Nuevo Amanecer

Francisco Pérez Estrada para profesores y estudiantes


Luis Rocha

Por iniciativa y coordinación del escritor Francisco Bautista Lara, un grupo de intelectuales estamos visitando los institutos públicos de Managua, para, de acuerdo con los profesores de literatura o español, hablar o mejor dicho dialogar con sus alumnos sobre literatura nicaragüense. Recientemente, durante una evaluación de estos encuentros realizada en el Auditorio “Elena Arellano”, me tocó hacer lo mismo pero esta vez con los profesores ahí presentes, y por alguna circunstancia me referí a Francisco Pérez Estrada, de quien no tenían muchas noticias en gran parte debido a la escasez de libros de dicho autor en librerías, y al alto costo de los libros. Me pidieron entonces que NUEVO AMANECER CULTURAL tratara en éste y otros casos de llenar ese vacío, lo cual hoy hacemos con mucho gusto, y quedamos a la espera de que estos maestros y maestras nos indiquen otros autores a ser divulgados en nuestras páginas, al menos brevemente.
En el caso de Francisco Pérez Estrada, de la magna obra de Julio Valle-Castillo “El Siglo de la Poesía en Nicaragua”, dividida en tres tomos publicados en la Colección Cultural de Centro América del “Grupo Financiero Uno”, tomamos lo que vamos a necesitar: en la primera entrega, junto con esta nota, “Francisco Pérez Estrada: la voz del mestizo”; en la segunda, sus datos biográficos y su bibliografía; y en la tercera, una antología de sus poemas. A esa bibliografía nosotros sumamos: “Ensayos Nicaragüenses” (1976); “Estudios del Folklore Nicaragüense”; “Panorama de la Nicaragua Pre-Colonial” (1982); “Los Nahuas de Nicaragua” (1970); “José Dolores Estrada”; “El maíz nuestra raíz” (1981); “Teatro Folklórico Nicaragüense”, Editorial Nuevos Horizontes, 1948; “Muestrario del Folklore Nicaragüense”, en colaboración con Pablo Antonio Cuadra, Colección Cultural del Banco de América, 1978; y “Estampas de Granada”. Aclaro que este complemento a su bibliografía no pretende ser exhaustivo, así como que no encontré fechas de impresión de los libros aquí citados.

