Nuevo Amanecer

¡Frida Kahlo… pata de palo!

2007: Centenario del nacimiento de la artista mexicana Dedicado a Marcio Vargas Arana

1. Frida (desde niña con decisiones propias)
Frida Kahlo Calderón nació el 6 de julio de 1907 y no el 7 de julio de 1910, como se ha creído y publicado durante cuatro décadas. Debido a ese error histórico en varias partes del mundo se ha celebrado este año el 7 de julio como la fecha del centenario de su natalicio, pues se han cruzado el año y el día y se ha dicho que la fecha real es 7 de julio de 1907, lo cual es un error también.
Explica su biógrafa, Hayden Herrera, que el error lo generó la misma Frida al declarar a la prensa mexicana la decisión de su fecha y lo describe así: “como reclamando, quizás, una verdad más importante que lo que permitía el hecho preciso, no eligió el verdadero año como su fecha de nacimiento, sino el de 1910, año en que comenzó la revolución mexicana; y puesto que fue hija de la década revolucionaria, en la que en las calles de la ciudad de México dominaba el caos y el derramamiento de sangre, decidió que ella y el México moderno habían nacido juntos”. Los amigos y admiradores durante toda su vida le mandaban regalos los dos días y ella decía sentirse “dos en una”.
Era sin duda una artista que deseaba jugar con la historia y la imagen de sí misma que iba a dejar a la posteridad; creó, por ejemplo, una confusión y polémica en la prensa internacional entre 1930 y 1945 sobre su verdadero nombre y el origen de su padre al firmarse “Frieda”, como escribían el nombre los judíos, pero cuando comenzó la represión hacia los judíos se firmó como la inscribieron sus padres en el registro civil de Coyoacán.
Desde muy pequeña rompió con los esquemas de la sociedad en la que le tocó nacer -machista y de principios de siglo- y eliminó la lista de nombres con los que formalmente la identificaban en los bancos y en la escuela: Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón, pero eligió Frida, porque significa Paz en alemán. Hasta su padre Guillermo Kahlo no se llamaba así, sino que se cambió el nombre al emigrar para siempre de Alemania a México y se alejó de sus raíces; pasó de Wilhelm a Guillermo. Había tomado una decisión repentina, definitiva y extraordinaria, la niña creció escuchando esa historia y decidió ser “muy Kahlo toda la vida”.
2. Un pájaro herido (Poliomielitis)
Poliomielitis es el primero de los males que azotaron la adolescencia y juventud de Frida Kahlo; la experiencia le cambió las ideas que había creado sobre lo que significa ser sano o enfermo, adulto o niño. A los seis años y estando en el jardín de infantes contrajo poliomielitis en la pierna derecha. Sus padres la sacaron de la escuela y la llevaron a una recuperación primero en el hospital y luego en la casa, ese es el primer largo encierro de aquella niña que deseaba estar presente siempre, saberlo todo, decir lo que pensaba, no perderse nada de su propio crecimiento y el de sus hermanas.
Cuando cumplió siete años pudo volver a la escuela y usaba botas para cubrir la pierna que le había quedado marchita y con cicatrices como de “un tronco de cedro”. El uniforme de los colegios en México para las niñas era una falda hasta la rodilla y calcetines blancos altos; Frida usaba cuatro calcetines en la pierna derecha, sus zapatos escolares eran de un tacón más alto que el izquierdo. Pero cuando caminaba se miraba la verdad de su estado, en la información que compila la historiadora Herrera cita que Frida “caminaba como un pajarito herido”, dando saltitos que le daban un toque divertido.
