Nuevo Amanecer

Cricho alegraba las tardes


Todos los días frente a su casa, el soltador de globos entregaba al vacío ilusiones para que se perdieran en el cielo sobre la humedad de sus ojos. Eran popas de látex infladas con gas liviano que ascendían en busca del espacio perdido; adentro metía mensajes ilustrados con el sano propósito de corregir corazones enfermos, almas débiles y cuerpos impotentes.
Hasta que se perdían en el cielo, el soltador de globos regresaba a su taller de orfebrería, contento al dar respuesta espiritual a su alma. Lo hacía para no rezar locuras ajenas, referidas en textos cuatropeados, más incrédulos que las hazañas de Ulises y las tretas mercenarias del caballo de Troya: se refería a esos mamotretos bíblicos cagados mil veces por teólogos oportunistas.
Prefería remedir gloria terrena de los alquimistas con tratamientos agradables para las penas capitales que el pueblo de Juigalpa sufría a perpetuidad debido a causas melancólicas o alcohólicas. Las mujeres perdían su vida enquistando la virginidad programada para el matrimonio y los hombre, agobiados por el licor, permanecían guarecidos en las cantinas repletas de mujeres encantadas por melodías maravillosas.

Dos
Eclipsado el sol por cerros matizados de espesas nubes, el escenario dramático de Cricho se ofrecía sin prisa para decorarlo con chimbombas de ferias domingueras. Primero fueron los fines de semanas y después todos los días alegraron el cielo de verdades discretas.
Cuando los globos reventaban, caían las pragmáticas recomendaciones que los pobladores esperaban encontrar a su paso. Eran sencillas respuestas a la situación grávida. Algunos vecinos se subían a desgajar las noticias de las altas ramas de los mangos y mamones que todavía consolaban con su sombra el bochorno del trópico. Eran papelitos de papel de china color celeste para los hombres, rosa para las nenas y amarillo para los indecisos.
Las virtudes cartesianas del soltador de globos resolvían problemas amorosos domésticos con tesis lógicas adobadas de sentido común; el cachondeo sintáctico-semántico ofrecía tanta seducción subliminal que las beatas se sentían halagadas, se creían las protagonistas del embrollo, a tal grado que le daban gracias a Dios de que existieran almas tan bien pensadas como la de don Cristóbal Bermúdez. Pero la tesitura del texto lejana de barbarismos daba mucho que decir; muchos creían que esas inteligencias eran del poeta Rothschuh Tablada, hasta que una niña se atrevió a tocar la puerta de su casa.
- Aquí le traigo mi papelito para que lo lea. Con letra cursiva en tinta roja amaestrada en quehaceres sentimentales se desprendía que era una invitación sana al matrimonio. Sin perder tiempo el poeta salió a media calle a decirle a la muchachita que los globos eran liberados al espacio por un sabio medieval atrincherado a cuadra y media de la alcaldía.
-Pero si usted tiene mayoría de edad - le reconvino el poeta y tiene con quien, cásese. La graciosa niña de moños de muñeca y faldas cortas expresó sin remordimiento que ya había celebrado tres veces los quince años. Ella salió corriendo a donde el globólogo herético y más tardó mi padre acomodarse en la mecedora del corredor, cuando la esbelta morena nuevamente tocaba la puerta.
-Don Guillermo, dice mi tío que me case, confesó alegremente la sobrina jupiterina de ojos eróticos que alcanzaban ver sus pechos a la altura de Minerva.
-Entonces ¡hágalo!, contestó el poeta, mientras cerraba el portón para continuar escribiendo en prosa didáctica incitaciones cívicas en torno a Josefa Toledo de Aguerri, ejemplar Mujer de las Américas.

