Nuevo Amanecer

Bajo el trópicos


Estoy en la isla con el trópico hasta el cuello, mirando lo que siempre he visto, gente con su prehistórica rutina, caminando, circulando, moviéndose hacia todos lados, traficando con sus vidas; dejándose llevar por el curso de sus naturalezas de las que no tienen ni la más mínima idea. En la calle pasan asfixiándose con el calor, comiendo cualquier cosa, viajando en taxi o en triciclo, o hablando por celular. Les encanta hablar por celular, les parece que están montados sobre el progreso. Algo así como ir volando en un avión de lujo sobre el siglo XXI.
Esto de la tecnología nunca ha ido con la humildad. Aun así, el hombre que vende cocos en un carretón, siguiendo lo que todos hacen, anda con un celular colgado a un lado de la cintura tal como si anduviera armado con una pistola dispuesto a dispararle al desamparo que siente en su condición de pobre. Mientras está trabajando, peleando los cocos con el machete, el celular suena. Entonces, con el coco a medio pelar, pone el machete a un lado sobre el carretón y desabrochándose la bolsita de cuero donde anda enfundado el celular se pone a hablar. El sudor le chorrea en la cara y en los brazos.
El cliente que espera el coco lo queda viendo con expresión semi-sonriente, quizás porque le resulta divertido o quizás observándose él mismo en el espejo del otro. El vendedor de cocos después que termina de hablar guarda el celular con exagerada y casi ceremonial delicadeza, y como obedeciendo a su ruda condición de jornalero continúa descargándole machetazos al coco hasta que lo deja listo como la cabeza de un mono con una pequeña trepanación en el centro.
Los turistas que transitan por la calle 15 de Septiembre quieren vivir un poco la experiencia de lo típico y casi primitivas costumbres de la isla. Caminan a media calle y bajo el sol con la piel enrojecida hasta el ardor y el cabello que brilla con un amarillo ofensivo. Los muchachos que vagan por el puerto siempre se ofrecen para servirles de guía, con ello se ganan aunque sea un mísero dólar.
Los extranjeros son como vikingos que entran a una aldea llena de nativos que los miran con asombro primitivo. Son demasiado exóticos y mitológicos, musculosos y con el torso desnudo son como los dioses escandinavos Thor Odin y las Walkirias que los acompañan que parecen yeguas de muslos rollizos y rosáceos y nalgas voluptuosas que invitan al sexo.
Los estibadores que están en la calle las miran sin disimular y se las comen babeando libido hasta quedar saciados con la imaginación y hasta que los turistas se pierden en la calle como una mancha novedosa que ha roto la monotonía del puerto.
La isla se ha quedado sin su tren. Ahora descansa como los restos de un dinosaurio en el centro de una plazoleta un trencillo pintado con colores acaramelados sin criterio ni estética, únicamente por haber sido puesto ahí con la idea de adornar la ciudad. También se quedó sin su estación, sin sus calles con arena y salitre, sin sus cines, sin sus lupanares, sin sus personajes. El cuasi progreso le destruyó el espíritu y el tiempo le va borrando los recuerdos. Ya nada queda. La gente se ha ido a sufrir y a morir a otro lado. A los que han resistido los está matando la costumbre y el conformismo. El clasicismo laboral, el social, el del simple saludo con la mano y hasta la bohemia de barriada todos la añoramos.
Saludos a mis hijos desde Houston, llegaré pronto, dicen por Internet los mensajes y las remesas en dólares no dejan de llegar o el televisor o el DVD para el entretenimiento de la familia; y también los muertos en cajas de lujo que parecen regalos. Y así el tiempo va abriendo en el pecho un vacío profundo y oscuro, tan infinito como el universo.
Mientras estas historias se atropellan en el tiempo y el anonimato en las que sus protagonistas vagan por la mitad del planeta como tribus errantes, los políticos celebran la fiesta del poder en un ambiente de injusticia y latrocinio. En los eventos luctuosos se abrazan, se dan condolencias con un realismo tal que pareciera haber sinceridad en algo tan abrumador y sentimental, pero ni siquiera son la parodia de Judas. Esa historia ya superó el mito de la hipocresía extrema, de la traición brutal hecha con el beso sublime que encerraba el cumplimiento de la profecía. El odio hacia Judas ha disminuido. La arqueología lo ha empezado a rescatar del rencor de dos mil años. Los políticos no extinguen ese rencor ni con su muerte. Diógenes buscaba hombres en pleno día con su lámpara. Neruda tocaba a los políticos con su verbo y se desbarataban como pasteles podridos. Semana Santa empieza y termina con ahogados. Son ahogados santos. Cada año es como una lista de los que van a ahogarse o a inmolarse. La naturaleza de la que estamos hechos puede más que la razón. No encuentro otra explicación más que esa.
En la playa de mar abierto es peligroso bañarse pero la gente insiste. Las escenas se repiten como un déjà vu. El alcalde imita a Pilato. “Ya se les ha dicho que ese lugar es peligroso pero la gente no hace caso”. Y el rótulo que debería prohibir ese lugar nunca lo ponen porque vale más el dinero del impuesto que pagan los negocios que ahí funcionan que la vida de la gente que llega a bañarse.
El día que escuche que no hubo ningún ahogado no lo voy a creer. Ese día se habrá producido una ley antinatural. Tampoco creería que ya no hay protestas en las calles, que ya todo volvió a ser como antes, que los ministros ya no ganan sueldos de lotería, que los jueces ahora sí son jueces, que el Cardenal el dijo adiós a la política, que el país ya no es un rompecabezas imposible de armar, y que los niños ya están a salvo de la infamia.
