Nuevo Amanecer

“Tayacán del periodismo nacional”


Leer el libro “33 locos por cinco pesos”, del periodista Joaquín Sansón Argüello (q.e.p.d), me ha hecho mucho bien. En estos fríos días de infortunio, y más cuando el tiempo arremete para vencernos, uno necesita de la ayuda de alguien que en sus credenciales transparentes y legítimas como ciudadano y poeta intentó romper los cristales duros de la desesperanza, que no cayó ni se dobló ante la crueldad del silencio como mensajero de muerte, y que otros desbandan contra los que resisten de pie y con las manos puras.
Sansón Argüello cumplirá en septiembre próximo cinco años de haber fallecido, “y todavía lo lloro, porque fue mi amigo, compañero y mi padre al cual extraño”, me dijo su hija, Luisa Emilia Sansón Guerrero, publicista y periodista, quien confiesa que desde la infancia bebió del poder de su palabra.
Joaquín Sansón Argüello se distinguió, me dijo un periodista amigo, por no empeñarse en hablar para los convencidos, como suele ser la práctica de los que dicen tener el poder, para obligar a los demás, para que se descuadren en genuflexiones. Esa virtud resulta para muchos intolerable, por ser un tosco desnudo ante la realidad sumisa.
He podido confirmar con la lectura de “33 locos por cinco pesos” que cada personaje matizado por la memoria prodigiosa de Sansón Argüello se nutre de un espacio invulnerable de ternura ante el descubrimiento de otro espacio equilibrado y complaciente, que es la vida sutilmente apaciguada por los sueños desmembrados.
“Esos locos se hubieran perdido en la memoria colectiva del pueblo si no es por la inteligente idea del periodista Joaquín Sansón Argüello, conocido popularmente como la 'Cabra Sansón', de editar ‘33 locos por cinco pesos’”, escribió en una especie de prólogo Luis Ángel Berríos, “Yo Ya voy”, periodista y humorista (q.e.p.d.). Y cuánta verdad se remonta a ese oficio popular de hacer hablar a quienes quieren guardar las palabras de su propio silencio, y mantenerse con estoicismo en cualquier peldaño de sus caminos, aunque esos locos, nuestros locos, son señalados de “aventureros” ante la batalla por la vida.
Joaquín Sansón Argüello afirma claramente en su escrito de “El dedo en la llaga”, “que nos burlamos de la ignorancia de los demás, pero no podemos reconocer la nuestra. Nuestro llamado ‘cristianismo’ está lleno de sarro. No lo aceitamos con el amor al prójimo. Somos el verdadero ejemplo del fariseo, predicamos, pero no construimos con hechos”.
Sansón Argüello en vida siempre estuvo muy claro de que no se puede confundir la cultura con las creencias, él intentó dar el paso hacia la inmensa confianza de sentirse y motivarse por ser libre, y en esto radica la afectividad de su aporte como escritor y ciudadano pendiente de sus semejantes.
“A mi padre le gustaba aventurarse y jugarse el todo por el todo, así viví mi niñez a su lado oyéndolo, señalándome el camino y sus precipicios, pero más interesado por enseñarme a conocer los rostros de la vida. Fue un luchador de tiempo completo, porque se impuso el orden de la moral y la honestidad para compartirla con su familia, y esa es la que ahora empezamos a sembrar con nuestros hijos”, dice orgullosa Luisa Emilia, una de las cinco mujeres junto a sus tres hermanos, que procreó Sansón Argüello con doña Carmen Guerrero.
En mis oídos recuerdo sus comentarios políticos en su programa “La verdad aunque duela”, y para mí sigue el mismo paso y no en retirada a pesar de su muerte.
“Mi padre fue un Don Quijote: un idealista que vivía en sus sueños de mejorar la vida. La historia se repite, me decía buscando cómo meterse al círculo incomprendido de la esperanza”, comentó Luisa Emilia.
“33 locos por cinco pesos”, sus 33 maravillosos locos, que no están devaluados, como decía Joaquín Sansón Argüello, fue publicado en 1956, y con el apoyo de su yerno, el periodista Teodoro Pool, fue reeditado y remozado por el autor para su publicación en su segunda edición en el año 2000. Son testimonios, y algo más en la búsqueda de la vida.
Fue un incansable columnista y comentarista. Fundador de periódicos y semanarios. Escritor, periodista, poeta, pero sobre todo un hombre cabal que no le pidió permiso a la vida para decir su propia la verdad.