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Mario Urtecho

Francisco Pérez Estrada --poeta, antropólogo social, ensayista e investigador de nuestro folclore-- nació en la Isla de Ometepe (mayo 19, 1917). De 1933 a 1934 residió en Bluefields con su padre, circunstancia que le permitió conocer la cultura de la costa afrocaribeña nicaragüense. De regreso a Granada trabajó durante 10 años de secretario del doctor Carlos Cuadra Pasos, oficio que le dio acceso a su biblioteca y a relacionarse con los integrantes del Movimiento de Vanguardia, políticos e intelectuales que frecuentaban la casa del doctor Cuadra Pasos.
A inicios de los años 40 se conectó a la Cofradía de Escritores y Artistas Católicos del Taller San Lucas, en Granada, y colaboró en las publicaciones periódicas de esa ciudad: Cuadernos del Taller San Lucas, Juventud, Caminos y El Diario Nicaragüense. Con su compilación de piezas teatrales folklóricas de Nicaragua obtuvo el premio de la Comisión Nacional de Cultura Argentina en 1948, país donde recibió clases de fol-klore en el Instituto Nacional de la Tradición de Buenos Aires, dirigido por Juan Alfonso Carrizo.
Julio Valle-Castillo (El Siglo de la Poesía en Nicaragua, Tomo II) destaca en Pérez Estrada al investigador de la cultura mestiza, labor con la que rescató relaciones orales, tradiciones religiosas, artesanías, arte popular, oraciones mágicas. Además compiló piezas del teatro folclórico y de cristianización (1946). Fue agudo divulgador e intérprete de la obra primigenia El Güegüence. Refiriéndose al brevísimo poema Flor y canto afirma que es comparable a los mejores textos de Pablo Antonio Cuadra basados en cerámicas indígenas, que “es síntesis de dos mundos, biografía y autorretrato abstracto, ars poética y ética, metafísica náhuatl y occidental”.
Su único poemario, Chinazte, fue publicado en 1960, con sólo 17 poemas “breves, concentrados y profundos”, antológicos la mayoría, como señaló el doctor Jorge Eduardo Arellano en la introducción a su tercera edición: “Pérez Estrada penetró en la esencia del ser nicaragüense. Así lo sugiere el título Chinazte: semilla, siembra, cultivo de ese mismo ser que no puede ocultar su trasfondo indígena, su esencia popular y su sensibilidad telúrica, características que el poeta comparte y trasmite con economía de recursos y elementos”.
Franco Cerutti ha destacado la forma genuina de Pérez Estrada al acercarse al mundo indígena con verdadera fuerza de poeta, calificándolo de “autor de una de las líricas más bellas y expresivas de la poesía nicaragüense contemporánea, digna de ser comparada con las de los más renombrados y acreditados exponentes de todas las corrientes poéticas que se han ido alternando desde Rubén hasta hoy”.
Álvaro Urtecho ha destacado: En Chinazte hay tanto memoria mítica y cosmogónica (La llegada de los mexicanos a Nicaragua y La virgen quiché) como conciencia de clase y afirmación de soberanía de los humildes y honestos (Nocturno en Granada: Está segura esta casa en su silencio; /toda la familia duerme su convicción burguesa, / solo yo vigilo una inquietante estrella roja), tanto exaltación de la naturaleza y del futuro liberado (Alfonso Ñurinda) como una visión desamparada y trágica del pueblo pobre e indio que recuerdan, en su desolación impactante, a Rulfo y, por supuesto, al Joaquín Pasos de Misterio Indio (Entierro de un pobre» y «La María Martínez).
Fue biógrafo del héroe nacional José Dolores Estrada, escribió las primeras cartas ecológicas “desde Catarina” y ensayos sobre tenencia de la tierra, la negritud, la resistencia indígena, el cacique Nicaragua, las migraciones mesoamericanas, el mestizaje, Xilonem o el maíz, los griegos y latinos, y los clásicos hispanos como La Celestina.
En 1956 publicó Las comunidades indígenas de Nicaragua (Guatemala, Universidad de San Carlos) y Granada en estampas, calificadas por el poeta Álvaro Urtecho como complemento de su poesía: “poemas en prosa, relatos breves, pinceladas azorinianas que revelan su devoción por los salones y retratos de las casas solariegas que describe con precisión y acendrado gusto. En 1965 publicó Estudios del Folclore nicaragüense. Entre sus ensayos están Los nahuas de Nicaragua (1970) y Ensayos nicaragüenses (Col. Cultural Banco de América, 1976). En 1978 preparó con Pablo Antonio Cuadra el Muestrario del folclore nicaragüense y en 1980 su Historia precolonial de Nicaragua (Ministerio de Cultura).
En Madrid estudió Antropología y el 26 de abril de 1951 obtuvo el segundo premio del Instituto “Fernández de Oviedo” en el IV Día del Indio. En Barcelona cursó Antropología Social y se incorporó a la Asociación Española de Fol-klore. Hizo estudios en Argentina, España y México donde siguió especializándose en antropología. Fue miembro de la Academia de Historia y Geografía de Nicaragua y miembro electo de la Academia Nicaragüense de la Lengua, a la que no pudo incorporarse. En 1981 recibió la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío y el 17 de octubre de 1982 falleció en Granada de Nicaragua.
Managua, julio 2007
urtecho2002@yahoo.com

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Francisco Pérez Estrada: la voz del mestizo
Julio Valle-Castillo
I de III partes

