Nuevo Amanecer

El pasajero y su casa


En el medio de un libro tatuado por la lluvia, una casa derruida nos espera. No es “una” casa, no es cualquier casa, sino aquella, la única, la primigenia, la que no podemos exiliar de nuestros sueños, la casa donde un niño de seis años, marcado a fuego por el silencio, descubre “el camino hacia la sinuosa verdad del llanto”. La casa de los hermanos, donde convivieron Gardel, los naranjos y el miedo, el cansancio y las guarias de la madre, la tristeza sin sonidos de un padre que no termina de deslizarse hacia la ausencia.
La casa donde se alternan serenidad y espanto, donde lo mismo se acaricia como se golpea, la casa saqueada por la avidez y el rencor, la casa arrasada, desplomada, despoblada, en llamas, en escombros, la casa que se cayó y “vos sos la casa”, la casa es José Edmundo, y la casa somos todos nosotros en la lectura difícil por lo dolorosa, ávida por lo diáfana, enceguecedora por lo deslumbrante, de este libro de ropaje sencillo, donde los versos demoledores son precisamente los que no se dicen, los que esconden bajo su plumaje sin artificio la dinamita sin sordina de su dolor.
En un universo poblado por padres e hijos, por soledad, viudez, separación y orfandad, la lluvia es el claro equivalente del llanto, y el pasajero, errático, vaga por la humedad del desamparo.
Poemario de un sufrimiento sin estridencias, de caída y redención, de pérdida y reparación, de muerte y de muertos que no abandonan, abre por un espacio a la esperanza. El nacimiento “el de un niño, el del amor por Betty, que mira el mar, el de un largo viaje espiritual al fondo de nosotros mismos­”, es lo único que nos redime. “La bondad del universo” nos habilita la paz, nos autoriza al perdón, ese perdón reacio y difícil que debemos concederle a nuestra humana fragilidad.
Somos nuestro único ofensor en una travesía sin rabia ni villanos, sin rencores ni batallas, a pesar de que ternura y violencia comen de un mismo plato y las muertes diversas van carcomiendo la inocencia de raíz. El amor de la pareja es desencuentro, desde el baile no consumado de la adolescencia hasta el adiós no expresado de la partida: “Sé que estarás bien. Que irás comprendiendo mis motivos y me esperarás lealmente. Como esperan los buques en la niebla. Como esperan tu rostro mis ojos”.
El entorno familiar es una ausencia poco a poco ensanchada, en el que “uno sabía que de todos era el último y el más pequeño, para siempre.” Por lo que “me fui lentamente de la mano de ellos. Atrás quedaron las habitaciones donde arrellanaba el miedo, el hilo que me ataba a sus costumbres.” ...”No he vuelto desde entonces, a la casa de mis hermanos”.
Pero de ese entorno donde amor y amenaza se pronunciaban con un mismo tono, el pasajero se libera construyendo su propio nido, reinventando en sí mismo al padre perdido, amando en su cachorro al cachorro que él también fue: “Como un animal que sabe proteger de las garras de otros animales mayores, del invierno voraz, camino sobre mi propia luz, cuidándote”.
En estos poemas de ritmos subterráneos, el verso oculto bajo el recato de la prosa sólo deja entrever sus contornos al ser dicho en voz alta, y el ruido de abalorios de los adjetivos superfluos no mancha la pureza de su parquedad. El verso es tan breve como extenso fue su minucioso pulimento, y cada palabra, medida, tasada, ponderada con obsesión de orfebre, fluye sin embargo con desarmante sencillez.
Pasajero de la lluvia, más que una compilación de poemas, es un solo poema continuado y de largo aliento, cuya incontestable cohesión proviene no sólo de la omnipresencia del mundo de su infancia, sino del recorrido ascendente que realiza el pasajero por sus personales pasión, caída y redención, partiendo de la casa familiar para, en un final circular, llegar a confrontar de nuevo, con la sabiduría que otorga el dolor, la casa rota de su niñez.
Lección de contención y pureza, de alguna forma ejercicio de humildad formal, este libro se aboca, sin confesarlo, a conducirnos por este trayecto místico en el que, desgarrados y sucios en el barro de nuestra pequeñez, alcanzamos por fin el albo territorio de la paz.
Por el peso entrañable de su tema y por el fruto maduro de su oficio, “Pasajero de la lluvia”, de José Edmundo Retana, abre una compuerta luminosa y perdurable en el paisaje de nuestra literatura, arrojando sobre nosotros la bocanada fresca de su poesía sin mácula, cálida y clara, accesible y serena, como la bondad humana.