Nuevo Amanecer

En el país de las alegorías


Ensayos sobre literatura nicaragüense

Isolda Rodríguez Rosales Catedrática de generaciones, narradora, investigadora histórica y literaria, ha compartido su tiempo como profesora universitaria de Literatura Española y Nicaragüense entre la UNAN y la UCA, donde además fue promotora de cultura desde la Escuela de Arte y Letras y el Departamento de Cultura. Actualmente realiza un estudio monográfico sobre narrativa del escritor nicaragüense Lisandro Chávez Alfaro.
En El poeta escindido: Cantos de Vida y Esperanza de Rubén Darío, Rodríguez asevera que: “Como poeta universal, Darío fue un escritor que abordó los temas más disímiles y en ocasiones, antagónicos en el sen­tido que representaban aspectos opuestos. Ya en Azul... se aprecia el abordaje de temas en que se destaca la preocupación por lo social, inmerso como vivía el poeta en la vida de los trabajadores chilenos. A la par, están los cuentos donde prevalece la fantasía, la búsqueda del ideal, lo fantástico, el “azul”...
En el prólogo de Cantos de Vida y Esperanza, Darío confiesa que: es “la historia de una vida llena de tristezas y desilusión, a pesar de las primaverales sonrisas... el culto del entusiasmo y de la sinceridad contra las añaganzas y traiciones del mundo...” (Darío, 1966, 10). Más adelante dirá que “es una idiosincrasia calentada a sol de trópico, en sangre mezclada de español y chorotega o nagran­dana; la simiente del catolicismo, contrafuerte a un tempestuoso instinto pagano”. (Idem.)
Y es que Darío, como se ha dicho en muchas ocasiones, es un hombre que se mueve entre la catedral y las ruinas paganas, entre la fe de su niñez y la atracción de los placeres de la “carne, celeste carne”.
¡Vuelva Güegüence, vuelva!: La reescritura textual en la búsqueda identitaria (noveleta de Pablo Antonio Cuadra) es la historia de un personaje (nieto del Güegüence y que lleva su mismo nombre) que, empujado por su esposa Golondra, pide una audiencia con un ministro, quizás para pedir un trabajo o algún favor importante. Esto se infiere del escri­to, no está explícito. El protagonista se dirige a la ciudad, donde encuentra múltiples dificultades, porque es un mundo desconocido para él, acostumbrado a la sencilla vida pueblerina. En la ciudad es incluso víctima de una estafa. Cuando al final logra llegar al minis­terio anhelado, no lo reciben, alegando que no tiene licencia.
Al inicio de la narración sorprende la llegada de un telegrama. Éste es el recurso que el narrador emplea para ubicarnos temporal­mente: “El telegrama pasó de mano en mano, leído, comentado, repetido, gritado de vecino a vecino, de casa a casa, de calle a calle, de solar a solar”. (PAC: 71) Inmediatamente se recrea un ambiente pueblerino, donde las noticias, buenas o malas, son compartidas por todos, son de conocimiento colectivo. El telegrama en cuestión le ha sido enviado al Güegüence, y desde el principio el lector puede intuir que se trata de una buena noticia, porque en el pueblo se crea un ambiente festivo: se tiran cohetes, las mujeres repartieron comi­da y hasta hubo guitarras que se dejaron oír”.
Estos y otros interesantes ensayos constituyen sus más recientes estudios.