Nuevo Amanecer

Els Quatre Gats resultaron ser más de cuatro


Va buscando a Rusiñol, a quien admira y quiere desde la distancia. Aquel fino y delicado artista catalán lo poseía todo. No sólo la extraña y tan afín sensibilidad simbolista sino además el biyullo que tanta e inmerecida falta le hiciese a él toda la vida. Que lo busque en Els Quatre Gats sugiere alguien. Y Rubén inquieto y lleno de ansiedad se dirige allí a buscar al amigo. Barcelona lo ha deslumbrado. Mientras España sucumbe ante la “petulancia odiosa del yankee” que con “la imposición de sus mandíbulas y ciclópeo apetito” despedaza los últimos tucos del imperio, Cataluña pareciese ajena a aquel “crepúsculo”. Barcelona se abre al mundo y se vuelve antesala de París, de Berlín y del resto de Europa. Se respira modernidad en esta ciudad mediterránea y a Rubén le gusta el sabor de este aire.
Cuando la estrecha callecita Montsió topa con el Pasaje de la Patriarca, Rubén se encuentra con la Casa Martí. Allí está Els Quatre Gats: cervecería-taverna-hostal. La arquitectura ecléctica, modernista y medieval de la primera época de Puig i Cadalfalch lo enardecen. Los arcos y balcones góticos y la escultura esquinera de Arnau que luego Picasso reproducirá en su diseño para el menú le hacen momentáneamente recordar la morada fantástica de su Des Esseintes. Lapsus. En el famoso recinto, “mezcla de arqueología y modernismo”, como lo llama Casellas, el poeta se encuentra “con el no menos famoso Pere Romeu… empresario principal del cabaret; alto, delgado, de melena larga…”. Se saludan. El catalán conoce de Azul… y de las Prosas Profanas, de Rubén, y Rubén conoce el trabajo de aquellos “cuatro gatos modernistas”: Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Miquel Utrillo y el mismísimo Pere Romeu. Los hermana la poesía nueva y se abrazan. Rubén pregunta por Rusiñol y Pere le dice que éste se encuentra en Sitges, legendario refugio modernista catalán en donde está la mansión del poeta pintor. Después pregunta por el “malsano” Pompeu Gener, responsable de traer a la ciudad condal a ni más ni menos que el súper hombre acompañado de su compadre Zaratustra. Le dicen que “a ese no le buscase, pues solamente la casualidad podría hacer que le encontrara”. Para contrarrestar tanta negativa “y como era día de marionetas”, Pere Romeu invita a Rubén Darío, el nicaragüense, a que regrese por la tarde para ver el espectáculo.
Els Quatre Gats, antes de convertirse en pieza clave de la mitología cultural catalana, había sido engendrado en París, que era donde más brillaba, estamos claros, la luz universal del arte y la cultura occidental. Allí Romeu, Utrillo, Rusiñol y Casas descubren la magia y la importancia social del café concert. Allí conocen y se relacionan con Toulouse-Lautrec, Aristide Bruant, Yvette Guilbert, Erik Satie y los idolatrados y admirados Puvis de Chavannes y Eugene Carriere. Le Chat Noir de Rodolphe Salis, el Café Le Mirliton de Bruant y Les Quatre Arts eran entonces los verdaderos sitios de incubación de la vanguardia parisiense. Y en ellos se embeben de modernidad los cuatro artistas catalanes. Sueñan entonces con hacer algo similar, pero mejor o quizás distinto, en Barcelona. Y así sería. Romeu estudia con cuidado y fascinación los títeres de sombras de Le Chat Noir y junto a Utrillo se integran al grupo de sombras de Léon-Charles Mậrot, que llegara a viajar a la Ferie Internacional de Chicago. Para mientras Rusiñol y Casas se dedican a pintar y volver a pintar. Participan, junto a Los Nabis y Post-impresionistas, en el Salon des Independants de 1891. Sembraban.
Una vez de regreso a Barcelona y sustentados en gran parte por los bee gees de Manuel Girona y del propio Ramón Casas, que insólitamente eran ricos, generosos y cultos, los cuatro amigos abren la cervecería-taverna-hostal Els Quatre Gats. La llaman así en homenaje al icónico Gato Negro de París, y medio en broma medio en serio pensando que quizás solo llegarían cuatro gatos al antro que inaugurarían el 12 de junio de 1897. Se equivocaban. Desde que abrió sus puertas hasta que las cerró en julio de 1903, Els Quatre Gats, con sus funciones de sombras y títeres, con sus exposiciones de artes plásticas, con sus noches de música moderna, con sus conferencias y lecturas de poesía, pero más que nada con el intercambio fructífero de las nuevas ideas políticas de Bakunin y de las nuevas ideas estéticas simbolistas, se convierte en el vórtice de la Renaixença catalana. Allí confluirían las “viejas” y las nuevas generaciones del modernismo catalán. La generación formada por Rusiñol, Casas y Non ell, y la nueva generación formada alrededor de Pablo Ruiz Picasso por Pallares, Casagemas, Sabartes, los hermanos Soto, Reventós y Junyer-Vidal.
