Nuevo Amanecer

Las Venas Abiertas de América Latina (1971)

Eduardo Galeano (Montevideo, 1940)

Según el hijo de Vargas Llosa dice en el libro de burdo título que prologó su padre actué hace poco como lo debe hacer “el perfecto idiota latinoamericano”, es decir me leí Las Venas Abiertas de América Latina, aunque fue más un ojo echado, un recuerdo. Tenía contra este libro lo que se tiene contra cualquier estereotipo. Me parecía que como había hecho el marxismo con la historia, se trataba de una simplificación demasiado evidente como para tomarlo como explicación de las causas de todo, o sea que la lucha contra la explotación no era sólo el denominador común de América Latina, sino que había otras cosas que el libro injustamente olvidada. Y bueno, también estaba ese orgullo individualista de decir que no lo había leído.
De hecho, hasta hace poco lo llevaba a gala: “Yo no he leído Las Venas abiertas de América Latina”. Como siempre he estado en contra del uso de los uniformes, me parecía que haber leído ese libro era como utilizar un uniforme con el que identificarme de izquierdas. Sin embargo, hace poco un amigo me dijo que le habían preguntado cuáles eran para él los 20 libros más importantes que se habían publicado desde 1970, libros que, en cualquier lengua y en cualquier país, por su influencia hubieran sido cruciales para la evolución y el debate de las ideas políticas, culturales, etc. Y sin quererlo, me salió pensar en este libro excepcional para esta sección, por no tratarse meramente de una obra literaria, aunque tenga buena parte de literatura. Me parecía que se trataba de uno de los libros que ha calado más hondo en el continente y con el que muchos han sentido una filiación común, como un tronco de dolor en el que sentirse hermanos. Y mírenme ahí, diciendo por un lado que se trataba de uno de los libros más influyentes y, por otro, con el orgullo de no habérmelo leído. Así que como por la boca muere el pez, decidí volver a echarle un vistazo con otros ojos.
Y para colmo, estos días pasados, con el terremoto de Perú, los medios dieron cuenta de algo que peligrosamente se ha descuidado. Hasta que la tierra tembló trágicamente en esa zona costera de Perú, la imagen que hasta el mismo Vargas Llosa estaba vendiendo en sus últimos artículos sobre la modernidad y el avance del Perú no era cierta. La enorme pobreza, y la miseria, ha sido descubierta en su destrucción en un triste paradoja que otra vez nos pone de frente las mismas venas abiertas de América Latina, las mismas de siempre, la desigualdad de todavía. Y después el huracán “Félix” pasó por Centroamérica confirmándolo.
En las páginas del autor uruguayo Eduardo Galeano volví a ver los espejos de este continente resistido al dolor, y cuya desigualdad se va haciendo más patente a medida que ya lejos de los conflictos nos ha quedado la misma miseria. Sería aconsejable no dejarse vencer por la rotundidez del texto, aceptarlo como la única explicación. Pero hay momentos que eso es imposible, y uno lo acepta para dejarse explicar. Hay momentos como éste:
“Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo, más que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento empleaba para abrir las puertas del paraíso en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas.”
O éstos:
Los esclavos se llamaban «piezas de Indias» cuando eran medidos, pesados y embarcados en Luanda; los que sobrevivían a la travesía del océano se convertían, ya en Brasil, en «las manos y los pies» del amo blanco. Angola exportaba esclavos bantúes y colmillos de elefante a cambio de ropa, bebidas y armas de fuego; pero los mineros de Ouro Preto preferían a los negros que venían de la pequeña playa de Whydah, en la costa de Guinea, porque eran más vigorosos, duraban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro. Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de Whydah para que la suerte lo acompañara en las exploraciones. La explosión del oro no sólo incrementó la importación de esclavos, sino que además absorbió buena parte de la mano de obra negra ocupada en las plantaciones de azúcar y tabaco de otras regiones de Brasil, que quedaron sin brazos. Un decreto real de 1711 prohibió la venta de los esclavos ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en las minas, con la excepción de los que mostraran «perversidad de carácter». Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los negros... morían rápidamente, sólo se llegaban a soportar siete años continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruzaran el Atlántico, los portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil tenían la obligación de asistir a misa, aunque les estaba prohibido entrar en la capilla mayor o sentarse en los bancos”.
Como ustedes pueden comprobar, Galeano transpira la literatura, y aunque este libro que ya pasó a la historia, la historia de siempre, es de un género peculiar, entre el periodismo y la literatura, tanto sus fuentes e investigación previa como el cuidado de su lenguaje lo hacen únicos.
Es criticable, y mucho, pero siempre y cuando se lea, y se acepte que en gran parte, en mucha, tenía razón. Y, bueno, en cuanto a la simplificación de la historia contada según explotados y explotadores, qué quieren que les diga, a veces no hay otra manera de explicar el dolor, por la parte de los que pierden. Llevamos la derrota escrita en el destino, y hasta los triunfos que conseguimos llevan su amargor, desde los tiempos de Bolívar.
La obra de Galeano, tanto cuentística como de otros géneros, es interesante, pero hay que empezar por Las Venas Abiertas, aunque algunos digan que ya está pasado de moda. El libro consta de dos partes: “La pobreza del hombre como causa de la riqueza de la tierra” y “El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes”. Sin embargo, también posee una introducción (“Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta”) y una especie de conclusión denominada “Siete años después”.
La victoria de Galeano frente a los que tachan de idiotas a los que leen su libro, es que el suyo está ahí reeditándose en las vitrinas y en la historia, a pesar de los críticos, entre los que yo me contaba. Hay que leerlo y después criticarlo, con toda la pasión que se quiera.
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