Tres
Hubo un tiempo que los globos reencarnaron la ilusión perdida en los desamparados. Los pajaritos australianos de la buena suerte encontraron libertad porque las mágicas recomendaciones del soltador de globos eran más efectivas que los desmesurados picotazos de esos jilgueros de fiestas patronales; las lectoras de cartas fantasiosas se reflejaron analfabetas; las palomas mensajeras sólo servían para churretear los tejados y las brujas de vistosas naguas disminuyeron sus ingresos. Todos reconocían que el lenguaje esotérico de los papelitos voladores los relegaban al olvido como si se los llevase un idioma muerto.
El visionario doctor Rublini tuvo que ahuecar el ala hacia otros rumbos más eficaces, desbaratando contra el suelo la antigua bola de cristal que había descubierto el genoma pirata de muchos granadinos refugiados a orillas del Gran Lago de Nicaragua.
Con igual desánimo las maestras del engaño fueron descubiertas por sus clientes en pleno descampado con el mazo de cartas turcas en la mano. Sin poder recordar el génesis de sus orgasmos verbales, ellas se fueron a marchitar otros cielos, lejos del alcance del soltador de globos.
Creían más en los consejos ofrecidos por las popas de colores que en las consignas de frailes corruptos y pastores fornicadores. Algunas solteronas del pueblo se quedaron vegetando sin poder florecer ni madurar un buen trecho de su ciclo vital, porque su orgullo fufurufo les impidió acercarse a la valoración de nuestro Procusto: todos los juigalpinos como los atenienses son iguales. Era necesario menos resignación y mayor emprendimiento para achicar la desesperanza de aquellas damas que ya no eran de primer hervor o para disipar las penas de algunos viejitos que mucho apestaban por su cenzontle muerto y los dos huevos podridos.
El doctor Noel Nigua Deleo y Rivas --colega especialista en gases nitrosos y sulfúricos, marchante de lotería que había desvencijado muchas sillas del Cine Cintia a pura tripa-- nos dijo que fue gracias al soltador de globos que en esa época hubo menos incidencia de locos.
-Muchos nos inspiramos en esas señales de vida, continuó el Dr. Nigua. Los miembros de la UVA (Unión de Vagos Anónimos) se lo agradecimos públicamente. La Mona Figueroa, la Calavera Martínez, la Cegua Tablada, Mamayiya Jerez, Donaldo López, Honorio Trejo, El Cobaneño, Fabián Rizo e hijo, Guillermo Solís Morales y Peché Gallardo firmamos con vehemencia un reconocimiento a su labor social. No sabemos si don Cristóbal todavía lo guarde, pero ese pergamino tiene tanto valor como los que han otorgado a otros beneméritos desde los tiempos del curucucú.

Cuatro
Una tarde de verano el cielo se vistió de luto, decenas de globos negros danzaban junto a los zopilotes: anunciaban la muerte del ilustre ciudadano Panchito Urbina. A medida que el tiempo pasaba, se oscurecía el ambiente por la invasión de aves agoreras que planeaban fornicaturas demoníacas desde las corrientes del aire, se movían al compás de un vals del divino leproso en conmiseración del acto mortuorio. El soltador de globos despedía a su vecino con señales certeras, signos que fueron leídos con suma claridad y en voz alta por los Oteros de Llano Grande, fundadores de la Casa del Lenguaje.
Fue una tarde de mayo cuando en el dintel de la puerta del taller del soltador de globos, apareció un individuo con una tira de seda amarilla en la mano. El susodicho saludó al soltador de globos con apretón tan convincente que se le aguaron las piernas, pues era un moreno muy fuerte bien parecido.
- Vengo a que salve mi vida, le dijo. Antes que le pidiera el elixir universal de los enamorados, el soltador de globos le explicó que ese retazo no pertenecía a las vísceras de sus aerostáticos pero que formaban parte de las preferencia gaiteras del profesor Balladares; entonces tuvo que dibujarle de inmediato una dirección precisa para que anclara entre los jocotales de doña Marina Gil, frente al parque Cantón, predio primaveral botticelino del creativo profesor Balladares.
- Ahí usted acampará en mejores brazos, le dijo con molicie.
Debido a esas razones de géneros confusos y especies indecisas, el soltador de globos abandonó su apostolado. Sin saber nada de lo acontecido sus hijos le reclamaron por determinación tan brusca. Con fijeza propia de genio cervantino le contestó a su prole que los globos no eran más que órganos glandulares erguidos en mentes freudianas de todos los tiempos, de épocas manieristas y de algunas personas de temperamentos dudosos.