Nuevo Amanecer

Relatos


Desde hace muchos días no he vuelto a hablar en mi propia lengua. Llevo días a toda prisa simplificando nuevos códigos de vida, dentro de fronteras estrechas. Estoy queriendo aprender ese frenético vivir-no-vivir que no entiendo, ni el trasfondo de su dureza, al igual que esos estímulos extraños que no siento porque no son míos. Llevo días aprendiendo el manejo de ese equipo de trabajo que posee su propio idioma de señales, de alarmas, de carreras exactas sin disculpas. Llevo mucho tiempo hundiéndome más en esa aventura, asombrosa y difícil, repitiendo por debajo que por ahí en lo oscuro debe de haber una salida permanente que deseo no encontrar.
Cuando saco los ojos, veo desde mi colina las riberas del Ruhr, las autopistas gigantes, las iglesias serias como cervecerías ancianas; veo sus cúpulas desnudas en la noche y las llamo por su nombre, y en cada esquina encuentro a Mozart sin zapatos y hablamos por un rato. Y cuando llega el momento, me cobijo con ciudades grandes y chiquitas; sin barrios pobres, sin basura, sin hambre, sin gente. Sin grandes lagos como los míos.
Quisiera tener bajo mi almohada un pedacito de tierra mía donde poder sembrar un árbol grande, como un laurel. Y al fondo del jardín, sentado sobre una piedra lisa de río, quiero esperar una por una, una nueva luna llena.

No puede ser. Si en esta casa sólo viven dos personas desde hace muchísimo tiempo y nunca había ocurrido nada igual. Y espiar y poner marcas y desconfiar, y precisamente por eso, por el muchísimo tiempo viviendo tan juntos, tenía que evitar no ser ni indiscreto, ni injusto. Pero lo confieso ya me estaba preocupando.
Y cuando entraba en la cocina, por casualidad, o ya avanzado el proceso, con intención, y abría el armario comprobaba que el contenido de la botella descendía en su nivel. Qué raro, me decía. Era en verdad muy raro. Eso no había ocurrido nunca.
Los factores se habían cambiado y ahora rezaba: “Antes era por mí y hoy en día es por ti”. Sea como fuere el nivel líquido iba bajando. Y yo en todo caso era inocente y hasta lo podía haber jurado. Pero cualquiera puede tener una mala racha y fuese como fuese lo mejor sería hablarlo y cuanto más claro mejor. Pero yo quería hacerlo de manera más o menos discreta sin hacer daño, y escogí por tanto buscar al culpable fuera del entorno tan cercano donde sólo vivían dos personas. Y me atreví entonces a culpar a nuestros hijos para provocar al menos algún comentario paralelo. ¿Qué se han creído? Vienen de visita y se toman el ron así por así, una botella tras otra. Ni siquiera piden permiso. Lo mejor sería que no vinieran del todo y así por el estilo, que no era en ningún caso mi estilo habitual.
Y no era que se tratara simplemente de una botella de ron, sino de que alguien se lo estaba tomando, y peor aún disfrazado. Porque cada vez que iba a la cocina, la botella continuaba secándose. Y eso me daba más que pensar; el secreto, el hacer creer que no era así y que sí era.
Esa botella de ron --nuestro ron-- era para mí un símbolo, algo que me recordaba mi tierra lejana. No me provocaba, ni la quedaba viendo, ni la deseaba ni me la imaginaba abierta y servida sobre la mesa, ni junto a mi hamaca, con el famoso hielo y un tantito de limón y otros ingredientes, sino que tenía suficiente teniéndola allí, guardada, eso sí sin velas y sin cantos.
Y volvía a la carga en los días sucesivos --y de esto ya llevábamos muchos días bien crecidos-- porque digo la verdad al decir que estaba muy preocupado. Todo indicaba que mi compañera de toda la vida, a escondidas, se empinaba sus pequeñas dosis de ron con frecuencia y sin testigos. Y yo en verdad nunca antes lo había notado. ¿Cómo era esto posible? A veces uno se lleva grandes sorpresas.
Y los hijos por acá y los yernos y las nueras por allá, y todos muy inocentes tanto como yo. Y un día Susanne los defendió --al parecer muy molesta-- asegurando con absoluta certeza que a ellos el ron no les gustaba ni les interesaba. Y era cierto, a lo sumo preferían un buen vino rojo francés o italiano o de los nuestros del Rin. El del ron siempre fui yo y ahora tampoco me interesaba. Pero ella no agregaba nada más, agravando así mis sospechas, y pese a todo me impedía --por respeto-- a desvela. Y por otro lado tampoco quería instalar centinelas ocultos. Era de esperar que alguna vez llegaría ese momento aunque doliera, de no adivinar más, sino sólo de decir y de oír la verdad.
Ya cuando quedaban apenas pocos dedos de ron de la botella de turno y con cara seria, evitando a toda costa palabras inadecuadas, eso sí, sino más bien con mucho tacto, hice el comentario que “alguien” --acentuando ese “alguien”-- se empeñaba en tomarse “mi” ron, que era para mí como una bandera, un hilo fino pero muy fuerte que me unía al paraíso perdido, fuera de otros hilos más potentes. Pero nadie lo tomaba en serio. Y en fin que era algo bonito tener una botella de ron en un nicho de la cocina.
¡Nooo!, me dijo entonces Susanne, nadie se toma tu ron bendito, nadie te lo está robando, nadie te está insultando. YO --y me quedé a la espera triste--, YO lo uso cuando le agrego un poquito de ron a los queques que preparo y que tanto te gustan...
Se encendieron todas las luces, tocaron las campanas y hasta escuché unos aplausos de gloria y me acordé que seguramente por eso siempre te pedía me sirvieras un trocito más, especialmente cuando era de chocolate.

