Nuevo Amanecer

Mangos


Todos podíamos admirar los patriarcales árboles de mango, dispersos en una ensenada que la cruzaban dos riachuelos de aguas permanentes. A este sitio, conocido como La Rinconada, habían llegado a parar Eulogio y Lupe, gracias a la bondad de don Cruz Miranda, quien les había propuesto el traslado, cuando en el pueblo empezaron a verlos con desconfianza.
- Pueden irse a La Rinconada, allí tengo unas vaquitas que ustedes cuidarían y la cosecha de mangos también sería de ustedes.
Ellos aceptaron de inmediato, y a los pocos días realizaron el cambio y con unas cuantas gallinas ponedoras enrumbaron sus vidas a los nuevos derroteros.
En el pueblo, Eulogio se desempeñaba como acarreador de leña y su mujer planchaba y jalaba agua a domicilio. Él siempre fue fortachón, indio requeneto, pelo chirizo, entrecano; tórax casi cuadrado y se amarraba los pantalones con un cordel de majagua. Ella, la Lupe, era delgadita, casi un suspiro, de voz fina, atenta y servicial, pero cada día se iba poniendo más y más flaquita. A veces padecía de calenturas y de una tos persistente, pero aun así se desempeñaba bien en su trabajo. Poco a poco el rumor de que la Lupe estaba turbeculosa fue creciendo en el pueblo y así muchas familias a quienes ella trabajaba devotamente fueron prescindiendo de sus servicios; para sus argumentos utilizaron pretextos mezquinos.
-Ve Lupe, le decían, es mejor que descansés por un tiempo y después regresás a tus oficios.
Ella comprendía lo falso de esta actitud compasiva y en su interior se decía: ¡Mentiras!
Al verse sin trabajo perdió unas cinco libras de las escasas noventa y nueve que pesaba. Aquí fue cuando surgió la oferta benefactora de don Cruz Miranda y que la pareja aceptó sin oponer condiciones, trasladándose, sin mayor contratiempo, a vivir a La Rinconada.
Repararon el rancho que allí viejamente existía. Tenían su cuarto de dormir cuyas paredes sostenidas por horcones y varas cruzadas se habían forrado de cuita de vaca; una cocina con lavandero de tabla donde cabían las ollas, cazuelas y cántaros de barro; una salita con mesa arrimada a la pared y cuatro patas de gallina para sentarse, además de una banca angosta. En el centro colgaba una hamaca de pita. Las gallinas deambulaban por el patio y por la noche dormían en un palo de guásimo. Recogían huevos y los vendían; también vendían cuajada y en la época de cosecha sacaban cargas de mangos que comerciaban en los vecindarios. Su situación había mejorado notablemente y se lo agradecían al patrón. La Lupe recuperó saludablemente y se lo agradecían al patrón. La Lupe recuperó saludablemente, se puso rosada y desapareció su tocesita insidiosa.
Don Cruz Miranda una vez decidió enhuacar tres mil mangos y en un gesto inusual, convidó a toda la población a que asistiera a la gran comilona de mangos. Allí se dieron cita hombres y mujeres, acompañados de los infaltables cipotes. Comieron mangos al gusto y antojo de cada quien. Llenaron alforjas y acarrearon a sus viviendas lo que fue de su escogencia.
Los vecinos comentaban como acusándose de apetecer los mangos supuestamente contagiados de tifus:
- La Lupe se curó de los pulmones con sólo comer mangos. Las hilachas de las frutas entretejieron nuevamente sus cartones y ahí la tienen buena, sana y rozagante.