Durante ese doloroso período se hizo más amiga de su padre; él sufría ataques de epilepsia en la calle, se caía y temblaba con aspavientos que la gente señalaba como un mal congénito, hereditario, diabólico. Daba mucho material para lástima el hombre lleno de polvo y baba en el suelo, siendo ayudado a volver a casa por una niña que cojeaba y que para cruzar una calle hacía malabarismos. Cuando salía en bicicleta la gente se burlaba y le gritaban: ¡Frida Kahlo, pata de palo! “Aquel terrible momento de mi vida me hizo más fuerte, resuenan aquellas voces en mi mente, pata de palo, pata de palo… Esa soy yo, orgullosa de mis crisis que me hicieron quien soy”, escribió en su diario veinte años después.
3. La columna rota (el accidente)
No fueron solamente los huesos de Frida los que terminaron rotos sino su sueño de ir pronto a la universidad y de continuar haciendo deportes como lo hacía desde la poliomielitis, cuando el médico le indicó natación, bicicleta y fútbol. El óleo de su vida se rasgó por el centro con una cortadura ensangrentada a causa del accidente sufrido a los 18 años; iba paseando en un autobús con su novio Alejandro, el 17 de septiembre de 1925, cuando chocan con un tranvía en el cruce de la calle Cuahtemotzín y la 5 de febrero.
El resultado fue trágico, según lo anuncia la prensa de la época, había cuerpos reventados por todas partes, pedazos de carne humana y tirones de pelo en las cunetas, extremidades esparcidas por las aceras y Frida quedó entera y en plena calle, el pasamanos del bus se quebró y la atravesó de un lado a otro en la pelvis. Un transeúnte que miraba fue y sacó el hierro con fuerza mientras la muchacha sufría y no podía gritar de tanto hacerlo con fuerza monumental.
La columna se quebró en tres huesos lumbares, una fractura en la clavícula, otras en las costillas, su pierna derecha sufrió once fracturas, se zafó el pie derecho, se dislocó el hombro izquierdo y se rompió la pelvis, el hierro que la atravesó entró por el abdomen en el costado izquierdo y le salió por la vagina. Para que se curara tanto la pelvis como la clavícula pasó un año en cama sin poder salir a la calle ni ir al baño a hacer sus necesidades; soñaba con la muerte, con calaveras, con sombras que se desdibujaban en la noche, voces que le llamaban y recordará todo ello como efecto de los estupefacientes que tomaba para aliviar el terrible dolor.
¡Cómo no iba a pintar sangre! ¡Cuánto dolor para una sola mujer! Desarrolló desde entonces un humor mordaz y alegórico, “si había perdido el miedo a la muerte era capaz de cualquier cosa”, reflexiona Frida en su “Diario de los pensamientos y vivencias”.
4. Pinceles, paletas y lápices (Cuando comienza a pintar)
En los tiempos de cama pasaba horas escribiendo cartas y pintando “para distraerse”. En su vida fue sometida a 32 cirugías y cada una le dejaba meses de encierros en un hospital o en su casa. Usaba corsés de yeso, tablillas y vendas, sintiendo siempre dolor en su columna y en todo el cuerpo. Frida pintaba lo que le acontecía, lo que soñaba, lo que mirara a su alrededor entre horas de somnolencia y de estupefaciencia, entre realidad y realidades paralelas. Se hizo una pintora tan realista que declaró una vez: “Dicen que soy surrealista y moderna en el lienzo, si supieran que soy tan realista”. Entre realismo y surrealismo a lo largo de su diario escribe durante su vida un ensayo sobre pintura, que sería interesantísimo si un historiador o investigador se dedicara a compilarlo.
La pintura le ayudó a crecer y aprender en medio del dolor, crecer a gran velocidad, con conocimientos que llegan de golpe, como confiesa después a la prensa mexicana: “envejecí del hospital a mi casa, donde reposé por un año… ¿reposar? ¿Quién reposa un año? ¡Uno se muere en un año de quietud! Y quienes viven y cuentan han resucitado, soy una santa”, concluye con sarcasmo.
