Nuevo Amanecer

Involuntario


Tú eres el asustado gladiador que alguien arrojó de un empellón
al centro de la arena,
ante treinta mil gargantas enfurecidas por la sangre,
ante sesenta mil ojos ensangrentados por la furia,
bajo el ascua del sol indiferente a tu confusión y a tu destino.
Una corta espada en la temblorosa mano
y un escudo más pequeño que tu miedo.
Y la firme sospecha de que salir de ahí
sólo es posible por el portal de los cadáveres.
Todos te gritan exigiéndote que mates
y gritan a tu rival exigiéndole que mueras.
Todos están condenados, los que luchan y los que aúllan
y nadie saldrá con vida del siniestro coliseo.
De reojo buscas una abertura en la pared de piedra,
un refugio para escapar de la tempestad de hierro,
o una oportunidad para bajar tu escudo
y dejar que tu espada caiga resonando en tierra.
Pero no hay piedad ni vacilación en la mirada enemiga
ni asomo de cansancio o de tregua.
Esquivando los golpes resbalas en un pavimento de coágulos
y sabes que tienes que matar, aunque luego mueras.
¿De quién fue la idea de crear esta farsa de sangre,
esta colosal demencia?
Eso no importa ahora, porque este es el mundo,
esta es la vida, gladiador involuntario,
y la función seguirá aunque sean otros los que griten,
otros los que maten y otros los que mueran.