Nuevo Amanecer

Del contrapunto, lo asimétrico vital y la polivalente realidad


Avanzar implica retornos, después de haber pernoctado en estancos, indeciso, temeroso... son pasos, palabras acomodadas en la incertidumbre, con ganas de embarque, sin puerto.
El verbo es andar. Vacilación de la idea por el arraigo no expreso. Preámbulo. Pero la voluntad abraza y empuja, empuja hacia el génesis desconocido. El susto intimida y un Alto llama. Seduce la aventura, búsqueda sagaz como zapa hurgando la noche.
Más allá del inicio, la isla del miedo, caricias del escalofrío, huellas primerizas. Las palabras hacen trayectoria y paren señales. El sendero, desolado, sin aditamentos descriptivos. La vida. Pasos cortos, tímidos primero, luego fuertes, armoniosos en el curso que es orden sucesivo de estampas, papel violado por espectros en coro. El canto fragua su espíritu.
Pedregales. Fangos. Pedregales en tropiezos y fangos en chapoteos. Respirar desgasta. También mata el peso de la palabra cuando ínfima es la estatura. Insolación y hundimiento, ¿qué será correcto en la desolación? Soledad y andar invisible bajo ardor de sol, quizá mental. La vista puesta atrás ya no divisa la entrada de inicio, vínculo del afuera y del adentro, en el punto donde avanzar implica lo profundo, transcurrir quizá sin destino. La angustia abate. Indecisión. El caminante ubicado en el centro de una disputa íntima.
El Sol se torna hielo encendido. Al avanzar, el horizonte invisible aturde. Tan lleno de nada, intocable. ¡Alto! Un conejito a saltos se descubre, teme, y el miedo del caminante declina. En sus ojillos cabalga la vida, pintada. Se va, perdiéndose en la aridez con su café intenso y el blanco en su rabo. Desde atrás, con el impulso herido del sendero, los pasos marcan huellas de ida y regreso, transversal los saltos del conejo y holísticas las sombras de sol, granizos derretidos penetrando pieles. Tierra rajada. Verdugones de cicatrices. No hay coordenadas y se explaya la dimensión recorrida. Lo vital va en trocitos, diverso, con valores expuestos en proyección incierta, cercanía y lejanía son mellizas, mas la marca de una presencia es la huella que no vence el viento, las rotaciones, fundiéndose al fuego.
Presencia momentánea con marcha de encuentros, danza de ausencias con máscaras, la juventud abraza a la vejez por muerte prematura de la infancia. Identidad humana agrietada. Equidad en concierto desastillado. Visión azogada con Ceiba enfrente, reivindicación del verde. Un hecho con capacidades combinadas más allá de la desolación, hacia el pulmón que respira, imbatible, valencias que juegan a ritmos, criaturas reunidas que sueñan la eternidad de la vigilia, uno es todo en conjugación con otros, pasitos acortando distancia y alejándose a la vez, canción de olvido y vuelo migratorio.
En el avance, más allá de la Ceiba, un Almendro y una pareja de lapas. Oasis, no destino. Las valencias escénicas comulgan y sobreviven. Sobre el sendero han quedado rostros ocultos, infinitud de píxeles.
Cae la tarde. Se enseñorea lenta y sin Luna, la noche.
Círculos y explanadas sin referencias. Un final extendido hacia otro inicio, luego de los pasos errabundos, desuelados y encallados en las plantas del peregrino. Ojo y Cosmos en el oscuro intenso. Hambre de estrellas en un instante desigual, con personajes confusos, realidades sórdidas y líquidas. También etéreas.
Luciérnagas emigraron de Andrómeda, justo cuando Júpiter desafió a Saturno por la conquista de Venus. Taurus con estigma de humano, en zafarrancho acude en su auxilio. Las huellas que lo guían no son las del retorno.
2006.