Nuevo Amanecer

BREVE HISTORIA DE ESPAÑA 1994

Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga

El otro día tomé café con dos amigos catalanes. Uno puede tomar café o leerse un libro, a veces sirve de casi lo mismo para acercarse a algo. Actualmente, el fenómeno de la inmigración es tan grande e incipiente en España que es imposible pensar ya en la vieja España. Se asiste desde aquel país a una nueva forma de entender la vida mezclada de religiones, contrastes y otras tradiciones. Ese nuevo país, por tanto, nace ya en las escuelas de Cataluña y el País Vasco donde se estudia y se defiende la lengua y la historia de esas comunidades autónomas con ciertos aires de independentismo (también un poco desfasados); nace en las escuelas de Andalucía y del resto de la península ibérica donde al lado de “españolitos” que vinieron al mundo como diría Machado, hay hijos de ecuatorianos, marroquíes, colombianos, rumanos, dominicanos…
Mientras llega esa nueva época de un país poco acostumbrado desde la Edad Media a recibir inmigración sin invasión, la historia de España que conocemos, al menos la más registrada en los libros, desde los romanos a esta parte, se ha escrito en varias ocasiones, sin conseguir como en las culturas anglosajonas un compendio breve, para llevarse a un viaje, al mar, o la cabecera de la cama. Se han conocido muchas Breve Historia de Inglaterra o Breve Historia de los Pueblos de Lengua Inglesa, como aquella que escribió el primer ministro británico, premio Nobel, y una de las personalidades de la Segunda Guerra Mundial, Sir Wiston Churchill. En España no había buenos ejemplos, y Fernando García de Cortázar que, junto a Javier Tusell es uno de los historiadores con más apariciones editoriales y mediáticas de la época de la democracia, se dio a la tarea de escribir junto a José Manuel González Vesga esta Breve Historia de España, publicada por Alianza Editorial que aquí les presento, por si alguna vez quieren acercarse, echar un ojo brevemente a la evolución de ese país.
Creo que España vista de fuera, en general, es tan amorfa, como el mundo visto desde España. Y sé que vista de afuera, cuesta entenderla. Hablando con los dos amigos catalanes, yo les preguntaba frente a una taza de café sobre su sentimiento de identidad, dejando claro que la identidad y el sentimiento de pertenencia es algo personal que no se aprende ni se obliga a sentir en los libros del colegio. Ellos me decían que no tenían ningún reparo en decir que eran españoles, y que eso de decir que uno es primero catalán y luego español les parecía un debate espurio. Atendiendo a las conversaciones, los resultados electorales y demás, se observa claramente que en los territorios donde hay un espíritu independentista más cultivado y arraigado, la sociedad en su mayoría no piensa en separarse de España. Entonces, ¿qué es lo que ocurre? ¿Por qué con tanto ahínco los discursos políticos se empeñan en este tema, como si fuese la más grave de las preocupaciones de los españoles junto al terrorismo y al precio de la vivienda?
Justamente, para intentar pensar en la respuesta hay que atender a la historia, y por eso un libro como el de García de Cortázar me parece que puede servir de ayuda para acercarnos a entender un poco más las controversias que parecen exageradas en un país que se ha desarrollado tanto en los últimos veinte años, después de estar a la cola de Europa. En este libro hay capítulos que atender como los de la enorme fractura que supondría para los pueblos el paso de ser provincia (en cierta forma) privilegiada del imperio romano, a ser pasto de los reinos centroeuropeos visigodos que se instalan en la península, en una especie de pausa en el desarrollo civil. Con la conversión al cristianismo del rey Recaredo, la Iglesia y el Estado se funden en un solo poder con dos brazos. Todos los Fernández, Rodríguez, Sánchez, Martínez, etcétera son vestigios de los nombre visigodos (la terminación –ez significa hijo o hija de…). Pero una civilización mucho más esplendorosa que aquella, la del Islam, estaba por imponerse, y la fenomenal leyenda del último rey visigodo don Rodrigo y la afrenta del conde don Julián terminan por abrir la puerta a los árabes del norte de África. Sin poder llegar más lejos por la resistencia de los reinos carolingios, los árabes terminan desarrollándose en una extensión amplia como la de Andalucía, al sur de España, lo que ellos llamaron Al-Andalus, la cual todavía hoy, les recuerda la vieja edad dorada, el esplendor, la mítica tierra y el tiempo perdido. En 1492, al mismo tiempo de la conquista de América, los Reyes Católicos terminaban de conquistar lo que les quedaba para unificar España, un continente y un país. Granada, con el bellísimo palacio de La Alambra, era el último reino musulmán y se rindió, dando fin al período más esplendoroso del Islam, que había traído grandes progresos en materia de ingeniería civil, matemáticas, geometría, poesía, etc.