Mientras Francisco Pérez Estrada cultivaba una poesía que aún respondía al neopopularismo vanguardista (romances, can­tares, coplas y corridos al río Ochomogo o a la heroína Rafaela Herrera, epigramas, porque siempre fue un crítico de su socie­dad), se dedicaba a la investigación y estudio de las obras de teatro colonial, de cristianización, a la compilación de oracio­nes mágicas, refranes, retahílas, a la valoración de artesanías y tradiciones, junto con Pablo Antonio Cuadra, Carlos Molina Argüello y el joven Fernando Silva, como parte del programa del Taller San Lucas. Todos ellos asediaban e indagaban la iden­tidad nicaragüense en la relación del hombre, del campesino con su tierra. La pasión por estos aspectos originó dos vertien­tes, una suerte de telurismo poético: Tierra tostada, decía Joa­quín Pasos. Barro en la sangre, dirá Silva y otra suerte de pri­mera corriente antropológica, folklore, sociología y naturalismo. Pérez Estrada podría ser representativo de este momento en tanto poeta y antropólogo.
En los cincuenta, publicó Granada en estampas, una serie de prosas breves y frases cortas, que por abiertas son más que poemas y menos que poemas, y se inscriben dentro de la exal­tación de Granada. Pero fue hasta en 1961, en sus años de ma­dura plenitud y después de cierto silencio, que publicaría un delgado libro de poemas, pocos y muy unitarios, depurados y espléndidos:

Chinazte: Poemas hispano nicaragüenses

Como su nombre lo indica, significa semilla, semillero, almácigo y ya fruto de lo autóctono, de lo indígena mesoame­ricano y a su vez, del mestizaje. Con una dificultad en el uso del español, haciendo de la lengua en verdad una ex prisionera del indio, que quizá se refleja en un esquematismo, casi imperceptible, glosando poemas náhuatl religiosos e himnos guerreros de la época clásica y usando epígrafes en náhuatl y aprovechando las traducciones e interpretaciones de los mexicanos, padre Ángel María Garibay (12) y Miguel León Portilla (13) y del guatemalteco Adrián Recinos (14), Pérez Estrada reconstituye concepciones y nociones filosóficas, sin que suene, o sepa a libresco; todo 10 contrario, hay en sus poemas una intuición, una espontaneidad, una naturalidad o certidumbre indígena que los toma milenarios y novedosos.

Siéntase el hálito, la frescura y óigase resonar en su misterio palabras como aporrear, chayote, chichitote, chinazte, coajtepe, cuiscoma, Diriomo, El Guapinol, guachipilín, guaro, guayacán, guizpal, huacal, jícara, rnmiroño, milpa, níspero, pagua, poronga, tacaniste, Xibalbá...

Reconózcanse los paralelismos progresivos a partir del pri­mer verso o enunciado, propio de la lírica náhuatl, en un poe­ma fundacional, épico aunque breve, para la historia de Nicara­gua, “La llegada de los nahuas a Nicaragua”:

Desde Tula venimos.
Desde Tula, la de espléndidas pirámides.
Desde Tula, donde las manos esculpieron la dureza.
Desde Tula, la espléndida, cuyo corazón dijo en piedra
su fe.

No fue un sol. No fue una luna.
Navegamos muchos soles de hambre;
navegamos muchas lunas de sed.
La sequía asolaba el Anáhuac...
No teníamos agua;
no teníamos maíz.

Su hombre de la tierra es asimismo hombre del maíz, como en su recreación del Popol Vuh, las antiguas historias del quiché, que mezcla con las creencias católicas; no es gratuito que en Chinazte encontremos una “Virgen quiché” equivalente a la Vir­gen María, analogía y sincretismo para un indígena evangelizado o de un astuto fraile evangelizador.

El aporte de Pérez Estrada al indigenismo reside en una au­téntica fusión expresiva del indígena con el español y de la na­turaleza, aunque su puñado de poemas son en verdad más mes­tizos que indígenas y de ahí, más ambiguos, más abiertos, re­beldes y sumisos y, por tanto, más modernos. Gozan de la im­pureza, del cruce, del injerto, que germina, que florece. Si Fernández Morales se abría a la universalidad, sin olvidarse de Granada como paradigma de la nación oligárquica, al impulso y cultivo de los otros géneros y de las otras artes y disciplinas; el padre Martínez Baigorri hacía del paisaje, de la geografía nicaragüense, de sus elementos, la ceiba y la rosa, la flor de café, el Lago de Nicaragua, el río San Juan, las ciudades y pueblos, una teología poética o una poética teológica, que rati­ficaba y adensaba la expresión del nacionalismo buscado y rea­lizado desde el modernismo y la vanguardia. Estos tres poetas de transición traslapan la vanguardia ya en la posvanguardia hacia la Generación del 40.