Nuevo Amanecer

SOLDADOS DE SALAMINA (2001)


Javier Cercas (Cáceres, España, 1962)

franciscosancho@hotmail.com

-“O sea que se puede ser un buen escritor siendo un grandísimo hijo de puta. Qué cosas, ¿verdad?”

Si ustedes tuvieran que decir el nombre de un héroe, quiero decir un héroe de verdad, al que ustedes tengan como tal, absolutamente real, de carne y hueso, ¿cuál dirían? En esta novela muy famosa de hace unos años, una novela puramente española, se dice que los héroes no son los que matan, sino los que no matan o se dejan matar. Son los que no se equivocan en el único momento que es importante no equivocarse. Pero en cualquier caso, todos los héroes están muertos.
Hace muy pocos años, esta novela fue un boom en España. Coincidió con el punto álgido de la moda de las novelas de la guerra civil. Una guerra de la que no se había podido hablar durante la época de la dictadura de Franco (40 años) a no ser que se exaltara “la gesta de una cruzada nacional” para salvar a una patria en peligro. La República no pudo detener la avanzada de los militares y perdió la guerra, a pesar de recabar el apoyo y la simpatía de miles de combatientes voluntarios venidos de todas partes del mundo para luchar por un ideal. Se habla de cerca de un millón de muertos a causa de aquella guerra que inauguraba el final de una época muy vieja.
Con la llegada de la democracia, sobre todo a partir de la mitad de los años ochenta, la historia, bajo gobierno socialista, se revisa, y empiezan a inundar las librerías, primero, libros de ensayos históricos, que por supuesto desmitifican la estrategia franquista y más bien reinterpretan sus acciones de una manera cruel, como esa de alargar la guerra, para exterminar cualquier rastro de la República. Y a fe que le salió bien.
Luego vinieron las novelas de la derrota, de los que perdieron, como dándoles ahora la voz a los que nunca la tuvieron, salvo honrosas excepciones. Volvieron todos, los que aún quedaban con vida, volvió Alberti, y volvió con él aquella magnífica generación del 27 que aún brillaba en sus canas. Pero ya no eran los mismos, y un hombre no puede llevar consigo tantos muertos, tanto olvido.
Al día de hoy, ese boom ya está pasando. Un ejercicio sano. Dicen los psicólogos que la mejor señal de que un trauma se está superando es que se habla de él. La sociedad española comenzó a hablar de la guerra desde ambos bandos, primando más el que perdió, como una reivindicación a destiempo que ahora llega a nivel legal, con la propuesta de una ley de compensación a las víctimas de una guerra que ya queda muy lejana, y de la que las generaciones más jóvenes apenas saben nada.
¿Es conveniente enterrar el pasado? ¿No dejar que se cuenten algunos secretos cuando nada puede arreglarse ya? ¿Es mejor así para no despertar viejos rencores? Bueno, no es fácil contestar a estas preguntas. Rápidamente alguno diría la famosa frase de que “quien no recuerda su pasado está condenado a repetirlo”. Pues bien, si lo pensamos dos veces, a lo mejor, no es bueno que algunas cosas salgan a la luz de manera voluntaria, si es que no es obligatorio. A esta sazón, recuerdo haber oído en una entrevista a García Márquez recomendando a los viejos matrimonios no contárselo todo, como una medida de precaución para salvar el amor. A veces contarlo todo, decirlo todo, no se puede, simplemente, porque hay cosas que no se pueden explicar con palabras y para esto, de forma paradójica, está la Literatura, para contar aquello que no se puede decir de otra manera si no es a través de una historia, una gran metáfora, una gran mentira para decir una verdad, o al contrario, también.
Y todo esto lo digo porque aquí tenemos una buena novela de un buen escritor, con una trama un tanto forzada, artificiosa, pero del que se saca una historia interesante. La clave está en un artículo sacado a colación en la novela y escrita por el mismo autor (el cual entra a formar parte del engranaje de la misma). En ese artículo se mencionan dos hechos de la historia de España, y más concretamente de la guerra civil. Se refieren a dos silencios, dos momentos heroicos y poéticos (“La guerra es el tiempo de los poetas y los héroes”). Uno es el silencio de los dos hermanos de Antonio Machado ante su tumba en Francia, donde el poeta había muerto en el exilio tres días antes de su propia madre. El otro, y es el eje de la novela, es el silencio que medió entre un miliciano, un soldado de la República que tiene frente a la boca de su fusil a un prófugo, un sobreviviente de un fusilamiento, miope y caído, un pez gordo de la Falange, el brazo político de la derecha que está ganando la guerra. Rafael Sánchez Mazas, un mediano escritor, fundador, junto a José Antonio Primo de Rivera de la Falange Española, que después Franco utilizaría para ideologizar su movimiento, y padre a su vez del más famoso escritor Rafael Sánchez Ferlosio, es el que parece protagonista de esta novela. Es capturado por un grupo de soldados republicanos cerca de Barcelona, ya en plena retirada de ese ejército, en espera de que Franco entre en Cataluña, y termine por tomar los pocos rincones de España que le quedan. Lo fusilan con varios compañeros, sin embargo, las balas sólo le rozan y en la carrera cae y se hace el muerto. Luego, en una batida de los mismos soldados en busca de los que huyeron, un miliciano, un tal Miralles, al que mientras estaban presos habían visto bailando con su fusil un pasodoble muy triste, abrazando el fusil como se abraza una mujer, se encuentra con el huido, oculto en unos matorrales. Ambos se miran, como si se reconocieran (sólo la descripción de esta mirada merece toda la novela). Suena un grito de uno de los mandos del miliciano “¿Hay alguien ahí?” Y después de otro silencio, el miliciano contesta: “¡Aquí no hay nadie!” Y se va.
Lo que le queda al autor de la novela es saber por qué ese miliciano le salvó la vida a Sánchez Mazas, a pesar de que probablemente sabía que era uno de los responsables de aquella guerra. Y el héroe, al final cobra rostro en Francia, donde también se exilió Machado. Allí encuentran al viejo Miralles, y la conversación que surge entre ambos vale también la otra mitad de la novela. El héroe no quiere reconocerse como tal, prefiere quedarse en el olvido como tantos otros compañeros muertos de los que ninguna calle lleva su nombre, al contrario de lo que ocurrió con Sánchez Mazas. En la búsqueda de Miralles nos topamos con un viejo amigo real y ya desaparecido, Roberto Bolaño, quien conoció a Miralles cuando trabajaba de guardián en un camping de verano. Bolaño habla de Allende como un héroe en estos términos: “Durante años me cagué en Allende. Pensaba que la culpa de todo era suya por no entregarnos las armas. Ahora me cago en mí por haber dicho eso de Allende. Joder, el cabrón pensaba en nosotros como si fuéramos sus hijos, ¿entiendes? No quería que nos mataran. Y si llega a entregarnos las armas hubiéramos muertos como chinches”.
Antes dije que era una novela de la historia de España, pero la verdad es que es de la historia de todos. Al final, Miralles no reconoce su papel en toda esta historia. Pero su silencio queda en la leyenda, en la misma leyenda que forjan los pueblos, esa leyenda en la que queda el grito de quien pregunta: “¿Hay alguien ahí?”, y de quien responde: “¿Aquí no hay nadie?”

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