Una vez unificados, los reinos y territorios españoles, repobladas las comunidades vacías, e impuesta la religión cristiana como parte del Estado, vino el tiempo de la expansión y la obsesión por dominar a los otros grandes reinos. España lo intentó todo, financiándose con el oro que venía de América y que se gastó en guerras en Europa, que era su verdadero afán. No escatimó ningún obstáculo y quiso invadir hasta Inglaterra con el primer gran fracaso de la Armada Invencible. Los siglos XVI y XVII, además de ser los del imperio, traen una gran pobreza. Ahí es donde nace la Literatura Picaresca, que aunque ya tenía expresiones anteriores en los Romances y los Cuentos de Camino, en los poemas goliardos, en el Libro de Buen Amor, y en la poesía juglaresca, son el espejo del ingenio en medio de una miseria que empieza a instalarse en España y que no la va a abandonar hasta bien entrado el siglo XX. Después de algunos progresos urbanos en el siglo XVIII, el siglo XIX es un tira y afloja constante con el derramamiento de mucha sangre, es el siglo, recordemos de los nacionalismos y del romanticismo, pero también del realismo, del marxismo, y de las grandes revoluciones. España fue invadida por las tropas de Napoleón, pero en 1808, la rebelión popular expulsa a los franceses de España. Muchos españoles, entre ellos algunos intelectuales, creyeron ver en aquel entonces, que el afrancesamiento de España sería muy bueno para la prosperidad de un país que no terminaba de hallar el camino para salir de su pobreza económica y de otros órdenes. Por eso fue que la invasión no fue rechazada por todos. No sabemos qué hubiera sido de España si hubiese sido asumida por los franceses de Napoleón, pero sí sabemos que en las colonias de América Latina las ideas francesas revolucionarias supusieron una inestimable ayuda para la independencia de la metrópoli y la conformación cambiante y problemática de los Estados. En ese sentido, las ideas marxistas decían la verdad: que al final de cuentas, quienes ejecutaban los grandes cambios a conveniencia siempre eran las clases dirigentes de toda la vida. Hoy día, en nuestros países sólo hay que rascar un poco para observar que los apellidos de siempre han estado en la Historia de América y en los estamentos de poder siempre.
Toda esta historia da al traste con la guerra civil en el siglo XX, con la dictadura de Franco que se muere en la cama en 1975 y después, con el vertiginoso cambio de un país más moderno, pero que carece, en palabras de García de Cortázar, de “sentido histórico”. Sin embargo, mis amigos, con los que tomaba un café el otro día, no entienden qué quiere decir eso de “sentido histórico” de una nación. Para ellos, la lengua, la familia, une mucho y hace que uno se identifique, pero el haber nacido en tal o cual país es meramente circunstancial. ¿Cada uno estará orgulloso de ser de un sitio respecto a ser de otro? Ellos me preguntan ¿Es mejor ser nicaragüense que guatemalteco?, o ¿ser español que portugués? Si es así, como ellos dicen, si realmente se está perdiendo el sentido de identidad nacional y esa cosa rara del “sentido histórico”, con el fenómeno de las nuevas migraciones, y las mezcolanzas, me parece que estamos asistiendo a un periodo muy interesante de la Historia, el de la verdadera aldea global. Pero puestos a mirar, desde las comunidades aisladas de África, o de Asia, o de América Latina, queda preguntar quién cabe, quién tiene entrada en esta aldea global, sin fronteras. Esta reflexión ya no entra en el libro de la Breve Historia, porque su relato termina en el 94, y ya no le da tiempo de abarcar el fenómeno migratorio. Pero da la sensación de que los que hoy mueven la mezcla y el mundo, los que hoy se van hacia los países ricos en embarcaciones precarias, a riesgo de morir, los que hoy se juegan la vida en cada frontera, los que hoy sucumben y mueren --el Atlántico y el Mediterráneo son un gran fosa de muchos sueños-- no estén siendo considerados como parte de esta Historia. Y ellos también son los que la están escribiendo.
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