Salí del Queen Elizabeth II Conference Centre, crucé la calle para ir a Westminster que quedaba justo enfrente y, como era de esperar, en agosto, cuando los días son bien largos y con el tiempo magnífico que hacía, en la plaza se precipitaba el mundo entero. Era el tiempo de los turistas. Yo caminaba despacio, zigzagueando, disfrutando de estar nuevamente en Londres, con el antojo insatisfecho de ver. Iba sumergido entre la gente, en la variedad racial, en la acústica cambiante del idioma, en la inmovilidad arquitectónica de la abadía y sus contornos venerables.
Y todos --en pandilla-- se acomodaban en los huecos y hablaban en español, decían sin penas, cosas sencillas pero jocosas y se reían con absoluta libertad. Le tomaban fotos a todo lo que les abría los ojos y comentaban en voz alta. Yo me fui acercando a ese grupo, sin intenciones precisas, más bien por lo curioso del grupo y porque sin mediar palabra yo me divertía. Y después de un momento yo me movilizaba a su ritmo guardando una distancia muy discreta, después de todo no nos conocíamos. Le tomaron fotos a la fachada y a las torres de la abadía y hubo más risas en coro por algún chiste improvisado.
Y vino la foto de grupo, inevitable. Y se pusieron en pose y yo sabiendo muy bien lo que hacía me acerqué más, y como si nada, le eché el brazo a una de las “muchachas”-señora. Y también me puse a reír, porque para las fotos siempre nos ponemos a reír. Y repitieron la toma, por las dudas, y con otras cámaras. Menos mal que yo estaba de saco y corbata, y traía unos libros en la mano, porque acababa de salir del Queen Elizabeth Centre. Pero de todas maneras, concluida la sonrisa, de pronto se levantó un grito al cielo, abriéndose paso de emergencia: ¿Pero quién sos vos cheee? Se rompieron los fusibles, hubo miradas rápidas de acá para allá interrogando. “Ay qué plato”, repetía ella, y me miraba mitad molesta y mitad dispuesta a la risa. “¿Y ahora cómo le explico esta evidencia a mi marido, allá en Buenos Aires?” El grupo no había visto nada, no sabía nada de nada, el grupo no era cómplice de nada, sólo había fotos de varias cámaras. Y compartimos las risas. Y no hubo disculpas ni hubo duelos.
Después de los interrogatorios habituales y dada por saldadas todas las cuentas, caminamos un buen rato hasta que todos quisieron ver el Big Ben.
Al despedirnos, siempre de buen humor y como hermanos, dijo mi “amiga” al final: “Oí che, por cualquier cosa decime al menos dónde vivís, por si acaso --haciendo un guiño muy gracioso-- mi marido no me lo quiere creer”.