Nuevo Amanecer

Doris Lessing en cuatro relatos


Doris Lessing (Doris May Tayler) nació de padres británicos en Irán (1919), y es la onceava mujer galardonada con el Premio Nobel de Literatura. Como una muestra de su narrativa, nos asomamos a su obra a través de “Las abuelas” (2003), donde incluye cuatro relatos o novelas cortas, mostrando el drama social londinense, sus contradicciones clasistas y racistas, la pasión en tiempos de guerra y una historia futurista sobre la extinción y el colapso en una sociedad que lo consume todo y se refugia en el olvido.
El primero de ellos, “Las abuelas”, es la amistad entre dos mujeres, Rozeanne y Liliana, quienes se conocieron desde sus primeros años de escuela, compartiendo frustraciones y esperanzas. “Parecen hermanas”, decía la gente. La primera dedicada al teatro y la segunda al deporte. Lil se casó con Theo y de esa unión nació Ian; Roz con Harold, de donde nació Thomas. Las amigas, sus esposos y sus niños pasaban juntos fines de semana y vacaciones, como “una gran familia feliz”.
Cuando los niños tenían diez años, Harold, ante el ofrecimiento de una plaza de profesor universitario en otra ciudad, pidió a su esposa cambiar de domicilio. Aquello significaría separarse de la amiga; él pensaba que era con ella y no con él con quien mantenía una verdadera relación. Liz reconocía que no le iba bien en el matrimonio con Theo y pensaba divorciarse. Harold y Roz se separaron, y al poco tiempo Theo murió en un accidente de tránsito.
Continuaron siendo “una familia ampliada”. Estando los muchachos en la adolescencia, Lil encontró en Thomas al hijo de Roz, lo mismo que Roz encontró en Ian, al hijo de Lil. Ambas amigas eran cómplices del amor que sus hijos, sus amantes, le brindaban a la otra. Con el tiempo, ellos tuvieron novias y ellas reconocían que aquello tendría que terminar. Pensaban: “pronto se cansaran de estas viejas y se buscarán chicas de su edad”. Ellas habían cumplido cuarenta. Sin embargo, Roz pensaba: “no me rendiré sin antes luchar”. Ambos se casaron y tuvieron cada uno una hija.
A pesar de las esposas aquella gran familia seguía unida, las abuelas no acabaron de adaptarse a su papel de suegras. Pensaban: “los cuatro éramos felices”. Mary, esposa de Tom, madre de Alice, encontró unas cartas enviadas a Lil, algo distinto había en su contenido. Ana, esposa de Ian, madre de Shirley, pensaba: “nos tratan con tacto pero con asco”. Las abuelas cuidaban a las nietas, las nueras entendieron la risa burlona de Roz, sintieron que se burlaban de ellas y que “todo quedaba claro ahora”.
El segundo relato “Victoria y los Staveney”, ocurre en Londres. Victoria, una niña negra, de nueve años, fue llevada, al salir del colegio, a la casa de Thomas, dos años menor que ella, por el hermano de este Edward Staveney, de doce años, debido a que nadie la fue a traer. Su tía materna, quien la cuida, está enferma y ha sido llevada al hospital. Esa noche dormirá en la casa de aquellos desconocidos.
La señora Jessy, madre de los Staveney, es de una familia de izquierda. La niña está asustada en esa casa grande y cómoda, diferente al pequeño cuarto que ocupa con la tía Marion.Thomas durmió la noche en casa de un amigo, Edward la cuida y la niña ha quedado impresionada con la amabilidad de aquel muchacho. Aquel suceso no fue olvidado, siempre quiso regresar a ver aquella casa y saber qué era de Edward. La muchacha creció, fue adquiriendo belleza y sensualidad, su tía murió antes de cumplir los cincuenta. Pasó a vivir en casa de una amiga de la tía, también de origen jamaiquino. Trabajó en una tienda de ropa, posó desnuda para un fotógrafo, después en una tienda de música en donde un día llegó Thomas, (ella hubiera querido que fuera Edward), quien la invitó a casa.