Els Quatre Gats era pues, como lo afirmaba el manifiesto redactado en 1897, “una taberna para los desilusionados; un rincón lleno de calidez para aquellos que sienten añoranza de un hogar; es un museo para aquellos que buscan iluminaciones para el alma; es una taberna y una parada para aquellos que aman las sombras de las mariposas y la esencia de un manojo de uvas; es una cervecería gótica, para los enamorados del norte y un patio de Andalucía para los amantes del sur; es una casa de curación para los males de nuestro siglo y un lugar de amistad y armonía para aquellos que entran inclinándose bajo el pórtico de esta casa”.
Cuando Rubén retorna por la tarde a Els Quatre Gats lo espera Pere Romeu como santo modernista bajo de uno de los nórdicos arcos góticos. Lo toma del brazo y penetran juntos en la sala gran que estaba decorada con “carteles, dibujos a la pluma, sepias, impresiones, apuntes y cuadros también completos de los jóvenes y nuevos pintores barceloneses…”. El mas grande de todos los cuadros mostraba al propio anfitrión Pere Romeu junto con Ramón Casas, autor del cuadro, en una bicicleta de dos sillas sobre la leyenda Per anar am bicicleta / No’s pot du l’esquena dreta (Para andar en bicicleta / No podes poner la espalda recta). Sí, se dijo Rubén, para avanzar no se pueden guardar las apariencias. Su anfitrión lo condujo luego hacia el fondo donde se encontraba la salita de representaciones que estaba casi llena ya. Rubén, cual fauno experimentado, se fija de inmediato en la “nota graciosa de varias señoritas intelectuales” y se sienta lo más cerca de ellas posible. ¡Carne, celeste carne de la mujer! Perfume vital de toda cosa.
“Naturalmente los títeres de los Quatre Gats hablan en catalán” y el sudaca no entiende ni caca. (Segunda temporada de los Putxinel-lis con Julio Pi, maestro titiritero, como la estrella principal) “Era una pieza de argumento local, que debe haber sido muy graciosa, cuando la gente reía tanto. Yo no pude entender sino que a uno de los personajes le llovían palos, como en Molière; y que la milicia no estaba muy bien tratada.” Rubén se dedica a observarlo todo con detenimiento y admiración. Escuchando la risa desenfadada de las “señoritas intelectuales” detiene su mirada en el marco cerámico que decora el escenario. Allí, bajo el lema L’ home que he vulga viure, Bons aliments y molt riure (El hombre que vive una buena vida, (necesita) buenos alimentos y mucha risa), otra damisela, ésta pintada, deja volar su risa y su imaginación. A ambos lados del pequeño escenario Rubén ve los carteles litográficos diseñados por Casas y Utrillo para anunciar las Sombras Artísticas de 1897. Rubén reconoce de inmediato la figura de Romeu haciendo contrapeso con su largo abrigo negro a la solitaria dama del primer plano y en el fondo junto a un grupo de personajes también descubre la efigie de Rusiñol.
El indio chorotega agarra con sus manos de marqués y sin premura otro de los bocks que circulan con celeridad por el salón y al dar el primer trago o quizás el segundo, brinda por el soplo cosmopolita que esta singular brotherhood catalana ha hecho posible y claro, mejor no piensa en el barrio chino y toda su miserable fauna dizque humana.
En Els Quatre Gats suele, además, haber exposiciones, reporta Rubén a sus lectores de la Nación de Buenos Aires. “Los catalanes sí han hecho lo posible, con exceso quizá, por dar su nota en el progreso artístico moderno… Cuentan con Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de todo encomio y atención; con Pichot y otros que, como Nonell-Monturi, se hacen notar no solamente en Barcelona, sino en París y otras ciudades de arte y de ideas.”
Ni una sola palabra acerca de Pablo Picasso y tampoco acerca de Pablo Ruiz. Éste aun no era parroquiano frecuente del local como lo sería a partir de febrero de ese mismo año de 1899. Una lástima verdadera, pues entonces se hubiesen entendido y compenetrado. Después ya no. El Darío y el Picasso de principios del veinte vivirían en dos mundos diferentes y opuestos.
Al terminar la función de títeres Romeu busca a Rubén. No quiere que éste se vaya sin darle una copia del manifiesto de Els Quatre Gats escrito por Rusiñol, firmado por él e ilustrado por Casas y no Picasso. Lo encuentra conversando con una de las “graciosas señoritas intelectuales”. La más tuani. ¿Para qué?, el cabezón se pone siempre más veloz con sus traguitos. A la verga la sobria timidez. La culta dama está fascinada con el aspecto primitivo de aquel príncipe cobrizo. Sólo las plumas le faltan está pensando la muy guarra sin imaginarse siquiera que aquel piche era el responsable de la renovación entera de su tierna y rosa lengua. (Lo comprendería luego por la noche). Pere Romeu, aunque celoso, pues se trataba de la primorosa y experimentada Julita, a quien justo pensaba llevarse a la camita, comprende que la cuestión de la herencia hispanoamericana es de doble vía, así que en vez de agarrarlo a patadas como suele suceder ahora en el metro de Barcelona con los inmigrantes indígenas, sólo lo toma de la mano y le dice: hostias tío, sois un gran veloz. Luego le da el manifiesto y le dice: a lo mejor te sirve para una de tus crónicas. Y así sería.
Managua-Barcelona-Managua
01-11 /2007