Nuevo Amanecer

Yo tampoco soy guanaco


El pasado martes 04 de septiembre el mago Fanci en su acostumbrada columna de diario Colatino, El Mago Habla, se refiere a un tema que no muchos ni muchas están dispuestos a discutir. Se trata del desafortunado gentilicio guanaco, como se nos conoce a los salvadoreños en el mundo, un adjetivo peyorativo del cual muchos connacionales se sienten orgullosos, tal es así que hace algunos años el grupo musical Fiebre Amarilla grabó un disco que entre otras cosas decía: “Yo soy guanaco, sí señor, guanaco soy de corazón...”
Pareciera que los salvadoreños estamos dispuestos históricamente a adoptar como himnos de nuestra identidad cualesquiera canciones que aludan a la sumisión supina, como es el caso también del famoso “carbonero”, que se baila con paso de tlameme y diciendo: “Sí, mi señor, es buen cabrón, perdón, carbón...”
En una reunión de escritores realizada en Managua, a la que asistí en mayo de este año, el amigo Rick McCallister quedó confundido cuando le dije que yo era salvadoreño pero no guanaco. Luego pasé a explicarles al gringo y a los otros contertulios mi posición al respecto, ya que todos y todas me volvieron a ver como si estuviera orinándome en la bandera.
Primeramente, les comenté, ningún investigador, historiador ni antropólogo, ha brindado hasta la fecha una razón contundente ni comprobada, de por qué a las y los salvadoreños nos dicen guanacos. Unos especulan que porque escupimos en cualquier lado, otros dicen que por la resistencia de macho de carga ante el cansancio, hay quienes aducen que por la capacidad de reproducción. En una malograda edición de un librito mío responsabilidad de Editorial Arco Iris, hace catorce años, yo anotaba en la página 138, en voz de un personaje: “...a mediados del siglo XVIII, España permitió el libre comercio (aunque bastante restringido) entre Perú, Nueva España, Nueva Granada y la Capitanía de Guatemala; fue entonces que el bálsamo producido en nuestras costas comenzó a circular hacia Europa vía Perú, y resultó que en este país, mis hermanitos que iban en los barcos balsameros como bestias de carga fueron apodados guanacos, por la resistencia similar al camélido aludido...”
Lo cierto es que se trata del único apodo gentilicio en toda Centroamérica, que nadie sabe quién ni por qué nos lo pusieron a los salvadoreños como apelativo. Cualesquiera aseveraciones, entonces, son puras especulaciones a veces hasta literarias.
En segundo lugar, guanaco es un camélido originario de Sur América, del cual en Chile existen reservas para protegerlo, ya que al igual que muchas especies en el mundo el pobre camellito sin joroba se encuentra en punto de extinción. Es curioso, por lo tanto, que a los salvadoreños nos digan guanacos, ya que no se trata de un animal oriundo de la región centroamericana y como si esto fuera poco, el Estado jamás se ha preocupado por exhibir en el zoológico nacional un ejemplar de guanaco para que la gente conozca cómo es el mentado aludido; bueno, lo más probable es que si trajeran uno, al día siguiente se moriría por falta de atención adecuada.
Además, para más fregar, el diccionario de la RAE dice en dos de sus acepciones que guanaco en América Central se le llama al rústico, al tonto o al simple.
Y para colmo de males, el más grande poeta de este país, Roque Dalton, al referirse a sus pobres hermanos, dice: “Guanacos hijos de puta...”, en una alusión cruel y directa al comemierdismo superlativo que significa el dicho gentilicio que a tantos y a tantas y a tontos les llena de orgullo.
Por todo lo anterior felicito al mago Fanci por su propuesta de sacrificar el símbolo del guanaco, por otro animal menos estúpido y más nuestro en todos los sentidos, el jaguar, “con sus vivaces ojos color de miel --escribe el mago-- desde su soberbia cabeza felina; alerta, tranquilo y dueño de la situación”. ¡Abur!