Mi hermano Iván enciende la televisión, y casi con lágrimas en los ojos ve la historia de la niña de apenas cinco años que bajo el sol y arrimada contra la maya de la escuela vende bolsitas de mango para ayudarle a su madre. La impotencia nos aniquila a los dos y nos arrastra hasta la indignación. ¿Por qué presentan estas historias? ¿No basta con que ocurran?
Los piecitos de la niña buscando un hilo de sombra en la tierra caliente nos conmueven tanto que maldecimos. Dios no está ahí, nunca ha estado. Y los piecitos de la niña se enrojecen, se van quemando hasta ponerse negros y chamuscarse. Todo está envuelto en la calamidad y el desastre. Los barrios marginales han empezado a tener el rostro de los campos de concentración. Una especie de vertedero humano. Todos los que ahí viven están muertos, sepultados vivos, sin esperanzas, sin sueños, sin nada. En la calle van arrastrados por la corriente de la vida.
Afuera, Jesús vaga por la Isla, lo llevan en un trailer con los ojos vendados y amarrado de las manos y con una cruz asimétrica que pareciera suavizar el carácter trágico y riguroso de semejante historia. Detrás del trailer un motor suministra energía eléctrica; bajo el resplandor de las luces todos parecen seres prehistóricos, fantasmas alumbrados por una fogata. Los rostros de la gente se ven llenos de fervor instantáneo. Aquí todo es instantáneo. Lo único parecido a la eternidad de Dios es la miseria de los pobres.
El alcalde va vestido como Herodes pero no se parece al crápula romano, al menos en lo físico. En lo que sí es idéntico es en su fiel imitación de vivir en la opulencia. La alcaldía ha servido para que progresara únicamente él y sus allegados, pero no el pueblo. Si le pidieran que estrangulara a Jesús lo haría aunque fuera simbólicamente. Es un imbécil producto de una época y de un sistema. Hace cosas que indignan pero nadie hace nada. Quizás porque fue guardia le tienen temor.
Aquí, en el puerto, arde de calor y de colorido. El trópico lo derrite todo y a pesar del mundo, a pesar de la miseria hay sus alegrías, la gente las vive en su humildad y resignación. Los veo aferrados a sus existencias, a sus tradiciones, a su realidad inagotable. Después de dos mil años Jesús sigue cargando la cruz. Mientras él la siga cargando también lo harán los pobres. Es la mayor identificación que hay con el sufrimiento glorioso. La abstracción que tienen de Jesús es la que cargan en la figura de yeso; es la ausencia de hace dos mil años lo que veneran y al Jesús que evolucionó en el tiempo. Pero son sus naturalezas, de las que no sospechan absolutamente nada, a las que responden.
En la calle un turista se detiene a tomar fotos. Lo hace despreocupadamente y sin inhibiciones. Lo que piensa en ese instante observando a los transeúntes es exactamente lo mismo que pensaron hace quinientos años los españoles sobre nuestros antepasados aborígenes. La ropa y el pavimento no hacen mucha diferencia y si la hacen esto no logra contener las ideas de superioridad que tiene una raza sobre la otra. El país siempre está siendo reconstruido por las donaciones de los gobiernos extranjeros. Las deudas externas son eternas y la piedad diplomática las negocia en condonación.
Despertamos una cierta curiosidad antropológica. Somos objeto de exhaustivos estudios socioeconómicos en grandes proyectos humanistas para arrancarnos de las garras de la pobreza. Pero la pobreza es sólo un eslogan que vende necesidad y tristeza para obtener lucro económico. En los afiches de la Unicef y Save the Childrens los niños parecen actores de alguna película de Buñuel introducidos en un mundo surrealista.
Generalmente, aquí el humanismo es sólo un aperitivo, un lujo que los hacen sentir bien con su ego y con su personalidad. En el caso de los diputados y funcionarios se sienten demasiado caros para una pueblo demasiado pobre.
El turista deja de tomar fotos y se sube a un triciclo. El muchacho que maneja el improvisado minitaxi piensa que ese día es su día de suerte, porque va a cobrar en dólares y hace la cuenta que para el gringo que tiene frente a él cinco pesos nacionales, que es lo que vale la carrera, son iguales a cinco dólares. Además, sabe que los que no preguntan el precio, siempre pagan lo que se les cobra.
Pedaleando cuesta arriba y en medio del sofocante calor, el muchacho traslada a su especial pasajero desde el centro hasta la playa. Pedalear más de ocho horas en un clima tan brutal como el nuestro en pleno verano y llevando pesos de doscientas o más libras es algo que con dificultad lo compensa el poco dinero que ganan. Al finalizar la jornada los muchachos terminan molidos de las piernas y la espalda y con fuertes dolores de cabeza.
Con la cámara colgada del cuello el gringo se baja del triciclo. El muchacho lo queda viendo esperando que le pregunte cuánto le debe para él cobrarle los cinco dólares que ese día le van a permitir un poco de desahogo con las deudas que tiene.
Pero el gringo sin decir nada, con toda serenidad se mete la mano en el bolsillo del pantalón, saca una moneda de cinco pesos y con un gesto casi idéntico al de un nacional se la al muchacho. Lleno de estupor el muchacho queda viendo la moneda y después al gringo que tomando la cámara despreocupadamente se pone a tomarle fotos al paisaje que está frente a la isla.