Cuando un periodista le pregunta porqué se pinta y no todo lo que sueña o ve, ella contesta: “me pinto a mí misma porque sólo a mí me tengo en este hospital, qué más voy a pintar si sólo a mí me veo”, y le cuenta a su novio Alejandro en una carta: “a mí nada me pareció más natural que pintar lo que no se había realizado”. Narra en su diario: “me retrato a mí misma porque paso mucho tiempo sola y porque soy el motivo que mejor conozco”. ¿Habría Frida llegado a conocerse en plenitud?
Entre 1925 y 1926 comienza a pintar sobre lienzos sin abandonar sus dibujos que hacía en las páginas del vasto diario que coleccionó en su vida, y escribía cartas, monólogos en sus cuadernos y acumulaba legajos de papeles con dibujos de colegiala hasta perfeccionar las curvas, los trazos con lápiz, las sombras con plumillas y todo lo que lograba con el dibujo, así como en sus avances clínicos y terapéuticos.
Escribía con mucho entusiasmo, aunque no con gran vocación y estilo, desplegaba palabras y oraciones más bien en ráfagas, todos sus pensamientos corriendo a la velocidad que pasaban en su mente, no a una velocidad literaria, carecían de narración -porque narrar y contar cosas en literatura nunca son la misma cosa-. Usaba palabrotas mexicanas y sin mucho refinamiento de estilo. No escribía con intención de publicar sino con interés de soltarse en palabras y puede observarse, si se leen sus cartas, que ella desarrolla el género epistolar literario con gran nitidez.
“¿Por qué estudiar tanto? ¿Qué secreto buscas? La vida pronto te lo devolverá. Yo ya lo sé todo, sin leer ni escribir. Hace poco, tal vez unos cuantos días, era una niña que andaba en un mundo de colores, de formas precisas y tangibles. Todo era misterioso y algo se ocultaba; la admiración de su naturaleza consistía en un juego para mí ¡Si supieras lo terrible que es alcanzar el conocimiento de repente, como si un rayo dilucidara la Tierra! Ahora habito un planeta doloroso, transparente como el hielo. Es como si hubiera aprendido todo al mismo tiempo, en cosa de segundos”, escribe en una carta a su novio Alejandro en 1927.
5. Dramática y obsesiva (con Diego Rivera)
En la década de 1920 los jóvenes mexicanos se habían lanzado a las calles reclamando la autonomía universitaria que al fin se logró en 1929. Había pancartas, gritos, paredes rayadas y pintas por todas partes. Fue así como se conoció con Diego Rivera, cuando ella se afilió al Partido Comunista; él tenía 41 años y una carrera de miles de metros pintados en muros y paredes de casas.
Diego había traído a Mesoamérica un estilo influenciado por la pintura europea del momento, lo que atrajo a Frida, porque ella con sus dibujos a lápiz había creado un estilo Art Decó, el mismo que él manifestaba en los muros y eso los hizo coincidir en la pintura. Se conocieron en 1928. Escribe su biógrafa Hayden Herrera: “El arte y la revolución eran temas que seducían a Frida y todo el conocimiento que aquel hombre tan feo podría transmitirle a ella lo hacía verlo lindo”.
Mucha de la crítica misógena ha dicho que Frida fue una pintora amparada por la sombra de Rivera, lo que se convierte en un absurdo cuando se ha estudiado la vida de Frida con detenimiento. Ella pintaba antes de conocer a Diego y fue precisamente cuando fue a mostrarle su pintura al maestro para pedir su opinión el momento en que tienen el primer contacto físico. Frida misma lo describe en sus memorias escritas a mano en las páginas de su diario:
“En cuanto me permitieron caminar y salir a la calle (después del accidente del autobús con el tranvía) fui a ver a Diego Rivera con mis cuadros (…) sólo lo conocía de vista, pero lo admiraba muchísimo. Tuve el valor de hablarle para que bajara del andamio y viera mis cuadros, y me dijera con sinceridad, si tenían o no valor”. Frida pintaba retratos, Diego al pueblo, quería representar filosofías e ideas; ella quería mostrar sensaciones y sentimientos, dolor emocional y físico, llanto, soledad y abandono. El rojo de Diego era comunismo, el rojo de Frida era sangre.
