Nuevo Amanecer

Dos poemas de Alvaro Urtecho


HUERTO EN SOMBRAS
Para Guillermo Rothschuch Tablada

La lora, la impertinente lora
en su jaula verde está que no se aguanta
con su pose augusta, erguida, expectante,
a la espera segura de tiempos mejores...
No la molesta para nada el humo
lagrimeante que sale de la cocina
de tenamaste y leña.

Las ramas negras del tamarindo
-precediendo al sonido y al sabor del mar-
se mueven al compás del viento
como una incierta caligrafía.
El enorme Laurel de la India cubre
casi todo el paisaje, desplazando
su estructura danzaria, ofreciendo
refugio y reposo al visitante.
Mansión aérea y clorofílica
de variadas estancias circulares
como un brócoli gigantesco,
árbol pariente de los grandes árboles
del país, vigías del horizonte y testigos
de la fragmentada historia patria.

La terraza solitaria, nunca terminada,
bordeada de limonarias y planes
de futuros anuncios de neón
para ser contemplados desde
la carretera postcapitalista y narcotráfica.
Nada rentable hasta hoy.
Como dice un maestro de estas tierras:
‘Economía más Poesía igual a Cero*.
Una noria de muros ya musgosos
con enredaderas de cuentos para niños
y brujas y duendes en el agua borboteante.
Un transistor interrumpe de pronto
el fulgor del momento. Se oyen
voces y gritos de muchachas
desde la hondonada que va al riachuelo.

Entró el invierno ya con su turbión
de lodo y resurrección. La tierra
está húmeda, la ropa en alambres colgada
tarda en secarse. Todo está verde,
absolutamente verde. Esto es descubrir
América, esto es descubrir de nuevo
el Nuevo Mundo que hay que palpar,
nombrar, definir. ¡Arriba, pues,
los nombres del indio, los nombres
de los caminos y trochas del indio!
¡Arriba los nombres de los cerros
y montañas envueltas en misteriosa
y fecunda neblina!
Julio 2007

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ALFONSO XIMÉNEZ PINTA EN OCHO
En su mansión con olor y sabor
a gruta medieval y postmoderna,
Alfonso Ximénez pinta en ocho.
Alfonso, Pocho, siempre intentando
el ocho.
No el bizcocho
de anís, chocolate o galleta crujiente,
sino el ideal ocho, la cifra simple
de curvatura ascendente y descendente.
Pintando y repintando a diario
con todos sus colores las franjas
de sus casas, la casa nicaragüense simple,
sobria,
espaciosa, primitiva,
que él enciende como un vitral.
Casas que ha amado siempre
desde niño. Casas para alzar la voz,
gritar, correr, brincar, contemplar
el horizonte desde las ventanas mudas
que se prolongan hasta el techo,
¡universo de empastes y colores gruesos
que se entrecruzan, presencia viva
de la cueva primigenia, del ombligo terrestre!

Julio 2007