégorique)
Museo Picasso de Barcelona

Conozco el resplandor de tu pupila la blanda curvatura de tu boca el veloz coletazo con que llegas de los fondos a llenar las aguas de colores. Otra vez estás allí me llamas te da risa la carnada de mi anzuelo pez burlón que te meneas frente a mí. Mirándome con tu ojo redondeas mi caída eres tú el que me pesca abres tus aletas y me atrapas me llevas al remolino de tus aguas me mordisqueas juguetón y cuando ya creo tenerte fugaz te hundes y desapareces de mi alcance dejándome a tontas como un náufrago. No vuelvas a la superficie del remanso, quédate en tu océano con tus colores mentirosos. No olisquees más mi gancho.

El Paso Tx. 1997
Russelville, Ar, 2002
Columbia MO, 2007

Iskandar héroe y mártir
Ésta que ven aquí, es la escultura que la ciudad agradecida mandó levantar para Iskandar, el de la piel rojiza, los ojos esmeraldados y la cabellera castaña que –como olas a su playa– lamía los bordes de sus hombros. Con la fuerza de un toro, fue ligero como un venado y con su voz colmó el descampado. Cayó defendiendo a su patria del asedio mercenario y el rumor de su hazaña corrió hasta los confines. Se supo que a pecho descubierto fue a rescatar un prisionero a las posiciones contrarias. Retumbaba la leyenda de que en medio de las balas cruzó el campo hasta alcanzar la trinchera donde retenían a su camarada. Luchó cuerpo a cuerpo y derrotó a la custodia. Herido se interpuso como escudo para que el fuego no alcanzara al amigo, sobre cuyo pecho derramó su sangre a borbollón. El otro vivió para narrar la fortaleza de aquel abrazo. Al ver su sacrificio, las fuerzas de asedio retrocedieron desbandadas. Se aseguraron las defensas y las tropas de asalto persiguieron hasta aniquilar al último de los forajidos. Ese día Cartago tuvo una tregua dolorosa. El mismo Amílcar no pudo contener el llanto, cuando las salvas atronaron en la ceremonia de los funerales. Pero no se apure el estilete con equívoco epitafio. Dejen al bronce reposar sobre su pedestal de mármol. El mundo no mudará de pequeñez si recuerda que el héroe de los peligros desfallecía en las noches por el licor viril de sus soldados. Tampoco vayan por ahí diciendo que Iskandar no mereció, como el divino Héctor, la cólera de Aquiles.
Russellville AR, 2002.