Nuevo Amanecer

Marea convocada


Bien puede salir una ola antigua de mares sin siglos, tumbos que nos dejaron piratas y banderas extrañas, pieles tostadas y ojos con fondo de gaviotas deseadas, pero también el mar hacerse cuerpo de mujer, /una pequeña flor de sal, / un molusco… De eso y tantas victorias, alienta, por cada verso encontrado, la lectura de “Marea Convocada”, poemario escrito por Carola Brantome.
Los prólogos pueden empujar la lectura a determinado muelle. Cuando vienen libros con preámbulos, introducciones, comentarios, viñetas, es deber del novo marinero abandonar las brújulas y ajustarse a las estrellas y otras celestes señas, tomar el texto original y percibirlo, rodearse y, en el caso de este poemario, asumirlo.
Llevado por lecturas que van del mismo Jorge Luis Borges a Alberti y, por supuesto, constante y actual, Rubén, para acometer otras en parte del Gran Siglo de Oro Español, poemas de la jerónima Juana Inés de la Cruz, o de los autores de la Generación del 27, llegó a mis manos la espumosa “Marea Convocada” que, al retornar al manto oceánico, deja más firme que nunca las líricas rocas de basalto con que se construye la poesía de hoy.
No me entusiasma levantar muros ni fronteras a la literatura. Los muros están de moda. Cayó el de Berlín y el Presidente Bush levantó otra en la frontera México-estadounidense. Y, en el terreno del arte, se levantan las tapias, los cercos de piñuela, las barreras de una cierta “literatura femenina”.
Si yo leo a Carola, desde esta perspectiva de los encerramientos, podría perder mucho de su energía creadora. Carola va más allá: el arte no tiene más que el precio de la calidad y no una placa, un código de barras, una cédula donde se identifique el género de donde procede.
La leí en la plena libertad de las mareas, más cuando son de plenilunio. La leí sin cometer el delito de medirla por calendarios, porque a la poesía, si es buena a los ojos de uno, carece de fecha de vencimiento, porque bien puedo intercalar sus textos, entre los versos de la versión de “una plegaria latina” de Sor Inés Juana de la Cruz con sus “Frutas Creciendo”.
“Del pecado, el duro azar/ sentimos y padecemos; / y nunca enmendar queremos”. “Ilimitado y terrible/ como el mar que la luz anega, / crece sobre la playa/ a sabiendas que en mi cuerpo/ afilan obsidianas,/ queriendo ver/ lo que no les es dado”
La autora mueve los espacios para el lector, entre el mar desplegado de imágenes y el real, pero esa realidad después llega al punto donde la lírica puede alcanzar la transición de la pintura de un Dalí con “horas lechosas que no se justifican/ días bebidos como agua”.
El mar se vuelve casi su autor infinito, en una escritura al alimón entre la noción de la inmensidad y lo que la poetisa puede compartirnos. Son símbolos, pintura de la abstracción, mar lúdico que empapa de océano a las criaturas: “el peso de nuestra risa/ llena de vacío”. O “una ventana/ navega en la frente/ y la puerta abierta es sola como el aire”.
“El férreo cetro/ que desiste derretirse/ en sal”, que lo tomo del poema “Para visitar una isla”, nos da la calidad de una voz propia en la poesía nacional, sin tapias ni tabiques impuestos por las modas. Poesía nacional que es un adelanto y nos prepara a encontrar, de cuerpo entero la calidad de un texto faro, texto guía y alumbrador: “El caracol obsceno”. ¡Léalo!
Ese caracol, casi “Aleph” borgeano, pero propio a la vez, nacido de una visión múltiple, de los espacios infinitos, de un mundo que se desgrana a partir de un centro, de un obsceno caracol prohibido, donde todo puede alcanzar en la imagen captada por un daguerrotipo, hasta las luces de Las Nubes vista desde Ticomo.
Yo quisiera regalarle…/ un pez lucio que salte en la noche/ las bocas de todas las corzas vírgenes/ los pies que oprimen uvas/ el vino de las uvas…”
Saltando a “Frutas creciendo”, el otro poemario, la escritora afirma el mar de su arte: “La luz es un barco hundido/ y enclavado el velamen gotea el ojo de agua/ Te es benigno el puerto,/ seguro tu despertar será sueño/ sin viento,/ sin mucha violencia salina…
Leer a Carola Brantome es entrar a un mar desconocido, original, donde la vida se revela mejor en olas de imágenes, en criaturas que no están hechas de tierra firme, se los digo para que no sólo las veamos en su andar de suelo, sino que entre el agua y el cielo ocurre toda su potestad:
“Te haría de mi sed. / Bebería delfines anclados en tu piel”. Si todavía quiere más velas y vientos para conocer a esta poeta, es que usted no fue convocado y no le pertenece este Mare Nostrum.
Jinotepe en plenilunio octubral.