Cuando los pintores surrealistas pintaban en sepia formas grises y seres nocturnos, ella pintaba paisajes de día porque decía: “el demonio anda de día y no de noche”. Pintaba a veces sin perspectivas y las proporciones humanas disparatadas, todo con colores, no había movimiento en su obra, era quietud y dolor, o símbolos que representaban sólo lo que ella sentía, eran como unos murales sobre pequeños lienzos, acomodaba muchos motivos en el espacio y caricaturizaba a los personajes. Estas cualidades son las que Rivera encontró maravillosas en Frida, una mujer en los años veinte que pintaba con un estilo propio, que hablaba y escribía al descubierto sin los pudores de la época y que pintaba sin influencias.
Eran apasionados los dos, se casaron el 21 de agosto de 1929, ella a los 22 y él a los 43 años. Es ese otro rompimiento con el imaginario y la cultura de la época de los veinte en México, por doblar él la edad de ella y no les importaba a ninguno. Se divorciaron y se volvieron a casar, unas segundas nupcias con toda pompa y Diego se vuelve para siempre la obsesión de su pintura y de su vida. Frida lo amaba con locura, con interés sexual, humano, lo quería como padre, como hombre, como artista y como comunista.
6. Un cactus en el desierto (la pintora modernista que no pudo tener hijos)
La modernidad de Frida consiste, si lo vemos hoy con la realidad contemporánea o con los estilos e innovaciones del siglo XX, en que pintaba un surrealismo en colores encendidos, razón por la que la tildan de “moderna”, porque en el siglo XIX el surrealismo se pintaba en grises o con símbolos difíciles de descifrar como códigos de la historia o del momento que se vivía, muchos pintores lo hacían para sobrevivir a su tiempo y aún más, sobrevivir a la posteridad. Frida pinta con desnudez en ese sentido, sangre, dolor, mujeres sufriendo por un hombre, la obsesión, los sueños y pesadillas, la soledad y el dolor de no poder tener hijos, con símbolos alegóricos de fertilidad de la tierra, nacimientos ensangrentados y muchos retratos de niños.
Es muy cierto que la sangre llega al pincel de Frida a partir de su accidente cuando tenía 18 años, pero se refleja una sangre digamos “pasiva”. La sangre “agresiva”, estimado lector, se refleja en la pintura de Frida a partir de su primer aborto y su mayor expresión en su obra se titula “Frida y el aborto”, una litografía realizada en 1932 y lo intentó otras tres veces, pero todos terminaron en hemorragias y ella, para pasar la vida compraba más tubos de óleo rojo. Se dedicaba también a pintar muñecas y bebés, siempre ensangrentados. Aparecía en la pintura ella sacrificada, rota, cubierta de sangre, con el rostro impávido y el dolor reflejado en el brillo o la palidez de sus ojos en todos los autorretratos, es una Frida que no sonríe.
Esos eran sus alienantes, pintar, escribir, andar con los amigos, atender a Diego. Una vida artística y cultural deliciosa, sólo estaba ausente cuando se internaba, pero se enteraba de todo, pues leía los diarios y cuando llegaban los amigos a visitarla comentaba los eventos como si hubiera estado presente.
El martes 13 de julio de 1954 muere Frida Kahlo dejando un retrato de Stalin sin terminar, pintaba acostada o sentada en una silla de ruedas. Había sufrido los males de su pierna derecha y los de la columna, las heridas y secuelas de los abortos, los huesos que no se curaban y los resfríos que pronto se convertían en pulmonía o neumonía Y, como dice la conocidísima leyenda, nos queda de Frida el legado a sangre viva de aprender y florecer luego del dolor o del largo camino de la recuperación.
San José, Costa Rica, 4 de noviembre, 2007.