Nuevo Amanecer

La poesía como desahogo de vida

Durante una breve visita a Montevideo, la escritora nicaragüense Claribel Alegría dialogó con El Observador acerca de literatura y revolución

La voz poética y narrativa de Claribel Alegría es sin duda una de las más importantes de la literatura hispanoamericana. Nacida en 1924, en Estelí, Nicaragua, y criada desde pequeña en El Salvador, Alegría posee --a sus 83 años de edad-- la misma vitalidad con la que durante años, a través de su poesía, resistió la censura, la represión y la guerra sufrida en ambos países centroamericanos a los cuales su vida y su obra están unidas desde siempre.
La dura realidad política de Nicaragua y de El Salvador, y el exilio que vivió en ambos países, constituyen en la obra de Alegría una constante temática que aparece a lo largo de toda su producción literaria, en la que se destacan títulos como Anillo de silencio (1948), Huésped de mi tiempo (1961) y Sobrevivo (1978), en poesía; Cenizas de Izalco (1966), en novela y Para romper el silencio: resistencia y lucha en las cárceles salvadoreñas (1984), entre sus escritos políticos, los cuales la enmarcaron dentro de lo que se conoció como “la generación comprometida”.
Antes de la charla y lectura de poemas que realizó en el Centro Cultural de España, en Montevideo, Uruguay, Claribel Alegría dialogó con el periódico El Observador, entre otras cosas, acerca del compromiso que deben o no tener los escritores con la sociedad.
-¿Se siente cómoda con el rótulo de escritora “comprometida”?
Mira, nunca terminó por gustarme esa palabra. Si bien es cierto y está bien que haya hombres y mujeres comprometidos por las cosas que pasan en sus países, no creo que haya una literatura comprometida, y menos que exista una poesía comprometida. El tema está en que si a uno le duele el asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero no puede quedarse callado y escribe desde esa herida, poniendo su compromiso en transmitir la verdad.
-Pero debería existir un compromiso poético, ¿no?
Sí, el de escribir bien, tratando de que los otros, los que leen, puedan sentir eso que uno está queriendo transmitir.
-Entonces podríamos decir que usted no coincide con lo que alguna vez dijo Ernesto Cardenal, quien señaló que la literatura por literatura misma no sirve de nada, que ésta debe estar al servicio del hombre, y por lo tanto que la poesía debe ser política. ¿Qué opina de eso?
No es que no coincida, sí creo que debe escribirse con un compromiso político siempre y cuando estemos hablando de eso. Es decir, cuando sucedió la revolución sandinista, era obvio que había que escribir de ella. Cuando asesinaron al gran poeta salvadoreño Roque Dalton era necesario escribir y denunciar eso, con cada una de sus palabras, sin una más ni una menos.
-¿Esas palabras son las que se enmarcan en el movimiento exteriorista, esa corriente que en Nicaragua generó una poesía objetiva, narrativa y anecdótica?
Sí, puede ser, pero mi poesía no pertenece al exteriorismo. Ernesto Cardenal ha hecho cosas maravillosas con eso, pero hay otros que no. A mí no me gusta encasillarme en escuelas ni tendencias. Mi intención poética es plasmar lo que siento y dárselo a los otros, porque lo que quiero es comunicarme, quiero sacarme de encima todo eso que siento y dárselo a los lectores.
-Si tuviera que escoger dos o tres palabras que definan su poesía o que recorren ésta desde hace muchos años, ¿cuáles serían?
Sin duda que amor, desamparo y exilio. Ahora bien, en mi narrativa hay otras palabras, porque desde que empezaron a pasar cosas como la revolución cubana, cuando Centroamérica se despertó y dejó de ser el patio trasero de Estados Unidos, enfrentándose al coloso, hubo palabras que aparecieron sin que las esperara, viniendo con recuerdos que tampoco esperaba, como la matanza de 30,000 indígenas, entonces ese vocabulario cambió, dejó de ser intimista para transformarse en algo más colectivo. En el fondo creo que debería haber otra revolución, pero no tan sangrienta y con tantas muertes.
-¿Qué tipo de revolución?
Como la de Mahatma Gandhi, una revolución pacífica. Ahora bien, yo volvería a involucrarme, como lo hice, tanto en la revolución nicaragüense como en la salvadoreña.
-Si con su poesía pudiera quitarle a Nicaragua y a El Salvador el dolor, los dictadores, los terremotos, etcétera, ¿qué cosas elegiría?
Sin duda que el dolor del hambre en la mirada de los niños.