Había estado esperando volver a visitarla desde la primera vez; ambos eran inexpertos, comenzó a besarla, ella fue incapaz de reaccionar y sucedió lo inevitable. Después del encuentro, Thomas, en vez de estudiar, se iba a buscarla y la llevaba a casa, hacían el amor acompañados de música africana. Él regresó al Instituto, ella quedó embarazada, no dijo nada porque el padre era blanco; no se volvieron a ver. Tuvo a su hija, Mary. Un año después conoció a Sam, un joven cantante de música pop, se casó y pasó a ser la señora Bisley, nació Dickson; el marido al poco tiempo murió en un accidente de tráfico. Decidió llamar a Thomas y le dijo lo de su hija, la reconoció y presentó en el seno de su acomodada familia.
Edward estaba casado, era distinto, pero ella guardaba siempre un recuerdo del bondadoso chico de antaño. Al principio tuvo dificultad en aceptar que tenía una sobrina negra. Victoria quería para su hija un futuro distinto, el padre quiso que estudiara en un mejor colegio; el hermanito era muy negrito, quizás no tendría esa oportunidad, “dos niños distintos salieron del mismo vientre”. Victoria era una mujer atractiva, aún no cumplía los treinta, en la iglesia conoció al reverendo, veinte años mayor, surgió la posibilidad de formar pareja, traería para Dickson nuevos hermanos; Mary seguramente querrá ser una Staveney, ésa es la idea que tiene.
La tercera narración, “El motivo”, un relato futurista, la ficción se refiere al último sobreviviente de los Doce, quien siente la obligación de contar la historia para no perderla. Miembro de aquel grupo de consejeros que Destra, la mujer de Envara (tirano), sucesor del fundador Vara, había conformado para la sucesión. Habían transcurrido cientos de años. Devara, hijo adoptivo de Destra, fue designado para sucederle, a pesar que todos sabían que no era idóneo. Ella hubiera querido que no fuera así, pero el grupo, casi por impulso, sin motivo, lo escogió.
Habían sido educados y formados para construir, para promover el desarrollo, el conocimiento, la escritura y las escuelas. Sin embargo, aquel sucesor, Destra, había olvidado todo, no por mala intención, sino por descuido; la escritura y la educación no se recordaban, la gente no identificaba su origen ni tradiciones, la indolencia se apoderó del gobierno, se restituyeron leyes autoritarias, se fortaleció el ejército, mermaba la riqueza, y la violencia y el desorden crecían en las ciudades; crecía “la arrogancia en los errores de juicio que acarrea la soledad del poder”, se entró en decadencia vertiginosa. Aquel sobreviviente parecía un viejo mendigo, era el único capaz de recordar, enseñar y contar. Ha buscado a Destra, lo ha reconocido, casi no recuerda nada, no sabe qué pasa. Antes había una bella ciudad, somos causa de la decadencia ¿Qué impedirá a la historia repetirse?
Finalmente tenemos “Un hijo del amor”. James Reid ha sido movilizado con el ejército británico hacia India para luchar contra la amenaza japonesa en la II Guerra Mundial. El barco, en una espantosa travesía de tormentas, escasez de agua y alimentos, lleva hacinados a cinco mil soldados, quienes hacen escala en Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Son alojados en distintas residencias para descansar. James está enfermo, Daphne, una joven inglesa casada con Joe, y su amiga Betty, lo reciben. Él piensa que es un ángel, se recupera, “es usted como una visión, estoy viviendo un sueño”, decía. Ella, atraída por los halagos, lo recibe en la noche. Lo llevó a un lugar apartado a la orilla del mar y estuvieron juntos, él no quería irse. Ella lloró. “Cuando termine la guerra volveré a buscarte”, dijo James.
Atravesaron el Índico y llegaron a Bombay, sufrieron allá el agotamiento de la guerra. Estuvo esperando inútilmente una comunicación, decidió escribirle a través de un oficial, ya que de Daphne no tenía ni dirección ni apellido. Recibió una ligera respuesta, iba a tener un hijo, y no debían tener ninguna comunicación. Supo que el hijo era suyo, contaba los días y calculaba su edad. Terminó la guerra, volvió a casa, envío cartas sin respuesta. Se casó. Regresó a Ciudad del Cabo para buscar al hijo, encontró a Betty, le dio una foto, pero le pidió que no regresara. Esperó un día ver al hijo que no conocía, contaba el tiempo desde su nacimiento, veinte años después, en su imaginación, abrazaba a la mujer de sus sueños y al hijo desconocido.

Managua, dic. 2007