Nuevo Amanecer

El iris de Yelena


Helena Ramos (la nostra Yelena, de Franklin Caldera y mía) ganó recientemente el Premio de Poesía “Mariana Sansón” 2006, con su libro Polychromos. Asunto de suma importancia por los merecimientos del libro y el premio, su otorgamiento es un acto celebratorio de la poesía. Sin embargo, hay una cosa igualmente importante: desde el Pater Azarías H. Pallais (1885-1954) nadie en la literatura nicaragüense, centroamericana o latinoamericana que, yo sepa, había incursionado al fondo de la noche en el juego, indagación y aprovechamiento poético de los colores como lo ha hecho Yelena Rounova. Su libro indaga la posibilidad del ser por medio de los colores. Y su indagación no es vana. Cada texto suyo trasciende la gracilidad para plantear y sugerir respuestas humanas.
El título en griego polykhrômo no es un esnobismo. Alude a la búsqueda del ser por la multiplicidad de colores. «Estas últimas no sólo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas.»1 En su libro, cada trazo amarillo, bermellón, verde, naranja, terracota, azul es un camino para la búsqueda. Policromo, o policromía en español, sólo enfatizaría cosa de «diversos colores», o «mezcla de diversos colores». En Polychromos hay una criatura cuya esencia y sustancia es la pluralidad de colores. La diversidad la hace una y única. Los colores no son accesorios; no representan una mezcla, ni un collage sin propósito alguno. Constituyen el mismo ser. Algo más, mucho más que la simple aglomeración de colores. Detrás de sus “inocentes” textos hay una persecución obstinada de su propia individualidad. Esta nica-rusa no juega a la acuarela pastel.
Me abstengo de insertar parrafitos que alarguen o seudo demuestren mis afirmaciones. No practico el juego de Amado Alonso. Esta nota sólo es mi propia lectura de un libro. Pero creo que cualquiera que lea Polychromos con alguna atención encontrará en él un desborde de lo que, tradicionalmente, sugiere el fino, salonero instantáneo, haikus japonés. Los de Yelena mascan yerba amarga. Están cargados. Son dados disfrazados de cordero. Las cinco o cuatro ilustraciones del libro tampoco son gratuitas. Están allí para advertirle al lector: ‘Cuidado, usted pisa terreno minado’.
Yelena (un nombre más cerca de Helena la mítica y muy lejos de Elena la castellana), nacida en Yaroslavl, estudiada en San Petersburgo (en el San Petersburgo de Speak, memory), trae en su iris todos los colores de aquellos museos trajinados en la juventud. Incluso, no sería grave riesgo afirmar: todos sus textos provienen de la mirada. Asoleados y asolados por los mantos de nieve zhivagiana, curiosamente, aquí en Nicaragua adquieren el brillo calcinante del trópico, cosa que apenas se presiente en Pallais y su manejo de los colores. Claro, siempre habrá en ella algo que el ojo nicaragüense o tropical no captará enteramente. Su matriz rusa --imposible de soslayar puesto que constituye su raíz-- alumbrará siempre la vendimia de ayer en el sol de ahora. Si hay pasión y complicidad, el lector sabrá qué alimentos masca la criatura Polychromos.

26-07-07
1 Poe, The Murders in the Rue Morgue.