Nuevo Amanecer

El paraíso de nuestras izquierdas


Hablando en buena ley, cualquier actitud ideológica asumida frente a la vida nos capacita para representar un lance dramático que ha de ser el que nosotros escojamos. También, toda actitud es un drama. Nuestro gesto, nuestro modo vital, enfrentado a multitud de modos, a de provocar conflictos violentos con el sumo antagónico de otros modos, sea por su sensibilidad estética, orientación filosófica o bien algún menester industrial horriblemente bursátil. La verdad es ésa, presentada un poco frugalmente en el hueco de nuestra premisa.
Pero, es el caso, lo que por antonomasia debería significar incomodidad, desasosiego, accidencia –a la izquierda, la izquierda política-, no tiene nada de esto y solamente se usa en la línea de conseguir esa fácil popularidad que es todo lo contrario de la terrible gloria del anonimato: ¡Izquierda auténtica, prensada en la an­gustia de sentirse impopular por excepcional!
Atribuyo miedo e hipocresía a semejante conducta. Miedo de llegar a las manos con la masa; miedo de decirle la verdad; miedo de negarle virtud directriz y legación autárquica.
Decirse izquierdista y proceder, sin embargo, corriente­mente; embobarse con las películas de Tom Keene, hacer alarde de oratoria revolucionaria y acomodarse sanchezcamente con lo establecido es ponerle cuernos a la masa y contribuir a la estabilización de lo liberal y lo conservador típicos. ¿Quedarán las cosas como antes, así gritemos en las cantinas y en los andenes del ferroca­rril: ¡Vivan las izquierdas! ¿Qué más da? La fijación ideológica no es cuestión de pulmones.
Pero ciertamente algo ganan cuantos gritan: ¡Vivan las izquierdas! Esa explotación sentimental, que parejamente es un merodeo llevado a cabo contra la sensibilidad gregaria, los convertirá pronto en líderes populares. De ahí abordarán el barco burocrático en el Parlamento, en la Diplomacia, en la Encomienda, en el insignificante empleo donde se cobra mucho por trabajar nada.