Nuevo Amanecer

El libro de las ilusiones


Erick Aguirre

Paul Auster es uno de los pocos escritores “serios” de Estados Unidos que ha logrado un sorprendente éxito de ventas. Hay quienes dicen que ese éxito se debe a cierto giro eventual en su narrativa (producto quizás de la búsqueda de influencias en Raymond Chandler y en otros autores que llevaron la novela negra y los llamados “thrillers” a niveles de “excelencia literaria”) a partir de las tres noveletas que conforman lo que se conoce como su Trilogía de Nueva York: “Ciudad de cristal” (1985), “Fantasmas” y “La habitación cerrada” (1986).
He tenido la oportunidad de leer la Trilogía de Nueva York en traducciones y ediciones de la editorial Anagrama que logré encontrar sin mucha dificultad en librerías de México, y debo confesar que me entusiasmó la forma “natural” con que introduce lo que se considera como “temas serios de la literatura” en tramas policíacos que dados de esa forma nos recuerdan (a quienes intentamos seguir el rastro de este excelente autor) por qué alguna vez confesó que a los quince años, después de leer “Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievski, tomó la decisión absoluta de ser escritor.
En 2006, el mismo año en que Auster fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en España, leí la que entonces era una de sus más recientes novelas. Recuerdo que el escritor peruano Enrique Planas estaba de visita en Nicaragua, y conociendo ya su filia extrema por la obra de Auster, llegué hasta el hotel donde se hospedaba en Managua para darle la noticia del premio. De puro entusiasmo me regaló “El libro de las ilusiones” (2002), traducido al español y editado por Anagrama, que justamente estaba terminando de leer. No tardé mucho en darme cuenta de que en esa novela, Auster revisita algunos temas que ya había explorado con cierta recurrencia en sus trabajos anteriores, especialmente en la Trilogía de Nueva York.
El escritor y profesor de literatura David Zimmer se hunde en la depresión luego de que su mujer y sus hijos murieran en un accidente aéreo. Pero una noche, dopado frente al televisor, un hombre lo hace reír. Hector Mann, uno de los últimos actores del cine mudo, es quien detona la alarma en su cerebro y evita que finalmente toque fondo. Zimmer enfoca entonces su interés en aquel actor y se propone escribir un libro. Mann fue un cómico brillante y enigmático nacido en Argentina, y una de sus últimas películas cuenta la historia de un hombre a quien alguien convence de tomar una pócima que lo hace invisible. Una trama que anticipa la propia historia del actor, a quien desde hacía sesenta años habían dado por desaparecido sin que nunca se encontrara su cadáver.
Zimmer termina su libro y lo publica, pero tres meses después recibe la carta de una mujer que afirma ser la esposa de Mann, quien además le afirma que está vivo y quiere verlo. Zimmer le pide pruebas, piensa que puede ser una impostora, o una loca. Hasta que una noche, una extraña joven, de quien finalmente llega a enamorarse, llama a la puerta de su casa y pistola en mano lo obliga a acompañarla a visitar al artista en su refugio de Nuevo México, donde ha vivido escondido por años.
Luego se ponen en marcha una serie de hechos desencadenantes que nos llevan a reflexionar acerca del individuo y su capacidad de voluntad ante la efímera condición de la existencia, o acerca de la obra de arte como objeto de traición y como hecho sublime y trascendente, pero tangible, capaz de ser escamoteado o destruido, o también capaz de permanecer en el tiempo y en la memoria de los seres humanos como algo incólume, contundente, pero a la vez vivo o moldeable.
Hector Mann ha vivido una vida trágica, llena de traiciones, imposturas y amores retorcidos. Se ha dedicado a producir nuevas películas que podrían convertirlo en uno de los grandes genios del cine. Pero termina casado con una mujer que lleva su fidelidad al extremo de la perversión. Zimmer acude a su llamado, ve todas sus películas en la sala privada de los Mann y queda anonadado. Cuando ha visto el último filme, se percata de que el artista ha muerto. La señora Mann le informa, sin embargo, que la última voluntad de su esposo ha sido la destrucción total de su obra. Zimmer y su amante intentan convencerla de lo contrario, lo cual conduce a un drama de confusiones que culmina en un homicidio, aunque resulta finalmente imposible evitar la destrucción de los filmes.
Pero aunque ninguna película de Mann sobrevive a la presunta fidelidad de su esposa, y tampoco deja constancia escrita de su tortuosa vida o algún testimonio escrito de sus proyectos artísticos, el personaje Zimmer se encarga de reconstruirlos en la narración de la novela, así como reconstruye también buena parte del contenido de cada película, en un ejercicio virtual que pone en juego la alucinante interacción entre ficción, narración y memoria. Una circunstancia que nos lleva a pensar (como en muchas de las historias de Auster) en el secular juego de espejos y traiciones que ha constituido siempre todo intento de relato.
Esta novela es también una meditación acerca de la traición, o más bien sobre la incomprensión que a veces el fervor filial lleva consigo y conduce a algunos a la ingenuidad de interpretar inflexiblemente la presunta voluntad final de un individuo. Pero es también una meditación sobre la traición de que es capaz, recurrentemente, la memoria misma, al intentar reconstruir con la subversión del recuerdo, una obra (a su vez construida a base de tiempo y memoria) que ha sido destruida o traicionada por la ingenua o perversa interpretación de una falsa o mal entendida voluntad individual.