Nuevo Amanecer

YO VIVO LA SELVA DE LA POESÍA


Yo soy el ruiseñor que en la selva cantando llora
porque ha vivido emocionalmente un mundo peligroso.
Soy de esos aventureros que zarpan hacia lo desconocido
que desde adentro viven atravesados por ríos impuros
y bajan a tierra montados en un animal engualdrapado
con telas de seda bordadas de oro y cubiertos con armiño
para recoger flores, frutas, pájaros extraños y bestias fantásticas.
No le temo a la vida real.
No quiero estar sentado en una piedra a la orilla del camino
escondiendo el secreto de la felicidad y la tristeza
en cada pliegue de mi carne.
Yo vivo la selva de la poesía
entrenado por lo inesperado
extraviado en la espesura de las palabras
con dulce dolor y amargo placer
sin corregir lo malo ni el error,
obedeciendo a un instinto que tiene música obscena en los versos,
escarbando en la tierra para encontrar cosas felices,
entendiendo que la vida sin amantes es un libro sin letras,
imponiéndome la vida como un aro en llamas para que lo salte,
desprotegiéndome de las pasiones inútiles,
leyendo el cuerpo de la mujer
como a la letra menuda de un libro de aventuras,
sin culpa o arrepentimiento,
y hablándoles a las mujeres sin sentimientos ruines
como si fuera un niño hablándole a su madre.
Este mundo es muy grande y peligroso,
siempre da vueltas alrededor del sol
y se detiene frente a las puertas de mi casa:
pero hasta cuando sueño se me abre una grieta profunda
en el medio de una pesadilla:
se me vienen encima turbas de mármol enardecidas,
se bajan de sus pedestales
y se desprenden de sus medallones y de sus lápidas,
huyen de sus tumbas para cambiar lo que tienen dentro
establecen límites entre su mundo y el nuestro
no le temen a la oscuridad, cierran sus ojos y escuchan,
tienen tantas preguntas y nadie les responde,
y aún esperan un incendio de compasión entre los vivos.
Las cuencas de sus ojos dan a hermosos rosales
pero saben que la verdad no resucita a nadie
y que la humanidad siempre derrama la leche.
Saben que el miedo es peligroso y viven en la cobardía.
Los vivos tienen oído para todo y no oyen nada.
Los muertos no tienen oídos y lo oyen todo.
Padecen de sorpresas arruinadas.
Aun sienten manos sobre su piel
y ven aparecer estrellas tras las hojas de los árboles
buscan las maravillas de la noche en el cielo,
la excitación les invade el cuerpo
como un incendio en una selva de árboles muertos.
En mi sueño los muertos salen y ya no cierran ninguna puerta
y en la tarde ya no les queda ningún resto del día,
y el destino ya no tiene ninguna pieza que mover
y sus deshechos son entonces una mezcla de belleza y podredumbre.^PYo soy el ruiseñor que en la selva cantando llora
porque ha vivido la aventura de un mundo peligroso.^
Granada
14 de abril 2007