Nuevo Amanecer

La poética plástica de Orlando Sobalvarro

“Yo no pinto para vender cuadros, sino para aprender a pintar”

El escritor Álvaro Urtecho afirmó una vez que si hay un pintor entre nosotros en cuya obra la naturaleza se perciba a través de formas profundamente espiritualizadas, ése es Orlando Sobalvarro, a quien la VI Bienal de Artes Visuales escogió este año como artista objeto de homenaje. Sin duda, Sobalvarro es un extraordinario intérprete del paisaje nacional. Para Urtecho son emblemáticos sus trazos en curvaturas de la cordillera de Amerrisque, “mágicas formaciones terráqueas de nuestra América”.
Considerado un maestro del “abstraccionismo telúrico”, Sobalvarro conoce la naturaleza en profundidad, sus formas, su misterio ancestral. Sabe que lo biológico (del ritmo ondulante y húmedo de la vida) es esencial, que el árbol, el pájaro, la planta, los ovarios, la semilla viviente, tienen su propio simbolismo profundo que hay que delinear y abstraer hasta hacerlo universal, independientemente de su humus o su geografía concreta.
Tierra, cielo, vuelo y transparencia, según Urtecho, son cuatro palabras claves para adentrarnos en la poética plástica de Sobalvarro. Son palabras que implican “una dialéctica, una magia en donde se fusionan las costras de la tierra quemada y volcánica con las transparencias de las nubes y el éter encendido, las formas puntiagudas y ocres de la geografía natal con el vuelo del ave o de los huesos a través del cielo”.
Para sumarnos al homenaje a este maestro de la plástica nicaragüense ofrecemos este rápido diálogo sostenido con el periodista Tito Leyva.

Tito Leiva: ¿Qué le sugiere este homenaje a su obra?
Para mí es un gran honor, aunque siento que no lo merezca. Es una valoración para mi trabajo de años en la pintura, y siento que siempre estoy aprendiendo. Dedicarme esta VI Bienal de Artes Visuales es un gran reconocimiento cultural que yo agradezco en todo lo que vale. Repito: es un gran honor.

-Hemos revisitado sus obras en la exposición y siempre nos inquietan. ¿Cómo resuelve las particularidades de la luz en sus pinturas?
En la Escuela de Bellas Artes, el Maestro Rodrigo Peñalba nos enseñó a trabajar los colores en sus diversos matices, y a explotarlos con toda la profundidad en la obra con sus tonos y formas. Ya en mi obra abstraccionista expreso el trabajo de la luz de manera más libre en la incitación de tonos y formas, y que está ahí en referencia al color en el paisaje de la cordillera de Amerrisque, mi tema conciliador, reflexivo y permanente en toda mi obra.

-¿Lucha con los colores?
Saber dominar los colores es la lucha permanente en mi obra. A veces, en un cuadro uno cree que lo ha logrado, pero ese asunto del mundo expresivo de los colores es todo un aprendizaje, que en mi caso es una constante.
-Se dice que en su obra se advierte el predominio de un silencio fecundo ¿Usted comparte esa idea?
Sí. Cuando llego a las Minas del Jabalí, donde nací y viví mi infancia, y busco recrearme y ver, siento que estoy dentro de un gran silencio. Eso es precisamente lo que luego plasmo sobre la tela con la expresión de un gran dolor compartido. Es el paisaje de un silencio tremendo que produce a su vez una gran ternura por la pérdida de nuestras bellezas naturales.

-¿Mucho dolor y mucha reflexión?
A mí me provoca una gran desolación ver cómo se han secado los ríos Mico, San Miguel y Mono, los ríos de mi infancia en Chontales. A quién, si no es sensible, no le perturba observar esa gran sequía de las grandes quebradas y ríos. Toda esa tragedia produce un gran silencio. Los bosques devastados son algo tétrico.
-¿De qué manera se mezcla en su obra la influencia de su infancia con la de esos escenarios tan hostiles?
Toda mi obra está basada en ese paisaje de la cordillera de Amerrisque convocado por el color y las formas de ese paisaje que está en mi interior, y que cala profundamente en mis huesos. De mi infancia recuerdo los cuentos de La Cegua, La Carreta Nahua, El Toro Encantado, El Cadejo, que me los contaban muy bien, con la gracia de esos viejos maravillosos, pero que a la vez me producían un miedo terrible. Todos esos cuentos me provocaron una gran imaginación creativa que volqué en mi obra. En medio de esa desolación del paisaje he pintado los monos, en Vida y Testamentos, y con ello su sufrimiento, y también el león, que huye a otros refugios ante la persistencia de la hostilidad desértica.
-¿Cuándo se percata de que está haciendo un buen cuadro?
Una buena mancha sobre la tela puede vislumbrar un buen cuadro. Pero mi pintura es trabajada en el orden. Siempre estoy trabajando con mucho rigor, tanto en el boceto, en mis apuntes, como en la búsqueda de los colores, los tonos y las formas. Yo pinto todos los días. El boceto es la base para la realización de cualquier cuadro. Yo confío en mis apuntes y sigo dibujando con esmero y rigor, para conformar una obra seria y con gran compromiso con la calidad. Es un gran aprendizaje. Nunca he sentido que he aprendido a pintar. Yo pinto para aprender a pintar.

-¿Siente que ha logrado un equilibrio para no hacer concesiones con el público
o con el mercado?
No pinto para vender cuadros. Yo me apropio de mis ideas para plasmar un concepto de mi pintura, le guste o no a la gente. Ésa es mi responsabilidad y no me salgo de la temática de lo que hago. Asumo mis propios principios y a través de mi pintura me expreso libre y transparentemente.